Viernes. 21.02.2020
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CUENTO

Ogresa cosmofotopática

Iliana Vargas
Foto: Vinícius Fernandes @folhaegrafite​
Foto: Vinícius Fernandes @folhaegrafite​
Ogresa cosmofotopática


Uno

Si los ogros se alimentan de su propio malestar, como los leones comen su caspa, no está en mí ser un albatros refulgente de plumas. Las plumas, además, suelen llenarse de ácaros.

Padre fue ogro la mayor parte de su vida –insoportable para él mismo. Él transmitió la faena del ogro a mi espíritu, y lo he sido sin demora, sin clemencia: ogro tan cruel como la navaja de la tempestad. Pero la crueldad es un traje que no se adhiere a la piel, sino que puede dejarse colgado en la rama de un árbol y ser sustituido por muchos otros trajes. La vanidad, entonces, de no ser un ogro sino una bestia, es peor.

Padre Ogro ha regresado de su paseo por la arboleda. Ha notado gran cantidad de capullos y ha resuelto cosechar los más grandes. Dice que hay plaga de mariposas nocturnas, y que mejor harían en servir a sus ojos que en comerse los estantes de libros, ya medio podridos de por sí a causa de la humedad.

 

(¿Servir a sus ojos? ¡No!… A sus ojos devorados por orugas de seda… los haría secar y endurecer como cáscara de huevo de avestruz… Después aprendería a jugar con los hijos del caballerango: arrojar uno contra otro atinando a golpear en el punto dibujado al centro…)

A pesar de la urgencia que tiene por construir su Iluminandante –el aparato con que cree que podrá hacer que la luz mantenga siempre la misma intensidad– Padre Ogro está marcado por una cadencia parsimoniosa que atribuyo al nuevo ritmo de sus movimientos, ahora regidos por el embrujo musical de la vejez:

Do). ᶑomar ᶑuno [ᶑ ]e ᶑos ᶑisturís ᶑás [ᶑ ]elgados ᶑy ᶑilosos, ᶑy ᶑon ᶑa ᶑunta, ᶑexpandir ᶑel ᶑombligo del ᶑapullo // Tomar uno de los bisturís más delgados y filosos, y con la punta, expandir el ombligo del capullo. //

Re) ᶉintroducir ᶉuna ᶉuchara ᶉe ᶉuello ᶉargo ᶉy ᶉurvatura ᶉedia ᶉara [ᶉ ]aspar ᶉel ᶉontenido ᶉin ᶉastimar ᶉa ᶉáscara –ᶉien ᶉendurecida ᶉor ᶉuera, ᶉero ᶉaún ᶉierna ᶉor ᶉentro. // Introducir una cuchara de cuello largo y curvatura media para raspar el contenido sin lastimar la cáscara –bien endurecida por fuera, pero aún tierna por dentro. //

Mi) ᶆalir ᶆen ᶆusca ᶆe ᶆos [ᶆ ]atorrales [ᶆ ]ás ᶆercanos ᶆal ᶆago ᶆy ᶆejecutar ᶆun [ᶆ]ovimiento ᶆarecido ᶆal ᶆrinco ᶆara ᶆesquivar ᶆas ᶆorlas ᶆespinosas ᶆue ᶆrecen ᶆentre ᶆellos; ᶆacudirlos ᶆin [ᶆ]ucho ᶆuso ᶆe ᶆiolencia, ᶆy ᶆer ᶆómo [ᶆ]ultitudes ᶆe ᶆuciérnagas ᶆe ᶆesplazan ᶆaletargadas ᶆen ᶆusca ᶆe ᶆotro [ᶆ]atorral. // Salir en busca de los matorrales más cercanos al lago y ejecutar un movimiento parecido al brinco para esquivar las borlas espinosas que crecen entre ellos; sacudirlos sin mucho uso de violencia, y ver cómo multitudes de luciérnagas se desplazan aletargadas en busca de otro matorral. //

