Domingo. 17.11.2019
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CRÍTICA

El otro Joker

Juan Manuel Gasca

El otro Joker
El otro Joker



Intento mostrar a los planificadores (schemers)
 cuán patéticos son sus intentos de controlar las cosas.

Joker

 

 

Ahora que se le reconoce como “El bromas”, pero también cuando canónicamente se le llama “Guasón”, algo se pierde en la traducción. El Joker no es sólo el bufón cuya razón de ser consiste en hacer reír, sino también el comodín estadounidense que se introdujo en la baraja inglesa, una dimensión del personaje que está presente en la película de Nolan desde la primera secuencia.

Lo que presenciamos es el robo a un banco cometido por varios payasos, todos vestidos más o menos igual. Las primeras conversaciones ocurren entre dos parejas de ladrones, mientras que el silencioso quinto ladrón es el Joker, quien se ha puesto la máscara de payaso para hacerse pasar por un ladrón cualquiera. La primera conversación remite a quien habría planeado el golpe y quiere su tajada sin ponerse en riesgo: “cree que obtendrá su parte sólo quedándose sentado −dice esto el conductor mientras el Joker está en el asiento de atrás− ahora entiendo por qué le llaman ‘Joker’”.

Se trata de un grupo ingenuo de ladrones motivados por una sola cosa, obtener la mayor tajada posible. Todos tienen una función específica y una que se repite: exceptuando al primero, el resto debe realizar su parte y asesinar a quien hizo la función específica anterior. De este modo, todos mueren excepto el último, aquel con la función de escapar con el dinero en el autobús escolar.

Planear un robo así (o una escena así) se facilita percibiendo al personaje precisamente como un comodín. Se trata de concebir cada una de las funciones como si las realizara un solo individuo, y resolver el desenlace del robo como si no hubiesen participado múltiples individuos. Se replica el individuo en razón de distintas funciones y se van eliminando hasta que persiste uno solo, tal es la estructura de la escena.

En la segunda conversación de la película uno de los asaltantes pregunta: “¿Y por qué le llaman ‘Joker’?”, otro responde: “Escuché que usa maquillaje…”. Considero importante entender al personaje, de base, en su versión con maquillaje. Es notable, por ejemplo, que en la escena en que se lo quita (la del atentado al alcalde), lo hace para desidentificarse, haciéndose pasar por un policía cualquiera: ponerse una máscara o quitarse el maquillaje es un mismo gesto de enmascaramiento en el Joker.

Dice Žižek que esta película es sobre la mentira, heredera de un discurso político conservador que afirma que si el pueblo supiera la verdad sería ingobernable, que los gobiernos hacen un favor al pueblo mintiéndole.

En ese sentido el papel del Joker es claro: su función anárquica consiste en exhibir esa mentira fundamental. Si al final el saldo parece haber quedado a favor de Gótica (la siguiente película mostrará como un enorme triunfo en seguridad el símbolo de Dent), es porque persistió la mentira.

La función del Joker de Nolan es forzar los límites de la normalidad, evidenciar la extrañeza encapsulada en la normalidad y liberarla. Y es lo que mejor lo define porque, a diferencia del resto de las cartas, el comodín se identifica por no tener identidad, por poder adquirir cualquier identidad para sacar un provecho en el límite de las reglas normales del juego. La incorporación del comodín en un juego hace posible lo imposible (la repetición de una carta del mazo), de tal suerte que, cuando se incluye en el juego, no hay una mejor carta que el comodín. En esta primera secuencia, lo que hace al momento de identificarse como Joker, es desidentificarse del ladrón cualquiera con el que se había duplicado para ganar la partida robando una pequeña fortuna a las mafias de Gótica.

Entonces, dos peculiaridades de la “identidad” del Joker: su punto de partida implica el maquillaje y la identidad del comodín consiste precisamente en no tener una para así duplicarse con la que haga falta. Así, el análisis de Žižek se puede complementar a partir de que el argumento del filme sugiere, primero, que para exhibir la mentira como condición de gobernabilidad se requiere de un sujeto político que se asuma ya sujetado de antemano (que no se asuma con un rostro puro y natural, sino ya maquillado), y segundo, que sólo en cuanto maquillado sea identificable, puesto que esencialmente carece de identidad y sólo toma alguna para ejercer una función destituyente, ¿de qué?, del orden de cosas.

