Domingo. 22.09.2019
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ENSAYO

Un vistazo a las primeras prácticas penitenciales cristianas: la exomologesis

Juan Manuel Gasca Obregón

Un vistazo a las primeras prácticas penitenciales cristianas- la exomologesis
Un vistazo a las primeras prácticas penitenciales cristianas- la exomologesis
Un vistazo a las primeras prácticas penitenciales cristianas: la exomologesis

Estaré hablando en dos entregas de las primeras prácticas penitenciales que fueron instituidas en la Iglesia en el paso de la Antigüedad a la Edad Media. Funciona como una reseña de los apartados 2, 3 y 4 del primer capítulo de Historia de la sexualidad 4: Las confesiones de la carne, de Michel Foucault,[1] libro que después de una larguísima espera apareció en francés el año pasado, y su traducción al castellano hace algunos meses. Por razones de una mejor articulación de la información he complementado en algunos casos con otras fuentes. Debido al formato he preferido no incluir las referencias (salvo en las citas), pero si a alguien le interesan no dude en enviarme un correo electrónico.

Antecedentes: bautismo y catecumenado

Si bien es muy conocido que el bautismo es el sacramento por medio del cual se limpia el pecado original, es más bien raro que hoy se le caracterice como una práctica penitencial. No obstante, antes de que el pecado original fuera inventado (en el siglo II por Tertuliano), el bautismo era el único sacramento al que un cristiano podía acceder para limpiar sus faltas y tenía un carácter penitencial.

Las comunidades paulinas estaban conformadas principalmente por una mezcla de prosélitos y metuentes, es decir, gentiles que se habían convertido total o parcialmente al judaísmo, sin embargo, el bautismo paulino no procede del bautismo judío al que estos individuos se habían sometido, sino de aquel practicado por Juan el Bautista. No sabemos a ciencia cierta cuáles son los componentes específicos del bautismo paulino, pero es posible llegar a una articulación de estos de acuerdo a distintos pasajes del Nuevo Testamento.

Podemos decir, entonces, que a partir de cierto momento del siglo I el bautismo fue un procedimiento que consistía de cinco grandes pasos: (1) el arrepentimiento (metánoia), que es el reconocimiento ante uno mismo de que se ha llevado una vida pecadora, (2) el reconocimiento público de los propios pecados (exomologoúmenoi tas hamartías autón), (3) el exorcismo en nombre del Señor (ónomatou kyríou), (4) la profesión de fe (homologein) y (5) la inmersión en el agua.

Durante el momento paulino la llegada del fin de los días era inminente, por lo que los cinco pasos en que consistía el bautismo se realizaban de manera exprés: era cuestión de horas, a lo sumo, para que se pasara de la metánoia a la inmersión en el agua. Posteriormente, pero todavía en el siglo I, encontraremos las prácticas penitenciales del ayuno y la oración uno o dos días antes del bautismo. Después, a partir de cierto momento del siglo II, apareció una institución bautismal, el catecumenado, que funcionaba como un seminario preparatorio para el bautismo. Ahí, en un período de hasta tres años, los catecúmenos recibían catequesis: premisas, reglas y prácticas del cristianismo.

A pesar de que todos los pasos del bautismo reaparecen durante el catecumenado, para Tertuliano se trata fundamentalmente de un periodo de penitencia capaz de permitir el paso de la confianza en uno mismo al temor de Dios. Esto se debe a que era un crítico de la actitud confiada de los cristianos que asumían que ya por estar bautizados tenían garantizada la salvación: el arrepentimiento-penitencia, es decir, el primer paso bautismal de la metánoia, es necesario para detener esa soberbia comprendiendo la liberalitas de Dios: Él es quien, en última instancia, decide quién se salva y no hay manera humana de forzarlo. El carácter penitencial del catecumenado se refleja en la recomendación de Tertuliano de llevar a cabo “plegarias fervorosas, ayunos, genuflexiones, vigilias” (Foucault, 2019, p. 84).

Por cierto que esas prácticas no eran exclusivas del catecumenado, se trata de aprenderlas durante el catecumenado para realizarlas durante toda la vida en privado y en comunidad. Con Tertuliano la metánoia es explícitamente llevada más allá del bautismo para volverse una actitud cotidiana. Este paso es muy importante para la historia de la Iglesia pues es a partir de él que se habla de una paenitentia secunda, y la exomologesis extrabautismal será precisamente eso.

Exomologesis

¿Qué pasaba hasta el siglo II si alguien, después de bautizado, caía en pecado grave? Era excomulgado, lo cual no significaba únicamente que no podía recibir la eucaristía, sino que literalmente se le expulsaba de la comunidad. Tenemos noticia de prácticas de penitencia comunitaria para pedir el regreso de un excomulgado, siempre y cuando no hubiera cometido apostasía, homicidio o algún pecado de lujuria (porneia). Sin embargo no había un instrumento canónico, institucionalizado, capaz de volver a borrar los pecados, la respuesta sencilla era, “no hay segundo bautismo”.

¿En qué consistía pues esta segunda penitencia o exomologesis? Es, estructuralmente, bastante similar al bautismo, aunque con una duración más bien similar a la del catecumenado. Lo primero que normalmente ocurría, como en el bautismo, era el autorreconocimiento del pecador como reincidente. Esto no significa que tenía que ocurrir por iniciativa del pecador, pues tenemos noticia de obispos que incitan a miembros de la comunidad a ser penitentes. En cualquier caso, después de ese reconocimiento, el candidato confesaba al obispo o al presbítero las faltas posteriores al bautismo, lo que implica, como en éste, un reconocimiento de los pecados pero ya no exactamente “público”.

