Martes. 15.10.2019
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CELIA VERA

Solar

Celia Vera

SOLAR
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José nunca supo cómo pasó. Perdido en sus pensamientos, lo único que deseaba era morirse. Su cabeza estallaba. Siempre había tenido mala suerte, pero esto sobrepasaba cualquier cosa. Imágenes sueltas acudían a su mente. Deliraba. Tal era el dolor que le provocaba la visión que tenía ante sus ojos. En su estupor, recordó lo que siempre había pensado de sí mismo, que era un Don Nadie. Algo que de chico le quedó grabado.

Desde su infancia, solía construir mundos imaginarios alejados del sufrimiento. Cuando la conoció esos mundos parecían haber tomado forma para ser habitados sólo por ella. Pero ahora estaba ahí, irreconocible. En ese lugar tan familiar y tan ajeno, donde solo se escuchaba el crujir de las hojas y se veía el movimiento de los árboles que proyectaba extrañas formas sobre su cuerpo. Deseó con todas sus fuerzas volver a los tiempos en que no la conocía.

Recordó los días en que se divertía jugando con lo poco que tenía a su alcance, con las pequeñas rocas que encontraba. El gusto de verlas volar. La sensación de dominio cuando las arrojaba y daba en el blanco. También recordó la emoción de las campales, las rocas le pasaban zumbando y si alguna lo hería, ni cuenta se daba, estaba concentrado en tirar las suyas. Las conocía muy bien, con sólo tenerlas en las manos sabía cómo lanzarlas. Casi nunca fallaba.

Por eso se enamoró, pues vio en los ojos de ella la misma profundidad que en las vetas de las piedras. Nunca le había gustado nadie, era tímido y su apariencia no le ayudaba. En el barrio le decían el Guapo. Su único contacto con mujeres era cuando se acostaba con las de la banda. Lo hacía como desahogo, no le gustaba estar con ellas más de lo necesario, se sentía incómodo. Sí insistían se portaba grosero y a veces llegaba a golpearlas. Con ella todo fue diferente.

El Guapo vagaba por los barrios cercanos a su casa acompañado del Piojo y el Gorila, sus amigos. Gritaban fingiendo pelear, cuando un grupo de muchachas pasó frente a ellos con sus mochilas. Les chiflaron cerrándoles el paso. Ellas trataban de esquivarlos. La más bonita, chocó con él. A pesar de aparentar atrevimiento, al sentir el contacto se sintió intimidado; la trató de evitar, pero no pudo dejar de ver sus hermosos ojos. Desde entonces, José pensaría en esa mirada.

Se empezó a juntar con el Piojo y el Gorila cuando regresaron de Estados Unidos. Tenían mala fama pero eso no le importaba. Al contrario, su compañía hacía que los de la banda lo respetaran más. Su carácter retraído contrastaba con el de ellos. Se divertía bastante con sus jugadas y además le daban droga. Lo buscaban por su habilidad con las piedras. Vigilaba cuando asaltaban a los trabajadores que volvían a sus casas. Si alguno quería escapar le pedían que lo alcanzara con una pedrada. Siempre atinaba. Por lo general les robaban radios y grabadoras. Al principio José se sentía incómodo, nunca antes había robado, pero no decía nada por miedo. Después se fue acostumbrando y al final le resultaba emocionante.

La vida de José transcurría entre sus actividades nocturnas y las ensoñaciones que la muchacha desconocida provocó en él y a quien volvió a ver poco después, acompañada por sus amigas. El sonido de su nombre, resonó para él por primera vez, cuando una de sus compañeras la llamó: Perla. En esa ocasión admiró además de sus ojos, sus piernas torneadas, su pelo largo y brillante. Le dio vergüenza acercarse a ella.

Todas las tardes se reunía con sus amigos. Se encontraban en el baldío que estaba entre su colonia y la que vivía Perla. Ahí podían estar sin ser vistos, mientras se drogaban o acechaban a los vatos que pasaban desprevenidos. El terreno estaba rodeado de árboles frondosos y era buen escondite. A veces cuando hacía calor y se les hacía tarde se quedaban a dormir en ese lugar. Esos momentos le servían a José para observar con detenimiento a los otros. Al que más admiraba era al Gorila, que en su cuerpo musculoso lucía todo tipo de tatuajes, algunos que él nunca había visto. Representaban ángeles y demonios, entre los que colgaban cadenas y piercings. Los tatuajes del rostro, acentuaban su mirada felina. José le tenía respeto y un poco de miedo. En cuanto al Piojo, pequeño, algo rubio y nervioso; era el que más hablaba de todos y también el más rápido cuando se trataba de realizar alguna acción. Él no tenía tatuajes pero sí todo el cuerpo marcado por cicatrices de peleas.

Con la misma frecuencia que veía a sus amigos, esperaba a Perla cuando volvía de la escuela. Escondido entre los árboles o en algún recoveco de la calle, la veía pasar. Le gustaba su andar flexible y cauteloso. Con su uniforme escolar de falda corta a cuadros y su mochila al hombro era la visión de lo perfecto para

José. Al verla el mundo se detenía. Él en un tiempo también fue a la escuela y le había gustado. Los maestros le tenían aprecio. Sus padres lo sacaron pronto; pues había que conseguir dinero. Hubiera querido ser como algunos del barrio con coche y empleo.

La complicidad con Piojo y Gorila se hacía mayor y se veían obligados a estar más tiempo juntos escondiéndose de la policía o de los vecinos. Una nueva actividad los ocupaba, les había dado por violar mujeres. No le gustaba participar, sólo que no podía soportar la mirada burlona de sus amigos, sobre todo la del Gorila, sentía que lo tildaba de joto sí no lo hacía. Él prefería vigilar. Le aturdían los gritos y la resistencia que oponían. En ocasiones no podía penetrarlas, aunque fingía que sí para no quedar mal. Estos hechos y los asaltos nocturnos cada vez más frecuentes, ocasionaron el odio de los vecinos que los buscaban para hacerse justicia. La presión llegó a ser fuerte. Se sentían acorralados. Las cosas se empezaban a salir de control.

Perseguido por los vecinos. Ese día José se las arreglaba para esperar a Perla. Se preparó para verla llegar. No apareció. Caminó al terreno para encontrarse con sus amigos. Los vio de lejos, apenas los distinguió. Iban corriendo.

Entonces, todo se volvió confuso, el paisaje se disgregó, se hizo añicos. El terreno se volvió un grito. Se concentró en observar cada una de las partes del cuerpo sin relacionarlas con las otras, al recomponer los fragmentos vio entre la ropa revuelta y ensangrentada que apenas cubría el cuerpo, la pequeña falda a

cuadros. En los ojos completamente abiertos descubrió los colores ocres y cafés que un día le recordaron a sus queridas piedras y que le fascinaron desde la primera vez. Esas vetas delineadas en el iris de sus ojos. Entonces, cayó de rodillas, su cabeza estallaba. En la mano de Perla, la cadena del Gorila.




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Celia Vera Valles. Escritora leonesa. Formó parte del taller literario de Eduardo Padilla

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