Es lo Cotidiano

ARDE ALEJANDRÍA

Nefando, de Mónica Ojeda

Joserra Ortiz

Portada de la novela 'Nefando' de Mónica Ojeda
Portada de la novela 'Nefando' de Mónica Ojeda
Nefando, de Mónica Ojeda


El caminante sobre el mar de nubes (1818), esa famosísima pintura del romántico Caspar David Friedrich, es ya un cliché para representar el sentido y sentimiento estético que define Immanuel Kant como lo sublime, esa sensación que nos produce un gusto o afección estética agradable y bella, pero que es al mismo tiempo atemorizante, pues produce un sentido de terror melancólico. En esta pieza se ve a un hombre de espaldas en la cima de una montaña contemplando la profundidad: la grandeza y el vacío, ambos espacios tremendamente peligrosos y que logran arruinar la vida del ser. En cierto sentido, no podría definir de otra manera la novela Nefando, de Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988), publicada originalmente por la editorial catalana Candaya en 2016, y por la mexicana Almadía en 2019. Quienes lean la novela, igualmente entenderán la importancia simbólica que en esta tiene la reflexión sobre el revés de la moral humana.  

Construida a través de tres arcos narrativos íntimamente ligados, pero muy separados entre sí, la autora cuenta una historia que podría parecer común: la de jóvenes que comparten departamento e intereses similares. Desde el título se entiende que el relato más importante del texto es la investigación sobre lo que fue un famoso videojuego pornográfico solo posible de encontrar en las zonas más oscuras del internet. Sin embargo, las intromisiones de la metanovela titulada Biblioteca de la pornovela Hype que ahí mismo va escribiendo Kiki con su beca del FONCA, así como por las perturbaciones que sufre Iván acerca de su sexualidad, los límites de la literatura y el imaginario prehispánico, anudan con fuerza esta trama que discurre sobre temas excesivos: la necesidad de una economía anarquista del mercado, el lugar que han tenido en la sociedad transhistórica las sexualidades extremas y que pueden expresarse supuestamente desde lo más bello (el arte y la hagiografía religiosa, por ejemplo), hasta lo que aquí se presenta como un ejemplo de lo sublime: la pornografía infantil. Hay otros temas y discursos que se entrelazan a lo largo de la a veces vanguardista o experimental estructura de la novela, pero me voy a detener en este último.

Es frase común decir que una novela es “valiente” o “provocativa”, cuando su tema, su tesis o su estructura rompe con las producciones más comunes contemporáneas. Creo, a pesar de ese juicio manido, que son dos primeros buenos adjetivos para hablar de Nefando. Su historia principal es un tema aberrante, por decir lo menos, pues trata sobre el abuso infantil para el consumo audiovisual adulto de la cultura del internet. Las discusiones o representaciones sobre el sexo, la soledad, la renuncia, por decir algunos, que se plantean en los capítulos que envuelven el momento principal de la novela (la programación del juego execrable, y al parecer sin sentido, que incluye videos reales de abusos ocurridos a tres hermanos que comparten el departamento que los creadores comparten), los escribe Ojeda ni como juicio, ni como justificación. He ahí lo provocativo, lo subversivo de no enjuiciar sino presentar que, como cantaba la ya extinta banda mexicana Las ratas del Vaticano: “el mundo es una mierda que huele mal”, y que en Nefando nos recuerda que, aunque la mierda nos debe causar repugnancia “todos nos sentimos atraídos hacia lo que nos provoca repulsión y queremos espantarnos, aunque no nos guste admitir que el espanto es placentero”.

Nefando no es lo que se dice, sino el cómo se cuenta. Estéticamente, el placer es una cuestión subjetiva, y ahora, usando el otro cliché, que aquí no lo es, el de “valiente”, la autora construye en una poeticidad bellísima (contrastante con la de otros autores que usan la palabra dura para narrar la bajeza, porque eso sería lo más apropiado), una serie de hechos horribles pero desbordantes de goce y de una imaginación perturbada que no perturbadora. El capítulo para mi más sublime, en este sentido, por este choque de emociones, es “Emilio Terán, 17 años/ Escritor de rectángulos /Navegante en foros de profundos hoyos /Habitación azul con un agujero de bala”, donde se cuenta con un lenguaje de flores las violaciones que él y sus hermanas sufrían para que su padre las grabara, así como sus consecuencias. No escatima en detalles, y donde otro/a hubiera escondido en la metáfora el término preciso para nombrar lo nefando, Mónica Ojeda lo señala cómo es y lo nombra, al tiempo que esconde el dolor en el imaginario del niño, el amor y la sonrisa. Y cuando ese niño crece y vive en Barcelona, sabe que sus videos de infancia están en la Deep Web, el lugar más profundo, al que se le tiene miedo y atracción.  

Notas para valorar la parcialidad de esta reseña: No conozco a la autora de la novela, pero quienes hayan leído La conquista del Monte de Venus, vayan a la página 115.

(Ojeda, Mónica. Nefando. Almadía: México, 2019).




 

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Joserra Ortiz (SLP, 1981), es Doctor y Maestro en Estudios Hispánicos por Brown University, y hoy es Investigador en la UASLP. Ha publicado el libro de cuentos Los días con Mona (FETA) y la novela breve La conquista del Monte de Venus (Abismos), además de coordinar la antología El complot anticanónico. Ensayos sobre Rafael Bernal (FETA); igualmente aparece en una docena de antologías. En colaboración con Julio Ortega publicó la antología Nuevo Cuento Latinoamericano (Marenostrum), y en 2002 fundó y dirigió hasta 2017 las Jornadas de detectives y astronautas para la Feria Internacional del Libro de Monterrey, primer encuentro nacional de escritores no canónicos en México. Dirige el Laboratorio creativo para cuentistas de su ciudad natal, del que recientemente surgió la antieditorial Eme. Nomás que se acabe la pandemia publicará el chapbook Primero de abril.

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