Fa) ᶂesatar ᶂel ᶂocado ᶂe ᶂanta ᶂe ᶂielo ᶂon ᶂue ᶂubrimos ᶂa ᶂabeza ᶂy ᶂusarlo ᶂe ᶂed ᶂara ᶂazar ᶂa ᶂayor ᶂantidad ᶂe ᶂuces ᶂolátiles ᶂantes ᶂe ᶂue ᶂogren ᶂimetizarse ᶂen ᶂel ᶂielo ᶂoscuro. // Desatar el tocado de manta de cielo con que cubrimos la cabeza y usarlo de red para cazar la mayor cantidad de luces volátiles antes de que logren mimetizarse en el cielo oscuro. //

Sol) ᶊegresar ᶊa ᶊa ᶊiblioteca/ᶊaboratorio ᶊy ᶊomar ᶊuno ᶊe ᶊos ᶊapullos/ᶊocas ᶊabiertas ᶊue, [ᶊ ]obre ᶊa ᶊesa, ᶊarecen ᶊestar ᶊa ᶊa ᶊespera ᶊel ᶊotín ᶊuminoso. ᶊa ᶊravés ᶊel ᶊombligo ᶊel ᶊapullo, ᶊerter ᶊuna ᶊorción

[ᶊ ]uficiente ᶊara ᶊasegurar ᶊue ᶊos ᶊinsectos ᶊecolectados ᶊalcancen ᶊa ᶊᶊenar ᶊodos ᶊos ᶊenvases. // Regresar a la biblioteca/laboratorio y tomar uno de los capullos/bocas abiertas que, sobre la mesa, parecen estar a la espera del botín luminoso. A través del ombligo del capullo, verter una porción suficiente para asegurar que los insectos recolectados alcancen a llenar todos los envases.//

La) ᶅaunque [ᶅ ]as [ᶅ ]uciérnagas ᶅe ᶅadaptan ᶅin ᶅificultad ᶅa ᶅu ᶅuevo ᶅentorno, ᶅay ᶅe ᶅreparar ᶅun ᶅedazo ᶅe ᶅáñamo ᶅensartado ᶅen [ᶅ ]a ᶅaguja ᶅás ᶅruesa ᶅy ᶅe ᶅunta ᶅina, ᶅara ᶅallar ᶅe ᶅuevo [ᶅ ]a ᶅoquedad ᶅel ᶅombligo ᶅy ᶅespués ᶅurcir ᶅuno ᶅa ᶅuno [ᶅ ]os ᶅapullos ᶅentre ᶅí ᶅasta ᶅarmar ᶅuna ᶅuía ᶅe [ᶅ ]uz ᶅue ᶅay ᶅue ᶅatar ᶅa [ᶅ ]as ᶅextremidades ᶅle ᶅuatro ᶅamas ᶅaltas ᶅy ᶅelgadas. // Aunque las luciérnagas se adaptan sin dificultad a su nuevo entorno, hay que preparar un pedazo de cáñamo ensartado en la aguja más gruesa y de punta fina para tallar de nuevo la oquedad del ombligo y después zurcir uno a uno los capullos entre sí hasta armar una guía de luz que hay que atar a las extremidades de cuatro ramas altas y delgadas. //

El aparato queda sobre su cabeza, iluminando así las hojas del enorme libro que Padre Ogro repasa una y otra vez, como si quisiera despegar las imágenes de cada página y adherirlas a sus ojos; como si lograra, de tanto verlas, sacarlas del papel y materializarlas frente a sí. Mamá Ogro siempre acomodaba ese libro, su tanquecito de tinta y su plumilla por encima de los bocadillos y el vino dentro de la bolsa que llevaba cuando ella y Papá Ogro salían de paseo a las Piscinas del Arrecife. Nunca me dejaron acompañarlos: la luz de las constelaciones reflejada en el agua te mataría, replicaba Mamá Ogro. Por ello, siempre, a su regreso, mientras dormitaban juntos en la tina de baño, me acomodaba bajo su cama y abría el libro buscando alguna pista del secreto que me estaban ocultando. Figuras, sólo figuras retorcidas de ellos dos magullándose las carnes.