Vemos entonces que la primera conversación en la que participa el Joker, con el personaje del banco que intentó ser héroe, es su carta de presentación (que después será literalmente el comodín de una baraja), lo que le define y la función que realiza: “lo que no te mata te hace más… extraño [stronger por stranger]”. De este modo, la primera secuencia funciona como prólogo y esta frase anuncia el tema mismo de la película.

La cuestión de los límites

En la siguiente escena, de transición, lo que vemos es el “efecto Batman”, su función de símbolo que tiene asustados a los delincuentes, los mantiene a línea aunque la mafia persiste con toda su hegemonía: la película muestra que es parte del nuevo orden de cosas que los jefes se mantengan bien organizados. Por su parte, el “efecto Joker” consistirá en desequilibrar dicho orden afectando a ambos bandos.

El filme se va (des)ordenando a partir de cierta simetría: en la escena donde se presenta Batman también aparecerá multiplicado con otros individuos disfrazados de él, así que lo vemos disparando una uzi y una escopeta, luego un tercero se acerca con una pistola y es fácilmente vencido por Scarecrow. Si se conoce un poco al personaje de Batman se sabe que no asesina, así que bien pronto se nos dice que esos vigilantes disfrazados de Batman no son Batman, quien aparecerá finalmente en escena, del mismo modo que el primer diálogo nos dice que esos ladrones con máscaras de payaso no son el Joker, aunque aparece también al final de la secuencia.

Hasta este punto, simetría. Es en lo que caracteriza a Batman donde la simetría se rompe: la operación no ha sido orquestada por el murciélago quien, por el contrario, intenta disuadir de imitarlo burlándose de la mala calidad de los disfraces cuando el imitador pregunta “¿cuál es la diferencia entre tú y yo?”. Si Joker puede trabajar con cualquiera, Batman sólo trabaja en equipo con unos pocos (Gordon, Rachel o Harvey), siempre en sus términos, o bien saca provecho de otros irrumpiendo en sus vidas, es así que implementa un software para acceder a todos los teléfonos móviles de Gótica. En general, cada que Batman transgrede límites lo hace para mantener las instituciones. En ese sentido, su actitud es soberana, opera como un tirano capaz de decidir sobre un Estado de excepción: queda a su criterio qué leyes transgredir con tal de que se mantenga el Estado.

Mientras las aspiraciones de Joker le requieren mimetizarse con cualquiera, Batman es una identidad fija a la que muchos aspiran, y desde la película anterior se enfatiza su carácter de símbolo. La presencia de Batman, en toda su prepotente gloria, había sido anticipada por el invulnerable Batimóvil, y en la fiesta para fondear la campaña de Harvey Dent hará una entrada similar, como Bruce Wayne, ahora en un helicóptero y acompañado de tres modelos.

No nos quepa duda que el superpoder de Batman es su riqueza y es desde ahí que su doble identidad está vinculada: perfectamente solitario y reconocible como Batman, perfectamente solitario y reconocible como Bruce Wayne, a ambos sólo los acompaña un mismo poder adquisitivo que le otorga poder soberano. Mientras Joker se funde con el individuo común (‘smalltimers’ les llama Gordon) en cada una de sus operaciones (pensemos también en el intento de asesinato del alcalde y en su disfraz de enfermera), Batman está condenado a ser él mismo por lo que sólo su opulencia (Alfred y Lucius incluidos en ella), la oscuridad y el engaño pueden ser sus aliados.

Las primeras dos escenas entre Bruce y Alfred son discusiones acerca de los límites: en cuanto Batman se encuentra fuera de la ley carece de límites, asume un ingenuo Bruce. Joker mismo, en su reunión con la mafia, advierte que Batman carece de jurisdicción. No obstante, el propio Bruce admitirá con ingenua sorpresa, en una segunda charla con Alfred, que Joker “cruzó la línea”. El mayordomo le hace notar que el primero en “cruzar la línea” fue Batman mismo, por lo que para enfrentarlo la mafia tuvo que apoyarse en alguien que operara de manera aún más transgresora. Pero Bruce no sale de su ingenuidad y afirma que los criminales son sencillos de descifrar, que siempre buscan algo.