Si bien este segundo paso es llamado a veces confessio, es importante subrayar que no tiene un valor sacramental, más bien era una condición para el sacramento penitencial, que implicaba un interrogatorio privado por parte del obispo para evaluar la gravedad de las faltas y otros factores para discernir si resultaba pertinente aceptar al candidato como penitente. A veces este interrogatorio se acompañaba de testimonios y pesquisas organizadas por el obispo, a manera de pruebas. Cuando las culpas no ameritaban el estatuto de penitente conminaban al candidato a sólo pedir perdón fervorosamente y a veces se le unían en oración para interceder. En ambos casos esta confessio es llamada por San Cipriano expositio causae.

Habiendo obtenido el estatuto de penitente, condición que San Cipriano nombra paenitentiam agere, corresponde hacer la práctica de la exomologesis en cuanto tal, exomologesim facere. Cabe recordar que en el segundo paso del bautismo la exomologein remitía al reconocimiento público de los pecados, mientras que en la exomologesis ese paso corresponde a la confessio, ¿por qué se separaron estos dos términos? Como vimos, el carácter de la confessio es ahora privado, entre el candidato y el presbítero o el obispo, así que la exomologesis sigue siendo un reconocimiento propiamente público de los pecados, ante toda la comunidad. Tertuliano la describe así:

Hay que tenderse bajo el costal y la ceniza, envolverse el cuerpo en oscuros andrajos, abandonar el alma a la tristeza, corregir con duros tratamientos los miembros culpables. […] De ordinario, el penitente alimenta las plegarias con ayuno. Gime, llora, implora día y noche dirigiéndose al Señor su Dios. Se revuelca a los pies de los sacerdotes, se arrodilla ante quienes son queridos por Dios, pide a todos los hermanos que sean sus intercesores para obtener el perdón. La exomologesis hace todo esto para dar crédito a la penitencia. (Foucault, 2019, p. 114)

Parece sorprendente que lo que describe aquí sea la exomologesis y no la penitencia misma (es decir, la metánoia), pues estamos acostumbrados a vincular la penitencia precisamente con ese tipo de prácticas. Sin embargo, lo que aquí expresa Tertuliano es la necesidad de que la penitencia sea convincente, no basta con un “sentimiento” de arrepentimiento o una simple declaración de arrepentimiento, sino que debía exteriorizarse por medio de la exomologesis de tal modo que, dramáticamente, quedara constatado ante la mirada de toda la comunidad.

Pasaban, entonces, meses, y a veces años viviendo de ese modo para que la comunidad reconociera que el arrepentimiento había sido efectivo y entonces se diera por terminado el periodo de exomologesis y la penitencia institucional. Al igual que en el bautismo, lo que seguía a este reconocimiento público de las faltas era el exorcismo mediante la impositio manus. Este ritual comenzaba con el penitente llamando a la puerta de la iglesia. El simbolismo del umbral remite a que se trata de un miembro de la comunidad que está en su periferia, es decir, si antes ocurría una excomunión, un exilio de la comunidad, ahora el penitente ocupa el lugar simbólico de su transgresión y solicita ser readmitido. La puerta no debe ser abierta de inmediato, es necesario que el penitente espere y suplique entrar. Cuando finalmente entre, la comunidad lo recibirá y el obispo llevará a cabo la impositio manus propiamente: su mano tocará la cabeza del penitente en un acto que a la vez es un exorcismo y una invocación al Espíritu Santo.

Aquí cabe recordar que en el bautismo hay también un exorcismo en nombre del Señor (ónomatou kyríou), es decir, se exorcizaba al bautizado invocando a Cristo Jesús y el bautizado respondía repitiendo las mismas palabras, invocando también el nombre del Señor, y esto era la profesión de fe. Ese gesto bautismal del exorcismo/invocación es cambiado desde la institución del catecumenado por la imposición de manos y se mantendrá en esta especie de “segundo bautismo” que es la exomologesis.

Tertuliano llama también a la exomologesis publicatio sui, pues se trata de mostrarse públicamente como lo que se es, un pecador, alguien que ha elegido el camino de la muerte. La exomologesis es la vida como mortificación, simboliza la muerte a la muerte para retornar a la vida. Desde San Pablo el bautismo ya era caracterizado del mismo modo: la inmersión en el agua simboliza la muerte a la vida pecaminosa y el resurgimiento un renacimiento a la vida apartada del pecado, a la salvación como vida eterna. Se podría decir que la exomologesis no es sino una expansión de ese gesto de inmersión en el agua en una transición consistente en ir entendiendo a la vida toda como penitencia mortificante. Pero quizá no hay mejor ejemplo de vida penitencial que el monacato, sobre el que trataremos en la siguiente entrega.




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Juan Manuel Gasca Obregón (jmgasca@gmail.com) Estudiante de filosofía. Beneficiario de la Beca Postgrado PUCV 2019.

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[1] Foucault, M. (2019). Historia de la sexualidad 4. Las confesiones de la carne. (H. Pons, Trad.) Buenos Aires: Siglo XXI.

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