 

(Sus asquerosas carnes que yo mandaría triturar bajo las pezuñas de los caballos que bailan a la noche cuando escuchan los jolgorios de mi trompeta.)   

Dos

Los tréboles que crecen en el filo de la ventana son sacudidos por la tromba de aire que ha resultado de la fogata a la orilla del estero. ¡No tan grande, no la dejes crecer tanto!, le he advertido a Simonna, pero ella se exalta demasiado cada viernes, que son inútiles mis advertencias. Y es que Simonna no tiene mayor soledad que la de los viernes por la noche. No debería tener ninguna, eso es claro, pero se ha ganado la felicidad que ello le provoca sólo por el heroísmo que implica haber sobrevivido hasta ahora junto a mí.

Simonna es cinco años más vieja que yo. Fue su culpa que yo naciera, pues mis padres habían decidido no engendrar descendientes, hasta que ocurrió la aparición de su monstruosa figura en casa. Su madre era hermana del caballerango y su padre vivía a la entrada del pueblo, frente al cementerio. Trabajo curioso el de su padre: limpiaba las lápidas tirando las flores secas y el agua podrida; cuidaba que las ratas y las serpientes no anidaran al pie de los epitafios y por las noches debía vigilar que los saqueadores no robaran en las mismas capillas de forma continua. Aunque los saqueadores y el velador habían llegado a un acuerdo, sucedió que una mañana, en supuesta ofrenda de amistad, el líder de esa organización dejó un atado de panes rellenos de miel al papá de Simonna, los cuales, se supo esa misma noche, estaban envenenados. Sin embargo –abisal paradoja– algo de vida se desprendió como consecuencia de tales insumos, pues esa tarde, al regreso del cementerio, algún condimento potencializó el deseo sexual del papá y enseguida el de la mamá, quienes, tras repetida insistencia en el intercambio de fluidos y estertores literalmente agonizantes, engendraron a la desgraciada infanta con semen mortecino.

Se esperaba un parto repleto de dolores y complicaciones terribles; incluso se pensaba que nacería muerta o moriría muy pronto. Pero no. Por el contrario, su carne era rojiza y de buena consistencia; sus gritos, al entrar al mundo, semejaban los de los gatos luchando feroces por el territorio, y su mirada era ambarina y avivada al igual que la luz desprendida de las fogatas alimentadas por los maderos más chisporroteantes.

El único detalle ante el que no cabía ninguna indiferencia era la asimetría desproporcionada de su nariz: el perfil izquierdo era un pellizco fino y discreto, un pedacito de carne que no lograba equipararse a su lado derecho: un gran orificio asomaba a través de la aleta nasal que se abría desde el hueso denominado tabique y que exponía la profundidad de esa fosa como los caracoles su baboso cuerpo al sol.

Cuando Padre Ogro vio cómo sobresalía esa contrariedad de nariz entre un trapo que combinaba el violeta, verde y amarillo con lo sonrojado de las mejillas regordetas, de inmediato sintió que el sexo le vibraba pidiéndole sembrar una maravilla como la que acariciaba con los ojos.

Madre Ogro enfureció con la sola idea de participar en la genealogía de cualquier cosa que no sólo tendría que cargar en sus entrañas durante el proceso de metamorfosis hasta que resultara un Ogreso viable, sino que además crecería, chillaría, pediría comida, soltaría restos execrables que habría que limpiar, y, por si fuera poco, conforme se desarrollara su crecimiento, habría que vigilar que no cayera a algún pozo o que se lastimara de muerte mientras jugueteaba por alguno de los desfiladeros que rodean el jardín.