Esta es quizá la escena donde el argumento pretende la mejor definición del personaje del Joker. Alfred refiere a un ladrón de piedras preciosas que terminó regalándolas a los niños, pues “hay hombres que no persiguen objetivos lógicos, como el dinero. No pueden ser comprados ni intimidados; no se puede razonar o negociar con ellos. Algunos hombres sólo quieren ver el mundo arder”. Es en este sentido que Joker carece de límites, pues no tiene un objetivo constituyente ni conservador, sino estrictamente destituyente del orden de cosas. Así, su “cruzar la línea” es mucho más extremo que el de Batman, quien tampoco puede ser comprado ni intimidado, sin embargo su código moral y su objetivo lo mantienen constreñido.

¿Y cuál es su objetivo? Cuando Harvey y Bruce se encuentran ocurre una discusión de carácter político. Natasha, la acompañante de Bruce, se vuelve portavoz de lo que él mismo piensa y defiende a las instituciones frente a la “justicia por propia mano” que supone Batman. Harvey defiende al murciélago, y más interesante es cómo lo hace: describe ni más ni menos que el Estado de excepción desde el que se funda el Imperio Romano. Harvey, y con él el espectador promedio, ve en Batman a un soberano imponiendo orden y Bruce no podría estar más de acuerdo, excepto que no quiere a Batman como un emperador sino como una transición hacia instituciones fuertes de la mano de Harvey. Estado de excepción sólo como un estado transicional… pero he ahí la tragedia: Gótica no puede dejar de necesitar a Batman, la excepción se vuelve la regla.

Sin embargo, para el ingenuo Bruce, el plan parece perfecto. La fantasía podría hacerse realidad y, finalmente, podría dejar de ser Batman para casarse con Rachel. Es importante no perder de vista que todo esto es una historia de romance entre gente que cree que la justicia es posible. Pero conviene distinguir entre romance y amor: decía Nietzsche que lo que se hace por amor está más allá del bien y del mal, y en ese sentido el único amoroso parece ser, en realidad, el Joker, quien viene a hacer una transmutación de los valores. Frente al mero romance del triángulo entre Bruce, Rachel y Harvey, amor verdadero en el sentido de El banquete platónico: amor por la verdad, esa que lleva la normalidad a los límites para exhibir su extrañeza respecto a lo que se asume cotidianamente.

Cuando Batman pregunta al Joker por qué quiere matarlo, a éste genuinamente le causa gracia y le dice, casi con ternura: “¡No quiero matarte! ¿Qué haría sin ti? […] no… tú me complementas”. “No hay poder sin resistencia”, dice Foucault. Batman, que sigue sin perder su ingenuidad le reclama que mata por dinero, a lo que Joker responde: “no hables como ellos, no eres como ellos incluso si te gustaría serlo. Para ellos eres sólo un freak, como yo… ahora te necesitan, cuando no, te exiliarán como a un leproso. Porque escucha: su moral, su “código”, es una mala broma, se deshacen de él a la primera señal de problemas, sólo son tan buenos como el mundo les permite ser. Te lo mostraré: cuando todo caiga en su lugar, esta gente “civilizada” … se comerán los unos a los otros”.

Sólo una de estas dos profecías se cumplirá al final de la película, aunque cabría dudar si, en circunstancias reales (y particularmente en Estados Unidos), la escena de los dos ferris no hubiese terminado, más temprano que tarde, en tragedia. Pero aún si nos quedamos con el argumento de la saga, la siguiente película (la peor de las tres, sin duda), mostrará en buena medida cómo se comen los unos a los otros en esa referencia al tribunal del terror post Revolución Francesa que acá preside Scarecrow (irónicamente, la saga no dejará de aterrorizarnos respecto a cómo un cambio radical de sistema es la definición misma de terrorismo).

Cuando el interrogatorio se torna violento el Joker se burla de los límites de Batman:

−Tengo una regla.

−Entonces es la que tienes que romper para saber la verdad.

−¿Cuál verdad?

−Que la única forma adecuada [sensible] de vivir es sin reglas.

