Martes. 19.11.2019
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Brujas en pantalla

Fernando Cuevas

Brujas en pantalla, Fernando Cuevas
Brujas en pantalla, Fernando Cuevas
Brujas en pantalla

Desde diversas perspectivas, tanto el cine como la televisión han explorado a estos personajes femeninos malditos, ya sea por una sociedad que los inventó a manera de chivos expiatorios causantes de todos los males, o bien en la ficción por sus vínculos con el terreno sobrenatural, particularmente con el diablo como figura tutelar. Como bien apunta Castro (2019), “la construcción del arquetipo de la bruja como la mujer que encierra en sí la malignidad, el terror y el peligro fue una imposición sociocultural de las clases gobernantes y administrativas de los siglos XV y XVI” (La Tempestad 144, abril p. 32). Claro que hay misoginia, ignorancia e imaginación, en el mejor de los casos, para retratar a estas mujeres.

La diversificación de la mirada hacia la bruja primero como ser marginal y susceptible de ser condenado por la evidente misoginia de las sociedades; después como entidad digna de temerse con carga discriminatoria dado que el miedo parte de la irracionalidad y ahora de pronto representada incluso como mujer buena en el fondo, tierna en algunos casos, enriquece la percepción hacia su figura tanto real como ficticia: más allá de viajar en las escobas rumbo a destino desconocido, las brujas significan parte de cómo vemos a quienes son diferentes y de la manera en la que como sociedad no nos queremos responsabilizar de nuestras propias calamidades.

De la crítica social a los cuentos de hadas

Un primer referente básico es la obra cumbre en tono de docudrama La hechicería a través de los siglos (Häxan, Christensen, 1922), gran producción y obra maestra indiscutible que ponía el énfasis en la condición de marginalidad de las mujeres, utilizadas como pretexto para achacarles todos los males y desgracias, situación que se vivió en Massachusetts con mayor presencia en Salem, desatándose la tristemente célebre cacería de brujas, cargada de falsas ideas religiosas e histeria colectiva en el siglo XVII. De aquí se derivó la obra teatral de Arthur Miller inspiradora de los filmes Les sorcières de Salem (Rouleau, 1957) y Las brujas de Salem (Hytner, 1996). Por su parte, en la notable La bruja (Eggers, 2015), confluye el enfoque social expresado en el rechazo a una familia por parte de la comunidad donde vivía, con el siniestro ámbito sobrenatural, contando con la presencia diabólica.

En otro sentido, las películas de la casa Disney popularizaron, a través de sus innovadoras películas basadas en cuentos clásicos, la figura de la bruja o hechicera como alguien que no tolera la belleza o bondad de una mujer más joven, acaso no admitiendo competencia posible: ahí están la arquetípica Blancanieves y los siete enanos (varios directores, 1937); La bella durmiente (Geronimi, 1959), ahora con sus reformulaciones a través de las dos partes de Maléfica (Stromberg, 2014; Rønning, 2019); La sirenita (Clements y Musker, 2019), enfrentando a Úrsula, y Frozen (Buck y Lee, 2013), en la que los poderes de la protagonista deben ser controlados. Claro que también está Jadis (Tilda Swinton), la bruja blanca de Las crónicas de Narnia: el león, la bruja y el ropero (Adamson, 2005), que buena falta nos haría en tiempos de calentamiento global.

La dualidad un tanto maniquea también ha estado presente en diversas historias sobre las brujas: desde clásicos como El mago de Oz (Fleming, 1939) y su oscura continuación Oz, un mundo maravilloso (Murch, 1985), hasta El viaje de Chihiro (Miyazaki, 2000), esa obra maestra de la animación en la que cohabitan buenas y malas hermanas, pertenecientes a reinos que no terminan por reconciliarse, como en la memorable Coraline (Selick, 2009), mamá con botones instalados pero siempre atractivos. Si estiramos el concepto, Mary Poppins (Stevenson, 1965) y El regreso de Mary Poppins (Marshall, 2018) pueden ser la representación de la bruja buena que resuelve problemas con magia y cariño, como sucede en la encantadora Kiky, la aprendiz de bruja (Miyazaki, 1989), donde se representa el lado luminoso de estas mujeres.

