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CRÓNICA

¿Qué hora es allá? (Crónica de Omegle un 2019)

Daniel Torres
Daniel Torres
Daniel Torres
¿Qué hora es allá? (Crónica de Omegle un 2019)

En honor de Stan Brakhage.

 

Una paleta, como paleta, las paleta son lo mejore” me dice un japonés radicado en Irán, en imperfecto español mientras se echa lo que parece una chamoyada. Probablemente nunca conoceré esos helados, ni él las chamoyadas, pero por un momento eso no importa. Reverenciamos con un konnichiwa y nos despedimos en inglés. Después de este primer oasis de buenaondez, sigo el curso reglamentario del lugar: pequeños asomos en vivo de hombres, fofos o reventados de anabólicos, masturbándose, casi siempre decapitados por un encuadre que busca guardar su anonimato, viéndose la verga entre sí en espera de que en la siguiente ventana aparezca una mujer.

Estoy en Omegle, un servidor aleatorio de videocharla en línea que le ha robado el mercado a su predecesor (y aún más inseguro) Chat Roulette. Un letrero indica que más de quince mil personas están conectadas al mismo tiempo que yo, sentado frente a mi webcam con un sombrero de colores y mi t-shirt de la NASA (espero que alguien recuerde esa canción, pero no pasa). Hay que usar algo llamativo, algo para que ni la gente interesante ni los pervertidos me pasen de largo (sobre todo si se es hombre, como la mayoría de los usuarios).

El vouyerismo se ha escurrido en nuestra cultura desde siempre: hoy, desde los glory holes de la Zona Rosa hasta la transmisión en vivo de asesinatos en masa, el deseo de observar se ha vuelto más que una moda; el acto de ver con los propios ojos, con una barrera que nos evite experimentar presencialmente los actos (sean estos sexuales, violentos, afectivos…) conlleva, casi siempre, una reafirmación de poder: Presionando ESC dos veces, podemos abandonar una transmisión, que inmediatamente será reemplazada por otra al azar, donde al mismo tiempo hemos de someternos a la voluntad de lo que el próximo anónimo decida mostrarnos, sea su miembro eyaculando o su colección de estampitas. Esto ha sido suficiente para que los mismos conservadores que satanizaron a mi generación por ver Pókemon, ahora señale nuestras redes como Sodoma y Gomorra, a pesar de que demasiados torsos sudados tienen claramente más de treinta años.

La llamaré Ana, es de Perú y está aquí porque le gusta alzarse la blusa. Cuando le digo que su micrófono no se escucha, teclea “mejor así 8v”. Mientras chateamos, pienso que miles de usuarios habrían matado por estar conectados con ella y no le habrían preguntado la hora (es una más tarde que en México). Ana es una de las pocas mujeres que no aparecen bajo la leyenda “The stranger might be using a fake webcam”, pues es una práctica común enviar videos falsos para hackear o estafar. Cuando la aburro (“no me cuentes tu vida, crack”), me manda un beso de despedida y volvemos a la ruleta. Al poco tiempo, aparece frente a mí un tipo de mi edad, fumando un porro gigantesco. “Es hachís de chocolate”, dice “acá hay otro armáo si querés” y acerca a la cámara un canuto pequeño, pero está en España y ni siquiera es el mismo día: 03:12 de la madrugada siguiente.

Lechuguita es un rapero que no puede dormir y fuma para distraer sus nervios: mañana estrena su primer videoclip en YouTube. Me envía un par de temas y los oigo bajito mientras me pregunta cómo se ve desde acá todo el asunto de Trump: “Lo que sabemos de México es el muro y un poco aquello del narcotráfico”. No tengo mucho qué decir: La migración no parará y más de un cuarto de millón de personas han muerto por la llamada guerra contra el narco. Sus tablas, a diferencia de otros en la escena, no glorifican la mafia ni los dólares; lo suyo es saberse perdido. ¿Será algo generacional? Cuando cortamos, pauso para oírlo bien.

