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CUENTO

El autobús de las seis de la mañana

Enrique Escalona
Tachas 347
Tachas 347
El autobús de las seis de la mañana

Su mirada me invitó a sentarme frente a ella.

Era uno de esos autobuses nuevos y miré a la ventana para no incomodarla. Afuera no clareaba y la oscuridad reflejaba su rostro en los cristales. Moví mis ojos para recorrer su cabello rizado, me detuve en su boca carnosa, subí por su nariz aguileña y me encontré con su mirada. Ella se daba cuenta de que la veía, di un respingo y abrí mi periódico con grandilocuencia. Le pedí disculpas con la mente y pensé que esa era la última vez que ocupaba uno de esos asientos frente a frente. Fingí leer, pero pensaba en qué trabajaría. Debía ser maestra, sí, maestra de inglés, y la imaginé dando la clase de las siete. En el breve instante en que cambié de página, atisbé que negaba. Hacía un ligero movimiento de cabeza, apenas perceptible, pero que parecía decir “no, maestra no”. ¿Entonces secretaria? Pregunté en mi mente y cambié de página para mirarla con el rabillo del ojo. Volvió a negar y seguí pensando profesiones con el mismo resultado. ¿Contadora? ¿Vendedora? ¿Traductora? ¿Recepcionista? Por fin ella asintió. ¿En una oficina? No. ¿En una fábrica? Tampoco. ¿Recepcionista en un hotel? Sí.

¿Qué edad tienes? Fue la siguiente pregunta que le formulé en mi mente y barajeé la posible respuesta. ¿Treinta y cinco? Dirigí una mirada hacia el chofer y, fuera de foco pero en mi campo de visión, pude verla enfadada y negando. Se me escapó una risotada, que opaqué fingiendo que tosía. Entonces treinta… La oteé ladeando la cabeza, vi su ceño fruncido, pensé el número veintiocho y asintió. Evidentemente era un juego que yo hacía en mi cabeza. Una conversación falsa. Algo inventado… Suspiré. Plegué el periódico y miré mis manos, pero mis ojos cambiaron de foco y se encontraron con sus muslos. Llevaba una falda corta y medias negras de lana, perfectas para el frío. ¿Se las quitaría más tarde cuando saliera el sol? Tenía un hermoso tono de piel morena y debía verse muy bien. Ella tuvo un conato de risa y casi creí que se reía conmigo. Luego nos agarró el amanecer, entró la primera luz de la mañana y pude ver unos vellos diminutos aplastados debajo de sus medias. Ella se incorporó, se bajó la falda y gruñó. Abrí mi portafolio, como si metiera mi cabeza en un hoyo, y pensé que no podía ser más estúpido. También pensé que, si fuera mi novia, le diría que esos vellitos me gustaban y que no debería depilárselos nunca. Apenas percibía su silueta, pero noté que se cruzó de brazos y se recargó, indiferente, en la ventana.

Vi la hora, sólo por verla, porque iba con tiempo suficiente. Este es el autobús de los que solemos llegar temprano, de los que sacrificamos horas de nuestro sueño con tal de evitar el tráfico de los que entran a partir de las ocho. Quise llevar mis pensamientos a mis deberes laborales pero se fueron justo al sitio que trato de evitar. Tenía que sacudirme esa tristeza o sería un mal día. Entonces sentí su mirada, justo cuando pasábamos por un túnel que regresó la noche. Nos miramos y sentí que me atravesaba, como si hubiera leído en mi alma este recuerdo. Sentí que iba a tocarme y miré sus manos, como invitándolas a que se acercaran. Pero la mente a veces juega bromas, o quizá solo busca estar sana y moverse a territorios placenteros, porque al salir del túnel a la luz, vi de nuevo sus piernas apretadas en esa falda estrecha y me vino una idea muy precisa que calentó mis mejillas. Ella cambió su mirada compasiva por una boca abierta e indignada, apretó su bolsa y clavó su vista en la ventana. Lo siento, pensé, pero si tú pudieras leer mis sentimientos más profundos y hurgaras en mis sombras más oscuras, te darías cuenta de que al menos soy sincero.

Se puso de pie. Viéndome. Levanté la vista y la admiré, casi estuve a punto de darle la mano para que me levantara; pero sólo quería pasar. Todo lo anterior eran mis fantasías. La vi sobre la acera, pensativa, cubriéndose la boca y buscando mi rostro entre los vidrios del autobús. ¿Me buscaba? Sí. Y me encontró y me miró. ¿Puedes escucharme? Pensé y ella asintió. El autobús arrancó y me concentré en pensar mi dirección, ella asintió de nuevo y me mandó un beso. Entonces no tuve dudas, ella llegaría a mi casa, quizá esa misma noche, quizá…

—Perdone. ¿Me da permiso?

Me incorporé, el hombre estaba de pie con su portafolio en la mano y yo no lo dejaba salir. Estaba desparramada en mi asiento. Tardé un instante en balbucear un disculpe y en enderezarme. Adivinó mi vergüenza, porque sonrió y me deseó un buen día. ¿Cuándo fue la última vez que un desconocido me deseaba buen día al bajar? Yo sé la respuesta: nunca.

Acomodé mi falda, que parecía tener subida hasta el cuello, menos mal que me puse pantimedias. Justo hoy, que decidí vestirme con algo de glamur, me he quedado dormida en el transporte público. Pero es que entro tan temprano a mi trabajo como recepcionista, que le quito horas a mi cama solitaria y completo mi sueño en el camino. El hombre que antes tenía enfrente ahora estaba afuera, quizá esperando otro bus o a su esposa; porque uno así de guapo y de esa edad, no puede estar solo. Sintió mi mirada, porque volteó a verme, negando, como si me hubiera escuchado. Mi mente siguió volando, y en ese momento eterno que hay entre el semáforo verde y arrancar, me imaginé paseando de su brazo, mirando su cuello y dándole besos en su quijada cuadrada. Creo que fui muy lejos con mis pensamientos, porque el hombre sonrió hasta las orejas y yo, que nunca me atrevo a nada y menos con desconocidos, le lancé un beso con la mano. Entonces, llegado de algún sitio, me inundó un poderoso sentimiento de extrañeza. ¿Qué hacía yo aquí, despertando en autobuses matutinos?

—Puedes cambiar de vida —me dijo la anciana que se había acomodado en el lugar de enfrente.



***
Enrique Escalona.
Su libro más reciente es La Tercera Frida, novela de detectives alrededor de La mesa herida, un cuadro pintado por Frida Kahlo que se extravió en 1955. También publicó La moneda de la muerte, Fuimos una banda de rock y las novelas infantiles Los gemelos del metro y La nariz de los Guadarrama.

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