Lunes. 18.11.2019
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Resplandores en tierra de zombies

Fernando Cuevas

Zombieland: tiro de gracia (EU, 2019)
Zombieland: tiro de gracia (EU, 2019)
Resplandores en tierra de zombies

Un par se secuelas no del todo esperadas, dado el tiempo transcurrido a partir de la realización de sus predecesoras, con enfoques contrastantes que recurren a sus mejores armas para alcanzar sus propósitos. El terror combinado con la fantasía y la comedia, según el caso, con resultados acordes a lo esperado.

Doctor Sueño: hasta el último aliento

Al igual que la lograda Blade Runner 2049 (Villeneuve, 2017), su realización cargaba con el peso de ser la continuación de un clásico absoluto del género y a partir de ahí, el nivel de riesgo era alto; una buena alternativa era asumirse como un tributo al filme sin descuidar su referente literario y al mismo tiempo desmarcarse y buscar nuevas vías narrativas: acertada decisión no del todo llevada con eficacia a la práctica, sobre todo por ciertos episodios que se antojan derivativos y algunas resoluciones fáciles que carecen de justificación, aún en la propia fantasía de la trama (el protagonista de pronto experto tirador, transiciones que pierden nociones temporales).

Si bien se supo que al estimable Stephen King no le gustó El resplandor (1980), obra maestra de terror con toda la carga obsesiva de Kubrick, la película se volvió un referente argumental y visual, no solo para el género, sino para el mundo del cine en general. Incluso hubo una miniserie televisiva de tres episodios que pasó relativamente desapercibida en 1997 apoyada por King sobre su novela: cada quien sus gustos. Después, el que quizá sea el escritor más conocido del mundo, publicó una continuación de su célebre relato en el 2013, base para el filme homónimo Doctor sueño (EU, 2019), escrito y dirigido por el oriundo de Salem Mike Flanagan (Oculus, 2013; El juego de Gerald, 2017), quien se encarga de la serie La maldición de Hill House (2018-2020).

La historia sigue a Dan Torrance (Ewan McGregor, ejercitando la contención) en su etapa adulta, el pequeño que sobrevivió a la locura de su padre en el hotel Overlook (el brillantemente desquiciado Jack Nicholson), con saltos que van y vienen en el tiempo que regresan a su infancia en Florida, ya sin su madre en vida, ahora buscando la misión imposible de huir de sí mismo entre el alcohol, la vagancia, pleitos de billar y mujeres ocasionales, apenas contando con el apoyo del viejo cocinero que habita todavía en su cabeza, hasta que termina asentándose en un pueblo de New Hampshire gracias a un comprensivo hombre que lo apoya (Cliff Curtis), capaz de reconocer cuando alguien está extraviado.

Consigue alojamiento y algunas chambas entre las que se encuentra la de fungir como enfermero para acompañar a personas moribundas, labor de donde se deriva, gracias a uno de los pacientes que está por lanzar un último suspiro, su sobrenombre de Doctor sueño, en complicidad con un sagaz gato de habilidades premonitorias que le avisa el momento justo para servir como especie de Caronte gratuito y benévolo a los pacientes para guiarlos hacia el más allá, brindándoles la esperanza que necesiten, ya sea que existe algo más o que se reencontrarán con quien los están esperando: el sueño eterno.

En tanto, un grupo conocido como The True Knot acecha, liderados por una especie de hechicera entre encantadora y siniestra (Rebecca Ferguson, en tesitura precisa): aunque al argumento le falta información sobre el origen de estos personajes que andan cual gitanos en casas rodantes cuya personalidad queda un poco difuminada, salvo el abuelo y el apodado cuervo, se trata de una especie de secta que se alimenta del temor de los niños que tienen el don de la telepatía y de meterse en la cabeza de los demás, para lo cual los atrapan y se alimentan de su vapor o bien lo guardan en recipientes por si se ofrece en tiempos de escasez. Andan por ahí de ociosos alrededor de fogatas en bosques o playas sin mayor oficio o beneficio.

No son inmortales pero pueden vivir mucho tiempo y necesitan detectar a quienes tengan lo que el protagonista llama, justamente, el resplandor, ya sea para sumarlos a su clan, como en el caso de la joven vengadora contra pederastas (Emily Alyn Lind), aprovechando la función de Casablanca, o para devorarlos hasta su último aliento, y los torturan con el fin de alimentarse del vapor que exhalan mientras son lastimados, como se muestra en la dura escena con el niño que adivinaba los lanzamientos del pitcher rival (Jacob Tremblay, padeciendo La habitación una vez más) o la ingenua pequeña que va a recoger flores en la tensa secuencia inicial.

La trama se entrelaza cuando una puberta (Kyliegh Curran) con fuertes poderes relacionados con la telequinesis entra en contacto con Dan para advertirle sobre los crímenes del susodicho grupo, a la vez que es detectada por éste, particularmente por su lideresa, y se vuelve oscuro objeto de su deseo en aras de su sobrevivencia, volviéndose casi asunto personal: quedan atados los cabos argumentales, acaso un poco tarde, pero que terminan siendo recuperados en la secuencia climática que regresa a donde todo comenzó, como suele suceder en la vida de toda persona con o sin resplandor, en la infancia que transita los pasillos montada en un triciclo buscando la aventura de la existencia donde se abren y cierran cajas según las posibilidades de la mente.

La propuesta visual se apoya en su referente kubrickiano, apostando por las transiciones difuminadas, los desplazamientos de cámara con acercamientos y alejamientos enfáticos y los picados reiterados, como para ubicar los contextos de incertidumbre de los personajes, incluyendo explosiones como el viaje astral que modifica la lógica de la física: no saber dónde se está, si en la realidad tangible o en la cabeza de alguien más, si se trata de un truco o de una situación que implica peligro corporal. Especial atención se puso en la similitud de los actores y las escenografías, así como en los movimientos y acciones, como por ejemplo en la famosa secuencia del padre caminando con el hacha; la banda sonora remasterizada e incidental, hace su parte para este trabajo de recreación, en parte, y de búsqueda de diferenciación.

Zombieland: gracias por el tiro

Dirigida con soltura por Ruben Fleischer, retomando al equipo original salvo Bill Murray que hace un cameo postcréditos por no dejar, Zombieland: tiro de gracia (EU, 2019) es una tardía pero entretenida secuela de su Tierra de Zombies (2009), que conserva la frescura de su predecesora y transmite la humorística interacción entre sus integrantes, con adhesiones oportunas (Rosario Dawson, Zoey Deutch, Avan Jogia, Luke Wilson) y un tono que se mantiene en la tesitura justa entre la comedia y la aventura, sin pretender excederse en la segunda; tiene la virtud, también, de no entrar al territorio del melodrama o la camaradería excesiva, o la acción angustiante.

Peca, quizá que el guion parece no ir a ninguna parte y resultar convencional, articulándose a partir de un conjunto de viñetas propias de la fórmula de “nos vamos”, “te buscamos”, “te encontramos” y “nos regresamos”, pero se sostiene por la inserción de personajes que aparecen y desaparecen en los momentos precisos, algunos diálogos ingeniosos e interacciones que capturan el interés en el contexto de un mundo devastado y los absurdos que ello provoca, con buenos efectos y maquillajes que ya quisieran series al respecto que vienen a la baja. Cuando intérpretes como Harrelson, Stone, Eisenberg y Breslin se divierten y disfrutan su trabajo, lo transmiten a la audiencia. Se nota.

Colaboraron: Gonzalo y Max Cuevas.

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