Domingo. 17.11.2019
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Si te vas

Samael Alba

Fotografía de Samael Alba
Fotografía de Samael Alba




 

Escuchaba el crujido de la tierra bajo mis zapatos, las piedras se rompían bajo mis plantas y las de aquellos que me acompañaban; un peregrinaje infinito, acompañado de oscuridad y silencio, paso tras paso, un camino ciego, un destino incierto.

Arrastraba un pie detrás del otro, como solía hacerlo todo el tiempo. Una ráfaga tenue atravesó nuestro caminar, el frío comenzó a deslizarse por mi piel y debajo de mi ropa, cruzó por mi entrepierna, el reflejo me hizo brincar, soltando la oscuridad de mis ojos; un destello cegador quemó mis pupilas, cubrí con mis manos las cuencas, las lágrimas descendieron al igual que mi cuerpo, caí de sentón y encajé aquellas piedras tortuosas en mi trasero.

-¡Alto! Se ha caído de nuevo. –Gritó una de mis acompañantes.

-¿Qué pasa? ¿Dónde estamos? –Pregunté asustada.

Cuando el destello comenzó a apaciguarse en mis ojos, quité mis manos, dos señoras me miraban hacia abajo, un semblante de paciencia y compasión se reflejaba en su mirada, una lágrima se deslizó por mi mejilla.

-Levántate, debemos continuar. –Dijo una de las señoras que me miraban desde arriba.

-Pero, ¿dónde estamos?

-Eso es lo de menos, ponte la manta en la cabeza, la luz podría hacerte mal.

-Quiero continuar sin eso en mis ojos, si eso no te parece mal. –La Señora no quitaba la mirada de mis labios, como si los leyera; tronó entonces la quijada e hizo un soplido condescendiente.

-No digas tonterías, tenemos que caminar a lo que se nos ha designado.

-¿Designado? ¿Por quién?

-Este no es momento para preguntas, levántate de una vez. –Tronó de nuevo la quijada, tomó el pañuelo que antes perdiera y me levantó bruscamente. –No hay más tiempo que perder, camina un ratito sin él, pero más tarde deberás usarlo de nuevo.

Me preguntaba porqué la segunda Señora no dijo nada, su ceja había estado arqueada en señal de tristeza, pero a pesar de no haberme quitado los ojos de encima, jamás emitió algún sonido.

Caminábamos pesadamente, como si moviéramos la misma Tierra con nuestras pisadas, eso me parecía pues cuando apaciguaba mi caminar, el Sol simulaba moverse más lento, como si un engrane cósmico se atascara y atrasara su paso por el cielo, al darse cuenta de esto, la Señora que no emitió palabra, me tomaba de la mano bruscamente y me acercaba a ellas, por un tiempo me llevaba a su ritmo, después me soltaba para continuar mirando la desolación del paisaje.

A lo lejos se miraban un par de árboles elevándose en el páramo, frondosos y enormes, descuadrando el vacío desértico; la noche también asomaba una ceja sobre el horizonte, el calor de mi piel fue evaporándose con la caída del sol.

-¿Hacia dónde vamos? ¿Podremos acercarnos un poco a esos árboles?

No tuve respuesta.

La marcha fue guiándose sola hacia los dos enormes arbustos, el cielo comenzó a tintinear y el viento frío pasaba por mi entrepierna. Una luna menguante comenzó a trotar por el horizonte nocturno, comparándose con el cerro de la lejanía se miraba enorme y frágil, pero al avanzar entre la matatena estelar fue tomando su tamaño regular. Bajé la mirada hacia los dos solitarios árboles, entre sus ramas parecía haber un segundo cielo, pues las hojas parecían tener un brillo similar al de las estrellas. Eran manzanas, grandes, rojas y tan limpias que la luna lograba marcar en ellas su luz, estábamos muy cerca de ellas.

-¿Podremos tomar algunas? –Pregunté sin respuesta.

Las Señoras estiraron la mano más allá de su cabeza, cada una tomó tres manzanas, dos de ellas las colocaron en las enaguas, a la tercera le dieron una mordida tan ensordecedora que pareció un trueno. Me apuré a estirar la mano igual que ellas, el codo se alargó al igual que los dedos, tomé la misma cantidad y repetí su acción. Mi mordida tronó al unísono con el de ellas, el eco se extendió a la lejanía, una y otra vez. No, no era el eco, nubes comenzaron a flotar, parpadeaban luces vociferaban su canto ensordecedor, nos siguieron toda la noche.

La misma luz que me cegara la mañana anterior comenzó a ganar su carrera contra la luna y las nubes que aún nos seguían a la distancia.

-¿Hacia dónde vamos? –Volví a preguntar.

La Señora que nunca dijo nada jaló del codo a la primera y la hizo voltear bruscamente hacía mí, le hizo varias señas y balbuceó, manoteaba con las manos, parecía querer que me pusiera la venda de nuevo.

-Lo había olvidado. –Respondió.

Sin dejar de caminar hacia delante, sacó la venda que antes llevara, volteó el cuerpo y caminó de espaldas, continuando por el sendero.

