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ZeroZeroZero: el narco precario

Oscar Luviano

Tachas 356
Tachas 356
ZeroZeroZero: el narco precario


El mayor capo napolitano refugiado en el búnker labrado en la roca bajo el bucólico risco donde pastan las cabras; el heredero de un emporio naviera abandonado en un enorme barco sin energía y a oscuras en medio del Atlántico, rodeado por un cargamento de miles de latas de jalapeño; el comandante del ejército mexicano que se pone los audífonos cada vez que le tocan torturas y asesinatos, para escuchar, en lugar del grito de las víctimas, el sermón de su pastor, que habla del regalo más grande que nos ha dado el Señor: la vida…

El tema de ZeroZeroZero (HBO, 2020) es engañoso. En apariencia es una obra global sobre el mercado y el sendero todoterreno que atraviesa la droga desde su centro de venta hasta los consumidores, del Tercer al Primer Mundo, de las mujeres semidesnudas que la embolsan hasta los distribuidores de la camorra en Nápoles, sin olvidar a los elegantes abogados que hacen fieras transacciones en remansos cinco estrellas.

Un camino cuyas etapas conoce y desentraña Roberto Saviano, el autor del reportaje original CeroCero Cero, publicado en el 2013, y que sirve como base a la serie. Saviano está por cumplir 15 años viviendo bajo escolta policiaca permanente: su cabeza tiene precio desde que público Gomorra (2003), una serie de crónicas sobre el control total que ejerce sobre la Camorra sobre la vida italiana y europea. Gomorra, a su vez, dio origen a la ópera prima de Mateo Garrone (premiada en Cannes en 2008) y a una serie, ya en su cuarta temporada, premiada como la mejor producción televisiva italiana en su momento. ZeroZeroZero, como es de esperar, observa diversos paralelismos con ella, estéticos y espirituales.

A pesar de su notable documentación (que hace sentir auténticas a sus más extravagantes y horribles escenas), y que desgrana la complicidad financiera y política en el fenómeno del narco, ZeroZeroZero no apuesta por el rigor histórico (como pretende Narcos México) o convertirse un objeto de la  narcocultura (como El señor de los cielos). Lejos de los lugares comunes del tratamiento del mercado de las drogas en los medios, esta serie de 8 episodios se centra en la dimensión trágica del fenómeno: es más un intento de explicación que su mero reflejo. Y ese es su mérito.

Esta producción de Stefano Sollima, Leonardo Fasoli y Mauricio Katz apuesta por el mismo tono lacónico que Gomorra. Y comparte la misma conclusión de uno de sus protagonistas: “El negocio ya no es la droga; es el hambre”.

ZeroZeroZero indaga en del poder que, en apariencia, concede esa forma del capitalismo desbocado que el narco, en un mundo en el que el crimen ya no es el patrón, sino uno de los peones de la apropiación de recursos y territorios. Y lo que este poder aparente siembra a su paso es una soledad que se contagia de halcones a comandantes del narco, de productores a consumidores, y termina por destruir vínculos sociales, comunitarios y humanos. La droga es un flujo continuo de capital y recursos, que atraviesa fronteras y gobiernos, y que obliga a los amasijos de personas solas a fagocitarse entre sí en una competencia que no conoce piedad.

La serie ilustra todo esto a través de un relato coral, que funciona como un efecto domino. Su inicio es la disputa entre Don Damiano (Adriano Chiaramida), el anciano líder del clan Ndrahghela y su nieto Stefano (Giuseppe De Domenico) por el control del mercado europeo. Don Minu se decide a recuperar el terreno perdido ante la caída de los precios (sí, también la coca sufre los vaivenes del mercado) a través de un contrato con carteles mexicanos: un envío inmenso de cocaína de la más alta pureza (a la que alude el 0/0/0 del título) que saldrá del puerto de Tampico, mercancía que, en teoría, unificará a los clanes dispersos. Stefano destruye la alianza propuesta y eso tiene efectos insospechados: el intento por parar el cargamento produce una escisión en el ejército mexicano afincado en Monterrey y genera una cédula paramililitar que se pone al servicio de los capos locales, en una referencia a la creación de los Zetas.

Se puede argüir que la serie no presenta nada nuevo en sus tres subtramas (la guerra napolitana, la formación del cartel de la Empresa en Monterrey y las peripecias —algunas innecesarias— de los hermanos, herederos del emporio naviero, que transportan las latas de chiles con la droga en su interior a través de Mali y sus desiertos), nada que no se haya visto en decenas de narcoseries. Sin embargo, el valor agregado de ZeroZeroZero tiene que ver más con la forma en que presenta la violencia (heredera de Gomorra): nunca cínica ni divertida, pero siempre descarnada y real, si bien retratada con una poderosa dimensión cinematográfica.

Algo que viene sucediendo con las series en esta llamada “época de oro”, que ya tiene desoladores tintes de saturación del mercado, es el descuido de su hechura, y que en el caso de las producciones latinoamericanas las acerca cada vez a una chatura narrativa. No me refiero a que nuestras series habladas en español no cuenten con todos los recursos que la tecnología puede brindar, y con helicópteros y coches que explotan como sus principales valores de producción, sino a su falta de relatos que rebasen el lugar común y la sabiduría convencional, sobre todo en lo que tiene ver con temas sociales.

ZeroZeroZero cuenta con el talento de Pablo Trapero, un directo argentino cercano a las narrativas que toca la serie (su Leonera de 2008 es impresionante). Los episodios que dirige son, de lejos, lo mejor de la entrega, en particular el número 6, “En el mismo camino”, que toca con un pulso impresionante el entrenamiento de los adolescentes sicarios.

Es en este rubro en donde ZeroZeroZero se desmarca de su competencia: en su capacidad para convertir la violencia en metáfora, en eso que los críticos televisivos llaman “materia de reflexión”. Dejo un ejemplo.

En los primeros episodios, un joven soldado es asesinado en una pista de baile a manos de sus propios compañeros, quienes toman su cuerpo y, entre otras víctimas del tiroteo, lo cuelgan de un puente con una narcomanta que lo señala (falsamente) como parte de un cartel. Esos mismos soldados, unas secuencias después, van a colgar a su vez de la cuerda de un helicóptero, tras efectuar otra traición. Y esos mismos soldados, episodios después, hacen dormir a los niños que entrenan como asesinos colgados de las redes y cuerdas en donde entrenan.

Todos colgamos. Ni siquiera como marionetas, sino como esa cerda, inmensa tras haberse alimentado de tantos cuerpos de rivales de la mafia napolitana, y que llegado el momento será desangrada sin ninguna contemplación por sus dueños.




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Óscar Luviano (Ciudad de México, 1968). Narrador y poeta. Cuentos suyos se incluyen en Nuevas voces de la narrativa mexicana (Planeta, 2003) y en Así se acaba el mundo (SM, 2012). Colabora en diversos medios y publicaciones.

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