De la comedia al terror

No se puede olvidar a la comedia con tintes políticos Me casé con una bruja (Clair, 1943) y a Kim Novak enamorando a James Stewart, ya sin vértigo, en Sortilegio de amor (1958), como sucedía en The Love Witch (Biller, 2016), sin pensar en las duras consecuencias de forzar los amores; en tanto, la serie Hechizada (1964-1972) con su inolvidable movimiento de nariz para cambiar la realidad, influyó en buena parte la mirada sobre las brujitas buena onda e incluso mereció una fallida versión fílmica (Bewitched, Ephron, 2005) con Nicole Kidman, quien participó junto con Sandra Bullock en la simpática Hechizo de amor (Practical Magic, Dunne, 1998).

Se detonó una serie de cintas al respecto con orientación adolescente entre series de obvias referencias e historias convencionales aprovechando las diferencias entre la fantasía y la relaiadad, quizá revelando la transfroamción inevitable hacia la adultez incluso entre personas con poderes insopechados, como Jóvenes brujas (Fleming, 1996) y Ella está encantada (Ella Enchanted, O’Haver, 2004) con la actuación de Anne Hathaway. En contraste está Witchhammer (Vávra, 1970), cinta checa que se centra en los juicios que se llevaban a cabo sobre las posibles víctimas y supuestas culpables.

En tono menos amable, Arde, bruja, arde (Hayers, Night of the Eagle, 1962), un marido descubre que su esposa le ha estado ayudándolo en su carrera a partir de ciertos hechizos, si bien en Las brujas de Eastwick (Miller, 1987), basada en el texto de John Updike, y en Abracadabra (Ortega, Hocus Pocus, 1993), sendos tríos de actrices conocidas hacían de las suyas para lograr su obejtivos, incluso sobreponiéndose a la figura masculina. En Bajo la sombra del infierno (The Witches, Frankel, 1966) Joan Fotaine es una maestra que va descubriendo que la magia negra está presente a donde vaya: la maldad, en el fondo, está en nuestras entrañas.

En otros terrenos brujeriles: La Máscara del demonio (Bava, 1961) apuesta por la venganza para reivindicar la injustica cometida hacia una mujer acusada falsamente de brujería, mientras que en La estación de la bruja (Romero, 1973), en la que una madre seduce al novio de su hija vía hechizos siniestros, se va detonando la arista perversa. En línea delincuencial, está la española Las brujas de Zugarramurdi (de la Iglesia, 2013), y las simplonas cintas de acción Temporada de brujas (Sena, 2011), Hansel y Gretel (Wirkola, 2013) y El último cazador de brujas (Eisner, 2015). Con una estupenda Anjelica Huston y la intervención de Jim Henson, el “muppetero más famoso”, Las brujas (Roeg, 1990) retomó con gracia el libro de Roal Dahl.

La trilogía de Dario Argento (Suspiria, 1976; Inferno, 1980; La madre de las lágrimas, 2007), que apuesta por un tono impresionista, cargado de sexualidad con abundancia de dolorosa hemoglobina, se alimentó de la idea fundacional del aquelarre como expresión de libertad, expresada de manera enfática en la magnífica secuencia del bosque de Andréi Rublev (Tarkovski, 1966); la posterior versión de Suspiria (Guadagnino, 2018), comparte esta idea de encontrar a la danza como vehículo para la emancipación, pero no exenta la lucha del poder femenino entre sí.

El proyecto de la bruja de Blair en sus dos partes (Myrick y Sánchez, 1999; Berlinger, 2000) supuso una renovación del cine de terror cámara en mano que no trascendió más allá de su premisa, mientras que Lords of Salem (Zombie, 2012) puso de manifiesto la posición de servidumbre de las mujeres ante la fuerza de un ser –masculino- que las usa para sus fines perversos. Coven (2013-2014), la tercera temporada de la serie American Horror Story (Murphy y Falchuck), se centra en una comunidad de brujas en la época actual, con reminiscencias de los sucesos acaecidos en los tiempos de los juicios de Salem y ahora sobreviviendo en Nueva Orleans.

Y Witches of East End (Friedman, 2013-2014), encabezada por Julia Ormond, presentaba a una madre y sus dos hijas herederas de brujería buscando la identidad perdida, acaso estigmatizada, mientras que en la serie The Secret Circles (Miller, 2011-2012), se observa a una adolescente descubrir su identidad como bruja. Como sea, las brujas siguen en su imaginario colectivo, antes víctimas de juicios radicales, hoy sujetas del olvido, la discriminación el temor, en particular cuando nos enfrentamos a dolores violentos que se asientan en la realidad de nuestras comunidades.

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