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CUENTO

A ritmo de Danzón

Leticia Ávila

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Foto: Manifestación Chile 2019
A ritmo de Danzón

Mis padres fueron poco efusivos entre ellos. Yo sabía que se amaban porque muy de vez en cuando bailaban, era muy bello ver la escena. Por lo general ocurría una vez al mes, los domingos, después de los súper banquetes que mi madre armaba para complacer a mi padre.  Nos íbamos todos a la sala, ella le decía, “se me antoja una cerveza” de manera inmediata mi padre enviaba a mi hermano a comprarle un six, le decía “corre a traerle cervezas a tu madre y más te vale que estén bien frías, cómo a ella le gustan”.

A nosotros nos sentaban a la mesilla de la sala a dibujar y ellos ponían música. Mi padre se dirigía a la consola hermosa y grande, setentera, ponía un disco de danzón, volteaba a verla y le decía, “ahora si gordita, llegó la hora del baile”. Ella se levantaba del sillón, dizque a regañadientes, y se posaba en sus manos. Casi siempre comenzaban con Nereidas, bailaban y bailaban sin verse a la cara, transportados a un mundo que en ocasiones yo alcanzaba a ver, y que en ocasiones vuelvo a mirar de soslayo, mientras mis hermanos se peleaban porque querían que mis padres cambiaran el ritmo de la música, pero ellos continuaban con su cadencia sin prestarnos atención, tanto que los niños corrían a sus habitaciones y se olvidaban de nuestros padres. Pero yo no.  Me gustaba verlos, porque acto seguido, cuando se sentían solos, mi madre le preguntaba: “¿ahora no me vas a cantar? A lo que mi padre volteaba a la consola, buscaba sus discos de Javier Solís, y entonces comenzaba la tanda del baile romántico y la cantada.

Cuando sentían que a mi madre comenzaban a subírsele las cervezas, mi padre le pedía que se sentara un poco y encendiera un cigarro, cosa que ella hacía de una manera sumamente amorosa, como si en aquel cigarro pudiera besarlo. En seguida mi padre me decía ven, bailemos, y volvía a los danzones o cumbias y me enseñaba a bailar. Mi madre nos contemplaba y sonreía, de una manera muy triste que jamás he logrado descifrar. Al darse cuenta, mi padre me decía ven, vamos a sentarnos un rato. Se sentaba al lado de mi madre y, fuera cual fuera la melodía de fondo, él comenzaba a cantarle.

Ella le encendía otro cigarrillo y lo tomaba de la mano y volvían a su ritual de no verse, de sumirse en sus pensamientos, me pedían que volviera a poner música para bailar, y recomenzaban su baile.

Así pasaban las horas y yo entendía que debía meterme a mi libro de colorear y hacer como que no los veía. En alguna ocasión los vi besarse, con besos lentos y suaves al ritmo de un danzón.

Hoy que estoy a unos pasos de un montón de señores que bailan danzón, y que mi madre ya no está, pienso lo feliz que sería mi padre de presenciar esto y decir ahora sí, gordita, llegó la hora del baile.

 

Octubre de 2019

 

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