Martes. 15.10.2019
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La máquina de chicles bola

Fernando Luna
La maquina de chicles bola
La maquina de chicles bola
La máquina de chicles bola

 

 

Concho tenía once años cuando escuchó por primera vez la leyenda. Dicen que la máquina de chicles bola que está en la vieja esquina de Átomo y Sendero Verde es mágica. La máquina tiene la panza de cristal rechoncha de chicles bola de todos los colores existentes sobre la Tierra. No hay un solo color que falte dentro de la esfera, pero la magia no es ésa, sino que cada cierto tiempo –al azar– la máquina arroja una bola de metal, de oro puro, capaz de cumplir un deseo a quien la reciba.

Concho escuchó la historia de boca de su abuelo cuando de chico iba a ayudarle al taller de bicicletas. Desde la tarde de aquel domingo, todos los días sin falta, Concho cierra el taller, toma la Oxford que fuera de su abuelito y se viene pedaleando por Sendero Verde, pasa junto al estanque y sonríe mientras aspira el olor a hierba y tierra. Escucha las ranas croar, las chicharras tronar y a las tortugas no las escucha, pero se las imagina dormidas, enterradas en el lodo del fondo echando burbujas. Escucha también el sonido de los juncos contra el viento y cómo le retumba el aire en las orejas. Escucha el arrullo de los fresnos, de sus hojas que se mecen cuando pasa rechinando los fierros de la bici.

Cuando aún va algo lejos de la esquina de Átomo, alcanza a ver la gran máquina de chicles de bola, redonda, brillando de colores, recibiendo los últimos rayos de día. Cuando llega, siempre toca la campanilla de la bici, se baja y la recarga en la banqueta atorándola con el pedal; luego se mete la mano a la bolsa, se esculca y saca una moneda, la máquina acepta de todas las monedas y a cambio da un chicle. A Concho le han salido de todos los colores, pero el que más le gusta es el azul turquesa; sin embargo, jamás le ha salido una bola de oro. Así ha sido por los últimos cincuenta años, Concho ya es un viejo.

Él ya está cansado de ir y venir en sus deseos, medio siglo es mucho esperar. El primero que tuvo fue el de ser el Súper Ratón, después se dio cuenta de que para ser luchador no necesitaba utilizar su deseo, sólo ser valiente. Luego se le ocurrió que quería un coche, un Camaro 65, pero pensó que el taller de de bicicletas no sería suficiente para darle mantenimiento a esa máquina bestial y desistió. Como todos, un día quiso ser millonario, pero luego, cuando la compresora le arrancó un dedo, soñó con recuperarlo. También un día deseó que Truli se enamorara de él. Así han pasado los años y sus deseos.

Un día cuando se acercaba a la esfera de colores, algo lo extrañó. Un niño más o menos chico le daba puños y patadas a la máquina, quería un chicle. Concho se acercó y le dijo, debes ponerle una moneda. El niño, orejón y chamagoso, le hizo una trompetilla y corrió. Concho se acercó a la máquina y la acarició como remendando los golpes, luego puso su moneda y sacó su chicle, le salió morado.

En la semana todo continuó igual, pero el domingo por la tarde, cuando venía llegando a la esquina de Átomo, volvió a ver al niño de pie junto a la gran bola. Cuando estuvo cerca, también vio que estaba llorando, más chamagoso que nunca. Se bajó de la bici y la recargó en la banqueta, atorándola como siempre, luego se acercó al niño que se agarraba una de sus orejotas y le preguntó –¿Por qué lloras?– El niño, totalmente desconsolado, apenas podía balbucear. Entre los sollozos y la moquiza, Concho le alcanzó a entender. El niño lloraba porque quería un chicle de tutifruti y a cambio la máquina de había dado una bola de fierro que al morderla le había lastimado un diente.

Los ojos de Concho se hicieron grandes, grandotes y luminosos. Su corazón se volvió un tambor marcial que comenzó a redoblar en su garganta tan fuerte que apenas pudo preguntarle –¿Te la tragaste?–, el niño hizo otra trompetilla señalando que la había escupido para enfrente. Concho miró y allí, a medio Sendero Verde, los últimos rayos del día hacían resplandecer una bola dorada entre el zacate.

Tras un tostón de siglo allí estaba de pie el niño que repara bicicletas, el adolescente que quiso dominar a la bestia de ocho cilindros, el joven que sueña con Truli, el viejo que quiere borrar el tiempo. Dio dos pasos hacia el sendero con los redobles de fondo, se hincó, estiró la mano y con sus cuatro dedos tomó la esfera de oro. La limpió, la sostuvo en su palma y mientras el sol se escondía tras la montaña, el chicle de oro se fue tornando color de rosa. Ten, le dijo al niño, ya es de tutifruti.

Concho respiró hondo, una lágrima quiso brotar de su ojo y deseó otro tostón de años para poder sonreír y pasear todos los días junto al estanque.




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Fernando Q. Luna, mexicano, es licenciado en Derecho y maestro en el área de comunicación. Ha realizado estudios en filosofía y literatura, además, en creación literaria por el Instituto Nacional de Bellas Artes. Es académico, profesor de la Universidad de Guanajuato, México, dentro de la división de Humanidades y Ciencias Sociales para el Colegio de Nivel Medio. Como escritor, ha publicado algunos relatos y ensayos sobre temas de su interés en lo que él denomina Filosofía pop!, la reflexión es apta para todo público. Ha participado en diversos foros educativos y literarios. En 2016 obtuvo el reconocimiento Cátedra Unesco por sus "Ideas para mejorar la educación en América con base en la lectura y la escritura". Ha sido coordinador de talleres literarios y programas de fomento a la lectura. Es un activista en favor de la educación, la literatura y un mundo menos peor.

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