Pero Padre Ogro era un obseso de sus empeños. Cuando una idea o un deseo se le dibujaba en el cerebro iluminándole los ojos y los dientes mientras hablaba de ello, se sabía que era imposible que, sea lo que fuere, aquello no llegara a su esplendorosa culminación. Así que dejó que pasaran cinco años, haciendo como que había perdido interés en el asunto, y una tarde profundamente calurosa, mientras Madre Ogro buscaba qué beber en las barricas de la cava más fría y oscura del sótano, Padre Ogro preparó un gazpacho especial: con el previo conocimiento de que el apio seducía a la que me pariría, sustituyó el clásico aderezo de pepino picado por apio rebosado en láudano. En consecuencia, obtuvo el cuerpo lánguido y en duermevela de quien no pudo ya librarse de mí más que con su propia muerte.

Y sí, seis años después de expulsarme a la tierra, Madre Ogro encarnó una tromba de ira  que terminó lanzándola por uno de esos desfiladeros a los que cualquiera con breve uso de prudencia no se acercaría.

El problema conmigo fue, y será por siempre, que no cumplí la ilusión que conmovió tanto a Padre Ogro para engendrarme: mi nariz está completa y no presenta anomalías más que un lunar rojizo que parece agrandarse con el calor del sol. El resto de mi cuerpo es igual de agraciado o desgraciado que cualquier otro: no hay presencia de la terrible intervención azarosa de la genética en la que Padre Ogro encontró tanta belleza… quizá tan sólo la manera en que mis pies se enredan con ellos mismos al caminar en línea recta… y esa curiosa circunstancia que creí que Madre Ogro usaba de pretexto para alejarme de sus paseos, pero que, descubrí hace unos días, es cierta: la Constelación Medusa, de aparición aleatoria y lumínicamente desgarradora, no necesita el fondo nocturno para dejarse ver, para envenenar el aire con su incandescencia, para insertar sus filosas vellosidades en mis endebles pupilas, al parecer, la única sección defectuosa de mi ensamblaje.

Tres

Era yo verdaderamente pequeña cuando me quedé sin proveedor de alimentos. Una Ogresa necesita la leche progenitora por lo menos durante los primeros diez años de su vida, y a Padre Ogro, desesperado, lo único que se le ocurrió fue dejarme ante los pechos abultados de la mamá de Simonna. No logro entender aún cómo sucedió que tantos años después de haber parido, brotaran los ríos lácteos que logré succionar de sus pezones, y que además, ella, sufriendo cada sorbo, se prestara tan dignamente a calmar mi estómago insaciable. Durante un año estuve en sus brazos bebiéndole, literalmente, la vida, pues una noche, cuando Padre Ogro fuera a buscarme para llevarme a dormir, la encontró completamente tiesa, acorazada sobre mí para que no me cayera de su regazo o me enfriara con la corriente que soplaba bajo la puerta.

Simonna decidió quedarse en casa, conmigo. Tenía la opción de que su tío el caballerango la llevara a una ciudad lejana donde vivía la mayoría de su familia al servicio de otras familias. Pero creo que se había acostumbrado ya a una forma de vida que garantizaba la tranquilidad y el aislamiento que ella había aprendido a valorar después de haber acompañado a su mamá a la plaza del pueblo: detestaba los gestos de sorpresa que la gente disimulaba mal al verla, o que la trataran con cierta misericordia parsimoniosa al lamentarse de su “estado”.

