sábado. 11.07.2020
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GUÍA DE LECTURA

El enfermo imaginario de Molière

Jaime Panqueva
Tachas 355
Tachas 355
El enfermo imaginario de Molière

Tiempo de epidemia como pocos en esta novísima historia que rinde culto desmedido al cuerpo y a la salud. El narcisismo denunciado en su momento por Lipovetsky nos ha transformado en una masa temerosa e hipersusceptible a los quebrantos de salud. Narciso, al igual que Argan, piensa sólo en sí mismo sin importarle el destino de su hija mientras cubra su necesidad primordial: tener un médico personal que reafirme su perenne condición de enfermo. 

Molière, en el siglo XVII, cuestiona la honradez de los médicos y el ejercicio de la ciencia como negocio.

ARGAN.— Y ¿por qué no ha de poder un hombre curar a otro? 

BERALDO.— Por la sencilla razón de que, hasta el presente, los resortes de nuestra máquina son un misterio en el que los hombres no ven gota; el velo que la naturaleza ha puesto ante nuestros ojos es demasiado tupido para que podamos penetrarlo. 

ARGAN.— Según eso, los médicos no saben nada. 

BERALDO.— Sí, saben; saben lo más florido de las humanidades; saben hablar lucidamente en latín; saben decir en griego el nombre de todas las enfermedades, su definición y clasificación…; de lo único que no saben una palabra es de curar.

En nuestro siglo el latín y el griego han trasmutado a un argot tan especializado como inaccesible a la masa. Vivimos la dictadura de la medicina y de los grandes conglomerados farmacéuticos, ya diagnosticados por Foucault. Se cura, se alarga la vida y se promete la inmortalidad a quienes tienen con qué pagarla. Vale la pena volver a Molière para reflexionar qué tanto ha cambiado el hombre en nuestra era. 

En la cuarta representación de El enfermo imaginario, el 17 de febrero de 1673, mientras el dramaturgo representaba el papel protagónico, le sobrevino un ataque agudo de hemoptisis, que acabaría con su vida cuatro horas después sin posibilidad de arrepentirse de la “pecaminosa” profesión de actor. Cito uno de sus diálogos autoreferentes: 

ARGAN.— ¡Valiente impertinente está el tal Molière…! ¡Me parece de muy mal gusto hacer chacota de gente tan respetable como los médicos! 

BERALDO.— No es de los médicos, sino de lo ridículo de la medicina. 

ARGAN.— ¡Por vida del diablo, que si yo fuera médico me vengaría de su impertinencia dejándole morir, sin auxilios cuando estuviera malo! ¡Aunque lo pidiera por Dios, no le recetaría la más leve sangría ni el más ligero purgante! «¡Revienta ahí, y aprende a no burlarte de la Facultad!», le diría yo.

Vaya un extraño juego del destino, digo yo.

Comentarios a mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com

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