-Debes volver a usarla, no puedes caminar así.

-No me pondré eso de nuevo, quiero saber a dónde vamos.

-Precisamente por eso debes usarla.

-No entiendo.

-Debes confiar, póntela de nuevo antes de que vuelva a suceder.

-¿Suceder? ¿Qué ha pasado antes?

La Señora comenzó a acercarse a mí extendiendo el harapo.

-No me pondré eso. –Dije mientras daba un manotazo, tirando la prenda al suelo.

Mis dos acompañantes se detuvieron en seco, la mirada de compasión desapareció por una de impaciencia.

-Levántalo. –Ordenó. –No te lo pongas, pero recógelo y tú misma lo usarás cuando sea el momento, mas no digas que no se te advirtió. Ahora, camina.

Algo hubo en su voz que me hizo arrodillarme por el trapo, lo levanté y lo amarré a mi brazo, retomé el caminar.

¿A dónde vamos? Seguía pensando mientras caminaba; el paraje seguía siendo desolado, árido, vacío, solitario. ¿Cuándo terminaría el viaje?

-¿Qué ha pasado con las aves, los insectos, la gente? –Pregunté al fin.

No hubo respuesta.

-¿A dónde vamos?

La Señora que nunca hablaba le hizo nuevas señas a la otra, pegaba los dedos a sus labios y aventaba la mano como si quisiera arrojar algo, me pareció que era una especie de queja de que seguía haciendo preguntas, ella le respondió con un manotazo de enfado y dijo:

-Ya está cerca de ponérselo, espera un poco.

Ante el ocaso, las dos sacaron una de las manzanas que tomamos de la noche anterior, mordieron al mismo tiempo y de nueva cuenta, la mordida interrumpió el silencio sepulcral del páramo, saqué una de las mías y apreté la quijada contra ella, crujió el mundo y las nubes se asomaron por el horizonte, dos mordidas más de las tres y la lluvia comenzó a cantar a lo lejos. ¿A dónde vamos?

La noche nos alcanzó mientras el agua nos cobijaba, la tormenta estaba incontrolable pero mis compañeras caminaban pacíficamente; inexplicablemente, tampoco me afectaba la humedad o el aire frío. ¿Cuánto duraría la travesía?

Las nubes habían saciado su necesidad de caos, poco a poco se fueron disipando y permitieron el paso lunar, a lo lejos pude ver una vez más la frondosidad de los árboles.

-¿Los árboles de nuevo? ¿Estamos caminando en círculos?

La Señora que parecía ser muda, jaló el brazo de la que parecía ser sorda, haciendo las mismas señas.

-Es como la última vez, ella hará lo que siempre hace. –Respondió manoteando.

Me acerqué a las dos señoras y jalé sus codos.

-Quiero saber qué está pasando, ¿por qué caminamos en círculos?

-Porque así siempre ha sido, es el designio.

-¿De quién? ¿Por qué tenemos qué hacerlo?

-Camina, no tienes más opción, y ponte el pañuelo, el camino será más ligero de esa manera.

-¡Quiero respuestas! –Exclamé mientras me paraba a un lado de los árboles.

Las dos señoras voltearon el cuerpo impacientes.

-Si no me dicen nada, me iré.

-¿Irte?

-Sí, lo haré. ¿Para qué me necesitan?

-Si te vas nada puede que cambie, o quizá todo, pero nunca has tenido el valor para alejarte de nuestro peregrinar.

-¿Ustedes no se han preguntado a dónde van? ¿Por qué caminar en círculos?

-Hay una cosa por la que siempre olvidas, por la que llevas una manta en los ojos, por la que soy sorda y ella muda, cada quién carga con su maldición, y es lo que no te permitirá alejarte más de lo debido.

-¿Entonces eso es? Una maldición, ¿un pago?

-Nada de eso. Caminamos para siempre sin cansancio, sin sed, sin hambre, llamamos a la lluvia, a la noche, al día; somos sirvientas y dueñas.

-¿Hasta cuándo?

-Nadie lo sabe.

-¿Desde cuándo?

-No quieres saberlo.

-No puedo seguir así, no quiero.

-Si te vas, no habrá nada para ti allá, ¿es que no lo ves? Todo es desolación, este es nuestro camino.

-El camino también guarda vacío.

-Nos tienes a nosotras.

-¿Cuáles son sus nombres?

-Eso se perdió hace mucho entre la lluvia y el océano de piedras bajo nuestros pies.

-¿Pueden vivir así?

-¿Vivir? Estamos más allá de eso, ahora ven, las preguntas han terminado, has detenido la noche lo suficiente, debes continuar.

-Estoy triste. Confundida. Perdida.

-Al menos una de nosotros aún puede sentir cosas como esa.

Me tomó de la mano, me levantó y colocó la venda en mis ojos. Caminé. Caminé. Caminé.

 

 




***
Samael Alba  es Licenciado en Cultura y Arte por la Universidad de Guanajuato, guionista, cinéfilo y aspirante a escritor.

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