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En Francia no hay almuerzo

Liliana R. Equihua

En Francia no hay almuerzo

Mi cerebro se puso en huelga al bajar del avión. Llegué a Francia deseando desesperadamente estar de vuelta en mi casa, en nuestra casa, con mi gata y en el paro estudiantil. Durante años viviendo en Guanajuato fueron pequeños movimientos sociales —la mayoría, feministas- los que me hicieron respirar un poco para no ahogarme en la piscina de la apatía social. En Guanajuato se compite con Nuevo León, Puebla y Aguascalientes, por el primer lugar de vivir en uno de los estados más conservadores del país. Donde pasar por una iglesia equivale a una cachetada de fetos en fotografías diciéndote “sí a la vida”. 

Me costó alrededor de tres semanas comenzar a pensar correctamente en esa palabra “grève”. Al principio escuchaba algo como “lagggrev” en tono de Bob Esponja, pero ese sonido no significaba nada para mí. Desde el primer día en que llegué no hubo transporte. Vivo por ahora en una pequeña ciudad a cuarenta minutos en tren de París. Y así como mi cerebro que estaba parado y rebotaba ideas, así también estaban transportistas en París y en casi toda Francia. Y así también estaban las personas en Guanajuato.

La frase: Ni una abeja menos se instaló en mi cabeza en esas noches sin dormir. También pensaba en la lucha, la rabia digna y esos tantos movimientos sociales que me hicieron soñar todo el 2019. Pensé demasiado, pensé en mi gata, ella tan lejos, la pensé también con esa culpa cristiana que es como el aperitivo de mis actos. No podía dormir, no conseguía descansar, me levantaba insegura, abría mis ojos y no veía el sol. Era triste en un inicio el no reconocerme en el espejo. Luego, todo cambia.

Existe un síndrome interoceánico nombrado en la cultura anglosajona como jet lag. Bajo ese influjo dormía de una a tres horas por noche durante dos semanas más o menos. Aunado a ello, estaba la exposición directa del francés prácticamente todo el día y el cambio de horario en la alimentación. En Francia no almuerzan, tal parece que vengo a descubrir hasta ahora que el almuerzo era mi hora favorita para comer en México. En ausencia de tacos al vapor, quesadillas con guisado, gorditas, tortas de todo tipo… inocentemente creí que habría una variante con queso, entendía perfectamente que la salsa no estaría presente en la mesa, obvio la tortilla tampoco, pero ¿ausencia de almuerzo? Eso es inaceptable. Acá se come tres veces, el desayuno tipo ocho de la mañana, a la una más o menos comen la comida fuerte (no, no es almuerzo) y de ahí hasta las siete u ocho no comen nada de nada. Yo, como hobbit morena, quería comer todo el tiempo. 

Recapitulando: estaba con hambre todo el tiempo sin entender bien el idioma, extrañando la hora del almuerzo, extrañando a mi gata y viendo con nostalgia el panorama en Guanajuato, y sintiéndome ajena al panorama de aquí. Tenía frío también, no había sol. Los días me desdoblaban, me desconocía. Quería estar allá y dormir en la calle junto a los amigos, comer tortas y beber agua frente a las amigas feministas en el taller de desculonización. Deseaba tanto volver, que fue difícil aterrizar aquí. La grève traía loco a todo el país, nada estaba en la normalidad, desde que llegué hay un aire extraño. Aún no puedo definir del todo las cosas, tengo las primeras impresiones. No pude ir a una de las manifestaciones porque si me agarran en una movida de esas me regresan, y tan tán, se acabó. 

Salí de América cantando “el violador eres tú”, vi completamente emocionada la progresión del eco creado por las hermosas chilenas. Lo escuché cantado en español mexicano, en español latinoamericano, en francés, en árabe, en idiomas indígenas. Lo escuché con poquitas chicas, con muchas chicas, con incontables mujeres, en plazas, en lugares cerrados. No quise escucharlo cuando fue una burla, cuando se reían, porque no tenía ganas, nomás por eso.

Todo se movía allá, todo se mueve acá, podía sentirlo. En consecuencia, estaba tan, pero tan mareada, que un día hasta me caí de unas escaleras, y mientras mis nalgas estaban besando cada uno de los escalones, sentí cómo todo al mismo tiempo se agitaba. En el piso, mirando el techo, fue que me di cuenta que debía aceptarlo: me había movido, había cambiado mi residencia, no podía pertenecer más allá, excepto en mis recuerdos. El asunto de vivir en Francia es algo que apenas está comenzando. Después de esas tres semanas me relajé, dejé de extrañar, me acostumbré al frío, puedo platicar en francés, no debatir sobre política o feminismo pero sí puedo enojarme, jugar juegos de mesa, comprar baguette, sonreír en la calle. También disfruto los colores del invierno, todo me parece amarillo, tomo una copita de vino en algunas cenas, amo la mostaza aunque me pique en la nariz. Estoy comenzando a buscar la manera en la que voy a subsistir, en la ciudad en la que quiero vivir, me levanto con besos cálidos y no me falta nada. En fin, ya me acostumbré a no almorzar. Cuando camino en la calle aún me sorprendo de ver personas negras, y a veces me da miedo que se den cuenta que los miro fijamente. El otro día conocí a una princesa de Costa de Marfil con piel negra y hermosa, pero bueno, esa es otra historia.

 




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Liliana R. Equihua
. Escritora guanajuatense asentada en Francia.

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