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CUENTO

Las leonas

Gilda Manso
Las leonas
Las leonas



Dos ranuras amarillas se encendieron en la noche negra.

—Tranquilo, Ares. Soy yo.

El león cerró los ojos entreabiertos y siguió durmiendo. La oscuridad volvió a ser lisa.

Sólo ella podía entrar en la jaula leonina sin correr el riesgo de ser atacada por sus habitantes. No le gustaba que el resto del circo la llamara La domadora. Bruna consideraba que hablar de doma era profanar la majestuosidad de las fieras. Los leones, en su nobleza, no eran insensibles al respeto que recibían de esa humana que los acompañó desde cachorros. Como respuesta, ellos hacían todo lo que ella les pedía. ¿Qué tenía de malo saltar dentro de un aro prendido fuego, si la higiene de su jaula era perfecta, la comida deliciosa y nunca jamás habían sufrido el látigo? Gracias a Bruna vivían mejor que el elefante, los monos y el malabarista.

El Circo Lunar era propiedad de Madame Rojo, una mujerona bohemia y maciza que podría haber sido hermosa si no fuera por su extrema fealdad.

Un día de hacía veinte años, Madame Rojo hizo detener la travesía de su circo nómada; los retorcijones en su estómago le indicaban que no podría aguantar más. Se internó selva adentro para hacer sus necesidades y entonces lo oyó: un llanto infantil cortaba el silencio. La mujer siguió caminando, ahora guiada por el sonido de aquel torrente de lágrimas.

La escena que descubrió la dejó inmóvil: una leona rodeada de sus cachorros lamía el cuerpecito desnudo de un bebé humano recién nacido que lloraba con gritos enronquecidos que menguaban por efecto de las lamidas. Cuando el bebé dejó de llorar, la leona lo acercó a sus mamas y la criatura comenzó a chupar con avidez.

Madame Rojo, que tenía más calle que cualquiera, sabía reconocer un milagro cuando lo veía. Fue tal vez por eso que con el mayor de los silencios llevó a la mitad de su troupe hacia allí, les mostró la escena increíble y pese a que nunca quiso querer a nadie para que nadie pudiera destruirla, les dijo:

—Atrapen a la madre y a los cachorros. Entre esa leona y yo vamos a criar a ese bebé.

Veinte años después, Bruna podía jactarse de poseer la dignidad felina de su madre de leche y el espíritu de vagabunda salvaje de su madre de crianza. Tenía, también, cierta tendencia a actuar según sus propias intuiciones, desoyendo las voces populares si no se amoldaban a su parecer; esta característica la inquietaba: no sabía de quién la había heredado.

Madame Rojo se paró frente a la jaula de los leones y contempló a su hija que dormía acurrucada junto a las tres fieras.

—Bruna, ahí hay un hombre que quiere verte. Tiene un uniforme de militar y te trajo flores.

El General Aquiles Fidedigno parecía nervioso. Según explicó más tarde, se enamoró de Bruna apenas la vio en la primera función que el Circo Lunar brindó en ese pueblo. En una semana de actuaciones, el General había asistido todos los días sólo para verla. El General quería saber si Bruna le permitía visitarla para hacerle la corte. Antes de darle tiempo a contestar, los leones, que dormitaban a sus pies como si fueran perros de la guarda, se pararon lentos, se acercaron al General, lo olfatearon, y finalmente miraron a Bruna. El General no se había movido. La chica supo que esa actitud del hombre que la pretendía no era ni de miedo ni de valor sino de deferencia hacia las fieras. Es decir, hacia ella.

Se casaron por iglesia y por civil un mes más tarde.

El entorno de Aquiles Fidedigno no vio con buenos ojos ese enlace. ¿Qué dirían los poderosos enemigos del General cuando se enteraran de que se había casado con una mujer circense que llevó consigo, como toda mudanza, dos vestidos y tres leones? Pero al General no le preocupaba lo que decían sus enemigos sino lo que hacían: torturas, secuestros, robos de bebés, violaciones y demás desastres no naturales.

Fue en esa época que Bruna parió una niña y la leona parió dos cachorros.

Fue en esa época que un contacto del General le avisó que los malos tomarían por asalto su casa, que estaban cerca y que la huida ya no era una posibilidad.

Siguiendo su propia intuición, desoyendo las voces de todos, llorando de dolor y de resignación, Bruna amarró a su hija al pecho de la leona, le abrió la puerta y le suplicó a la fiera:

—Corré, no vuelvas, cuidá a mi cachorra como si fuera una de los tuyos.

La leona obedeció con dignidad felina. Bruna las vio perderse allá a lo lejos, doliendo pero confiando en el vínculo natural entre el hombre y el animal, mientras la puerta trasera de la casa era derribada por las bestias.





***
Gilda Manso (Buenos Aires, 1983). Periodista y escritora argentina. Ha publicado el libro de cuentos Primitivo ramo de orquídeas (Editorial Libros en Red, 2008) y Matrioska (Malas Palabras Buks, Argentina, 2010). Relatos de su autoría integran antologías y aparecen en numerosas revistas literarias. Este cuento fue publicado en Letralia Tierra de Letras.

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