En casa, sólo Padre Ogro la trataba de un modo distinto. Le permitía hacer trabajos pertinentes a su edad para que se ganase el derecho a comer y dormir en la habitación que antes ocuparan sus padres. Por las tardes o un par de horas antes del amanecer, la dejaba merodear sola por las cuevas del jardín a cambio de que le mostrara el tesoro: insectos de armadura arqueada, húmeda de ponzoña, con diminutos arpones rojizos o simplemente de algún color poco conocido, y cuando la oscuridad le favorecía, obtenía muestras casi intactas del cambio de piel de víboras y lagartos. Estas curiosidades exaltaban a Padre Ogro, quien gozaba cazando avispas para arrancarles los aguijones; libélulas para arrancarles las alas y la cabeza (apreciaba en particular la circunferencia multiplicada en sus ojos) y escarabajos con corazas retorcidas y verdes o doradas que brillaban con distinta intensidad dependiendo de la luz que les tocaba. Simonna elegía alguna pieza de su recolección y la obsequiaba a Padre Ogro, quien la depositaba con cuidado junto a los seres que poblaban su habitación favorita: libros, láminas y aparatos que trataban de reproducir los dibujos de las láminas. Alambres gruesos, delgados, enrollados, en espiral, cobrizos, patinados, con puntas engominadas u oxidadas; trozos de faldas, vestidos, pantalones, bufandas, mallas, camisetas y abrigos; pegamento blanco, anaranjado, espeso, diluido, en polvo, amarillo, negro, incoloro; barras de metal con filamentos redondeados, triangulados, afilados o lisos; cortadora de mármol, cortadora de metal, cortadora de vidrio, cortadora de piedra. Todos estos animales de construcción, como él los llamaba, habitaban la biblioteca/laboratorio de Padre Ogro. Aguardaban en el suelo, dispersos por todas partes, como hipnotizados, como a la expectativa, como dormitando en espera de ser incrustados o adheridos o soldados a la estructura del sueño polimorfo de las manos que pasaban al libro y a las notas con indicaciones flechadas y numeradas para darle vida a esas figuras.

Especial lugar ocupaba su máquina cristalizada, un gran bloque de piedra en cuya superficie había botones de piedra más pequeña, jaspeada de esmeralda, turquesa, granate y malaquita. Padre Ogro llegó con ella después de uno de sus paseos por las Piscinas del Arrecife y la dejó en una de las terrazas más altas de la casa durante los 18 días y noches más gélidos de la Temporada Espejo para que la llovizna de piedra celeste y el frío constante la cristalizaran. A partir de entonces, todo fue alboroto: de ella brotaban delgadas láminas de vidrio con raspaduras diversas en las que yo sólo veía curvaturas, puntos entrelazados, líneas delgadísimas; figuras que me hacían pensar en los relinchos y los gritos de los hijos del caballerango tratando de evitar que los animales despotricaran durante las madrugadas de tormenta. Pero Padre Ogro encontraba signos, revelaciones, secretos de antiguas cosmogonías. Salía exaltado con las placas vidriosas entre las manos, sin importarle los cortes que se hacía con los filos, y gritaba: “¡Vengan, vengan a ver lo que la máquina cristalizada escribe!” Y como siempre, sólo Simonna escuchaba atenta, mesmerizada con aquellos mensajes que Padre Ogro, paciente, decodificaba. El último de ellos fue transcrito por la temblorosa mano izquierda de Simonna:

Padre Ogro ha estado buscando la manera de reproducir una nueva máquina para mantener su cuerpo cómodo, sumergido en el libro de Madre Ogro, mientras él muere. Ya está viejo. Observa su reflejo en la ventana que lo separa del jardín y piensa en su ogritud: su nombre ha sido heredado durante cinco generaciones, pero, ¿de verdad lo determina? ¿Ser cruel por ser Ogro ha delineado su naturaleza? Las líneas de su rostro le responden que en él, “Ogro” se refiere a la manera de exaltarse, de gritar al estar emocionado, de obsesionarse con sus ideas, sueños, recuerdos: Padre Ogro construye artefactos extraños, reproduce sus imaginerías. Por eso se siente tan cercano a la pequeña monstruo, porque hace real y tangible lo que sólo podría concebirse alterando la materia de manera intencional: la naturaleza de Simonna es la deformidad –¿por qué, si no, le atraen los detalles deformes o raros en los seres vivos?–, mientras que la Ogresa Cosmofotopática encuentra fascinación en la crueldad innata de hechos naturales. Esta fascinación fue transmitida genéticamente por Padre Ogro en el deseo que él tenía de procrearla igual de deforme que Simonna, pero, al haber nacido sin alteración fisiológica alguna, la Ogresa intenta externar lo que su imagen no expresa: la fiereza del espíritu torcido que trata de ejercer esa cruel autonomía.

