Domingo. 17.11.2019
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RESEÑA

El monstruo eres tú; atentamente: Arthur Fleck

Fernando Luna

 

Ilustración de José Luis Pescador
Ilustración de José Luis Pescador
El monstruo eres tú; atentamente: Arthur Fleck

Todos luchamos por mantener la cordura en este mundo.

Esa noche iba camino al cine cuando vi venir sobre la calle a un perro corriendo entre los coches. Bajé la velocidad, puse las intermitentes y me detuve mientras todos me mentaban la madre. Se subió al camellón y pensé que ahí se quedaría, pero se aventó hacia el carril contrario. El miedo y la desesperación con la que él corría desorientado entre una bruma de llantas, luces y cláxones me invadió también, el estómago se me contrajo esperando el golpe, y ¡pum! Un alarido estremeció el espacio. Por un momento, el perro se levantó y quiso volver a correr, arrastrando una pata completamente destrozada y aullando con todo el dolor que se puede sentir. Luego vino otro auto, después otro y otro más. Llegué al cine tragándome las lágrimas. ¿Por qué nadie más se detuvo?

He leído toda una gama de opiniones en torno a la película. Las más turbias son las de los puritanos wannabe que la repudian por "abrir la puerta a la violencia". No es así; el Joker no abre la puerta a la violencia. Esa puerta está más abierta que un cerdo en el rastro. Él abre una ventana a la crueldad del mundo, a la brutalidad de tu indiferencia. La película incomodará a todos los que se niegan a abrir los ojos y reconocerse en ese oscuro paisaje. 

Nosotros, como humanos, somos una amalgama de luces y sombras. Sin embargo, las estructuras que nos rodean se empeñan en negar la oscuridad que somos capaces de vivir, porque tú sabes, los niños no deben tener malos pensamientos, tampoco llorar y hacer berrinches: deben ser buenos, obedientes, rezar, comerse todo lo del plato sin chistar, y no decir ni una puta grosería. Crecemos en una sociedad enferma de doble moral, una sociedad reprobada en inteligencia emocional, que nos obliga a darle la espalda a nuestras sombras en pro de las buenas costumbres y eso, como las películas de Tarantino, tarde o temprano termina en masacre. 

¿Sabías que una de las funciones de los cuentos para niños es lograr que ellos se identifiquen emocionalmente con los personajes? Un niño puede sentir la valentía del príncipe, pero también el rencor de la bruja. Cuando se es pequeño, es imposible nombrar todo cuanto uno siente; la falta de experiencia te impide saber que hay momentos en los que odias a todos, incluso a tus padres, y eso es normal. Ese sentimiento puede tener un escape sano a través de las historias. Y sí, los niños también odian. 

Prefiero ser un hombre completo que un hombre bueno, decía Carl Jung. Se refería justo a esto, la capacidad de abrazar nuestras sombras, mirarlas de frente y abrirles el corazón. Nada hay de malo en sentir miedo o deseo incluso por las cosas que están prohibidas o tristeza, frustración, odio. Lo malo es ser incapaces de reconocer por qué sentimos lo que sentimos y peor aún, cómo darle un sano escape. El Joker tampoco incita a nadie a perder la razón. Como los muchos mochos dicen, el mundo está bien loco ya, y todos flotamos en él con distintas locuras. Artur Fleck es la rosa en el basurero: él nos muestra la belleza de la ingenuidad en las fauces del mundo de las apariencias.

Arthur es un niño hundido en las tinieblas, abandonado por el mundo, como tantos, que no pudo sublimar sus demonios, que no supo cómo iluminarlos. El Joker, otro perro golpeado por la indolencia, atropellado por el desamor, aturdido por los gritos de una sociedad que finca el valor de una persona en lo que puede dar y no en lo que puede ser, revolcado por la crueldad del capitalismo encarnizado. Un personaje que podría ser cualquiera: pobre, enfermo, mal nutrido, sin empleo, sin seguridad social, bulleado e incomprendido por sus diferencias. Por eso esta película duele, desgarra e incomodará a todo aquél que siga negando su culera indiferencia, porque a eso le apuesta el director. El argumento es brutal: no habla de la violencia ni de la locura —como otros dicen-: Joaquín Phoenix nos lleva de la mano por una magistral tesis sobre la compassion; de eso es de lo que se trata.  

Las personas creen que la compasión es un sentimiento de piedad, pero no es cierto, dice el Dalai Lama. La compasión es un sentimiento de proximidad que se experimenta hacia alguien, sabiendo que los otros seres como yo no quieren sufrir y desean ser felices. Él también quería ser feliz. 

Si fuiste de esos que abandonaron el cine, o si no lograste entender la película en este sentido, si lo único que pudiste percibir con morbo fue la decrepitud y la violencia que rodea al personaje, si no pudiste entender la oscuridad y el profundo sufrimiento de Arthur Fleck, si fuiste incapaz de compadecerte por él, entonces el monstruo eres tú.

Me había tragado las lágrimas, pero esa noche llegué a mi casa y lloré, lloré mucho, por el perro, por Arthur Fleck y por todos los seres atropellados por la crueldad de un mundo que no se detiene ante su dolor.  





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Fernando Q. Luna mexicano, es licenciado en Derecho y maestro en el área de comunicación. Ha realizado estudios en filosofía y literatura, además, en creación literaria por el Instituto Nacional de Bellas Artes. Es académico, profesor de la Universidad de Guanajuato, México, dentro de la división de Humanidades y Ciencias Sociales para el Colegio de Nivel Medio. Como escritor, ha publicado algunos relatos y ensayos sobre temas de su interés en lo que él denomina Filosofía pop!, la reflexión es apta para todo público. Ha participado en diversos foros educativos y literarios. En 2016 obtuvo el reconocimiento Cátedra Unesco por sus "Ideas para mejorar la educación en América con base en la lectura y la escritura". Ha sido coordinador de talleres literarios y programas de fomento a la lectura. Es un activista en favor de la educación, la literatura y un mundo menos peor.


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