Es interesante que el adjetivo original haya sido ‘sensible’, de difícil traducción dado el contexto. No podría ser “prudente” ni “sensato” viniendo del Joker. Remite más probablemente a cierto ‘awareness’ pero no en el sentido de “consciencia” como si se tratara de algo mental (escindido del cuerpo) y mucho menos moral. Parece más bien tratarse de una adecuación de lo que se es a la vida misma a partir de reconocerla como algo que carece de reglas, o si se quiere, que está siempre rompiendo las reglas que la humanidad asume detectar en ella.

Adecuarse a una vida en constante cambio es salir de los límites de la identidad y de los códigos.[1] En otras palabras, el caos fáctico es sólo un efecto del salir del ingenuo orden de las cosas que cierto discurso humanista y progresista nos habría hecho creer que rige la realidad. Transmutación de los valores: el diálogo comenzó preguntado al Joker por qué quería matarlo y es ahora Batman quien desea hacerlo. No obstante, su código moral es tan rígido que “sólo” le permite torturarlo para obtener la información respecto a dónde tiene prisioneros a Rachel y Harvey. La tortura como tal no funciona y Batman es llevado al límite de la desesperación… pero su código es más fuerte: Batman encarna la clase de político que el típico ciudadano de derechas quiere creer que existe y el que, en secreto, anhela el típico ciudadano de izquierdas.

Si Batman “gana” la partida es porque el Joker no consiguió romper su código, no así con Harvey: en ello se fundará el espejo del heroísmo con el que cerrará película, heroísmo en función a lo que se necesita y a lo que se merece. Se trata de una referencia al conocido adagio de que cada pueblo tiene el gobierno que se merece y que, no obstante, los buenos gobiernos son aquellos capaces de hacer lo necesario (y no es difícil deducir que esto justifica toda clase de civilizadas barbaridades).

Hay pues una distinción entre el heroísmo/gobierno que fácticamente se merece y el heroísmo/gobierno que debe realizar los actos necesarios… ¿para qué? Para mantener un mismo orden de cosas. Podríamos hacer más claras las palabras del Joker: si decimos a la prensa que mañana morirán 25 mil personas de hambre nadie va a alterarse, porque ocurre todos los días sin ser noticia, porque es parte del plan, pero si decimos que un insignificante alcalde morirá [Joker piensa en el de Gótica… pensemos en el de Nueva York], todo el mundo pierde la cabeza.

El Joker del placer

Mientras es vigilado en la cárcel, Joker explica provocativamente por qué usa un cuchillo y no una pistola. Disfruta observar todas las pequeñas emociones de una muerte lenta. Es un buscador de la verdad: “Verás, en sus últimos momentos, la gente te muestra quién es realmente”. Y es icónica la escena en la que Joker ha escapado de la cárcel y saca la cabeza de la patrulla, mostrando todo el placer que le supone lo que hace. También le dice a Batman que no lo va a matar pues es “demasiado divertido”. Incluso hace lo que este orden de cosas consideraría más insensato, quemar una montaña de dinero, pues sus placeres son baratos. Con ese gesto no sólo se distancia claramente de la mafia, sino de Batman mismo: desprecio al superpoder de su divertido enemigo, pero más importante, desprecio al orden de cosas, pues “no se trata de dinero sino de enviar un mensaje: todo arde”.

Si Todd Phillips nos presentó a un Joker resentido, más bien víctima de sus circunstancias, el de Nolan encuentra enorme placer en lo que hace. El de Phillips es un Joker que fantasea con reencontrar a un padre que lo reconozca, que desea la fama y el éxito individual. En suma, un Joker que aspira a ser Bruce Wayne, mientras que el de Nolan no aspira propiamente a nada; lo que hace es un medio carente de fin (“soy como un perro persiguiendo autos, cuando los alcanzo, no sé qué hacer con ellos”). La distancia parece irreconciliable: un Joker del deseo y un Joker del placer.

 


[1] Leo esto en clave agambeniana: forma-de-vida como la vida adecuada a su forma, por un lado, y profanación como aquello que evidencia la separación que efectúan los códigos sagrados y restituye lo soberanamente separado al uso común.



 


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Juan Manuel Gasca Obregón, estudiante de filosofía. Beneficiario de la Beca Postgrado PUCV 2019.

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