 

Simonna pasaba mucho tiempo conmigo, siguiéndome sin importarle cuán peligroso podía resultar el juego que yo le propusiera. El peligro o el gusto por el peligro era un destello que brotaba de mi estómago y mi boca, y me hacía reír tan fuerte que los pájaros remedaban mis carcajadas. Pero después de diez años de juegos se ha puesto rara. Será que ya no le interesa sonreír o que gritemos hasta quedarnos vacías al borde del acantilado, o que Padre Ogro se entusiasme cada vez menos con los tesoros que ella lleva hasta su biblioteca/laboratorio. No lo sé.

Hoy por la mañana, después de llevar nuevas piezas para el tesoro del laboratorio, Simonna me ha dicho que Padre Ogro se está preparando para morir y que sin él, los hijos del caballerango nos venderán o nos darán en adopción o simplemente nos abandonarán en las cuevas. ¿Estará tan asustada y por ello me pidió no dejarla sola esta noche? Ella sabe cómo me entusiasman las fogatas: la extensión de la luz en llamas que hace tronar insectos, hierba, cabellos, piel de culebra. Es la única luz que sabe amarme, la luz de la destrucción que da vida a las sombras de todo lo inerte.

Es viernes, pero Simonna nos ha preparado rollos de carne con canela y anís, y ha traído varias botellas de la cava. Ha dicho que tiene una sorpresa para mí, que utilizó algunos materiales de Padre Ogro. Él está aquí con nosotras, comiendo a pedacitos, sorbiendo despacio el líquido que se desparrama por la orilla del vaso, y bien atento, igual que Simonna, a las figuras ardientes que se desprenden unas de otras como si el fuego quisiera comerlas con todas sus bocas… ¡Oh! ¡Pero cómo se extiende! ¡Ya veo, ya veo, Simonna, cuál era la sorpresa! ¡La figura en la tierra con la forma de la Constelación Medusa! ¡Una Medusa de Fuego para que yo pueda verla sin herirme los ojos! ¡Oh, pero mira: cuántas bocas empiezan a gritar desde la casa, cuántos ojos nos absorben con su luz y su humo de pestilencia añeja!... ¡La casa, no sé cómo se levantó la casa y vino a sentarse también junto a nosotros, a jugar a ser fogata!... Simonna, ¡mira cómo Padre Ogro ríe de ardor en las orejas y en sus manos!... Simonna, ¿qué tienen tus manos que me aprisionan tan fuerte? ¡Tus ojos exhalan humo y los míos quieren salirse para correr a la ventana y ver desde ahí cómo crece, cómo crecemos con el fuego hasta alcanzar lo más alto de los árboles y lo más vertebrado del jardín!... ¡Simonna, la Medusa te abraza!... ¡Simonna, mira, mira cómo viene a acariciarme a mí también!

*De Habitantes del aire caníbal, Editorial Resistencia, 2017.




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Iliana Vargas
(Ciudad de México, 1978) es autora de Joni Munn y otras alteraciones del psicosoma (2012), Magnetofónica (2015) y Habitantes del aire caníbal (2017). Su obra se encuentra en varias antologías y en diversos medios, los cuales pueden consultarse aquí. Es editora del Dossier Fēmina Incōgnita, que se publica en Vozed. Formó parte de The Mexicanx Initiative en la Worldcon 76, San José, California, y participó en el 2º. Encuentro Internacional de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción 2019, Chile.

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