Vuelvo y, claro, hay penes. Muchos penes. Conforme se acerca la noche en este hemisferio, la cantidad aumenta. Quiero poder preguntarles por qué lo hacen, pero todos cambian mi ventana antes de dejarme escribir. Unas cuantas veces oculto la barba con el largo de mi pelo y luego la muestro: funciona para confundirlos, pero sólo uno se ríe. Los demás se van con una mezcla de enojo y vergüenza. Me pregunto si pasan perpetuamente de una cámara a otra, sin parar nunca. Una transmisión en negro hace sonar una voz que identifico: Es el Rucón, la canción más famosa del Alemán. Escribo “Traigo a la klika bien prendida en la Toyota” y un movimiento se lleva la oscuridad para dejar el rostro de un niño oaxaqueño, con no más de 13 años, que está aquí para compartir la música que le gusta, pero dice cubrir la webcam por los pajeros. Antes de ingresar al sitio, una advertencia reza: “debes tener más de 18 años para ingresar”, pero no hay ningún filtro. Hace poco más de un año, Qudsiyah Shah se caracterizó como una niña de 14 años para exhibir pedófilos en esta y otras redes (Periscope y Twitch), pero el anonimato y la aleatoriedad no pueden hacer más que colocar un letrero en el inicio y un pie de página que reza: “Predators have been known to use Omegle, so please be careful. Disconnect if anyone makes you fell uncomfortable.”

Eventualmente me encuentro con una guanajuatense, como yo. Cuenta que lleva meses intentando dejar la mota. Noto que el verdeamarilloyrojo de mi sombrero predispone a estas pláticas. Para soportar la ansiedad, encontró un nuevo vicio: jugar League of legends. Su micrófono empieza a hacer un ruido raro y me pide que espere para buscar otro, pero la pantalla se pasma varios minutos y nos desconecta automáticamente. Unas chilenas intentan explicarme qué es la wea; otra chica sigue con su cámara a su gato y corta la transmisión cuando éste sale; una pareja regia bromea entre sí y una persona se asoma por la puerta para apurarlos. Se despiden y ella, que fue la de la idea de entrar aquí, me aconseja: “Compa, consígase una morrilla bien sabrosa”.

Presiono “nuevo chat” casi en automático, hasta que aparece un teclado. “Ando muy sad, bro”. Empieza a tocar el tema de Up y me cuenta que tuvo broncas con su novia. Entre canciones (Chopin -> Residente -> Bad Bunny) whatsappean para arreglar sus problemas. No me da detalles ni muestra los mensajes, pero empatizo rápido con él: tenemos la misma edad, mismos gustos, misma soledad. ¿Sólo así los hombres lloramos juntos? Desafinados, cantamos a coro Lo que construimos de Natalia Lafourcade. La distancia y la hora son lo de menos. Más de quince mil personas estamos conectadas a la misma red, sabiendo que no volveremos a encontrarnos. Como a los exhibicionistas, no nos importa tanto ver, como sí nos importa ser vistos: existir por un instante para alguien más.

Intento animar a mi amigo momentáneo (olvidé preguntar su nombre), convencerlo de que tome eso y lo ponga en la música (palabras de manual en las que no creo), a sabiendas de que nunca nadie ha dejado de estar triste porque le dijeran que fuera feliz. Improvisa algunas notas, pero insiste en que está “muy sad”. Vuelve a los covers, zona segura. Cantamos un rato más y le digo que me tengo que ir, llevo horas en línea, que se cuide mucho y que verá que todo mejorará. “Tú también carnal, te mereces el cielo”.

Apago por hoy sin saber bien cómo debería abordar el texto que no me atreví a decirles que estaba preparando ¿Debo señalar la globalización? ¿Pretendo darle una interpretación política a algo que en realidad hacemos sin saber por qué? ¿Mi miedo de diario es a crecer, o a crecer para ser alguien que se masturba frente a otros para sentirse vivo? Abro Youtube y vuelvo a reproducir el Memento Mori de Lechuguita. Con tanta gente en la isla, ¿esto sigue siendo un naufragio? “Somos números que aumentan la cuenta ‘e vidas perdidas, nos dieron el paraíso como parte de una prueba y Eva cogió la manzana que Dios quería ver podrida… Papá, no quiero dinero, yo quiero un consejo; mamá, no quiero dinero, yo quiero cariño; quiero volvé a ser niño porque me estoy haciendo viejo y pesa el pellejo de no volvé a ser el mismo…”



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Daniel Aguilar Torres (León, 1995). Hace gestión y crítica cinematográfica en Retransmisión. Intenta ser escritor. Desearía que jugar Scrabble fuera una profesión.

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