lunes. 13.07.2020
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La inevitable levedad de la ciudad (O del deseo de la presencia de su pasado en el siglo XXI) [I]

Héctor Gómez Vargas

Imagen de León, ca. primer tercio del ciclo XX. Al fondo, la Catedral
Imagen de León, ca. primer tercio del ciclo XX. Al fondo, la Catedral
La inevitable levedad de la ciudad (O del deseo de la presencia de su pasado en el siglo XXI) [I]

Articular históricamente lo pasado no significa conocerlo “tal como realmente ocurrió”. Significa apoderarse de un recuerdo tal como fulgura en el instante de un peligro.
Walter Benjamín, Sobre el concepto de Historia.


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Un mundo raro

Un mundo nos separa de la civilización que concluyó a finales del siglo XX, y eso nos ha colocado en otro lado. En su libro Sor Juana Inés de la Cruz o las Trampas de la fe, Octavio Paz dice que una de las dificultades para entender la obra poética de Sor Juana es que estamos en otro lado de ella y dice: “Más que una visión del mundo, la civilización es un mundo. Un mundo de objetos y, sobre todo, un mundo de nombres”. Estamos del otro lado porque está de por medio esa civilización moderna que se erigió con la modernidad, con sus objetos y sus nombres que ahora, en las primeras décadas, los objetos y los nombres del mundo de los siglos XIX y XX nos parecen extraños, lejanos, borrosos. Como dice el teórico y crítico de la cultura Jussi Parikka, en su libro What is Media Archeology?, en el siglo XX nos encontrábamos en una “situación cultural ampliada”.

En su libro Retrotopia, Zygmund Bauman refiere al trabajo de Svetlana Boym en su libro The Future of Nostalgia, quien expresa que el mundo actual está bajo una “epidemia global de nostalgia”. Si el siglo XIX concluyó con un entusiasmo sobre el futuro, por declinar el XX se concluía con un mundo cargado de nostalgia. Por ello Bauman habla de las retrotopías en los tiempos recientes, esos “mundos ideales ubicados en un pasado perdido/robado/abandonado que, aun así, se ha resistido a morir, y no en ese futuro todavía por nacer (y, por tanto, inexistente), al que estaba ligada la utopía dos grados de negación antes”. Es decir, hay una tendencia a re evaluar y apreciar al pasado como un terreno seguro y apreciado, más que el futuro, incierto y cargado de demasiados riesgos. Eso, dicen historiadores, sociólogos y críticos de la cultura, implica un giro radical en la manera de percibir y de habitar el presente.

El historiador Hans Ulrich Gumbrecht, por su parte, habla, en su libro Los poderes de la filología, de la cultura cristiana medieval y de la creencia colectiva de la posibilidad de estar frente a la presencia real de Dios, refiriendo la presencia a un asunto de proximidad espacial, es decir, algo “que se nos aparece lo suficientemente cerca como para estar al alcance de nuestro cuerpo y de nuestra capacidad de tocar”. Gumbrecht propone que lo que hoy se vive culturalmente es el retorno de un deseo de la presencia del pasado, a la manera de la cultura cristiana medieval, es decir, de sentirla cerca y al “alcance de la mano, pero ahora la presencia es asintónica. Dice:

Parecemos sentir que estamos constantemente en situaciones de incrementar o disminuir la presencia del mundo, sin nunca tener al mundo completamente presente ante nosotros. Jean Luc Nancy describe esta relación de doble mano como el “nacer a la presencia”, una relación de inmediatez con el mundo que parece que siempre está emergiendo y desapareciendo.

Un efecto del cambio civilizatorio que se manifestó en 1989, y fue evidente el 11 de septiembre del 2001, y ahora con la pandemia mundial por el coronavirus en el 2020, es que las representaciones del pasado se pierden junto con la negativa de acceder a los mundos ideados por las utopías del siglo XX, mientras que emerge el deseo por hacer presente varios de sus pasados. En el libro Retromanía, Bauman refiere la observación de Svetlana Boym de que las epidemias de nostalgia “suelen seguir a las revoluciones”. El ejemplo que da es el de la Revolución Francesa de 1789; comenta que no fue “únicamente el Antiguo Régimen el que produjo una revolución, sino que, en cierto sentido, la revolución produjo el Antiguo Régimen, dotándolo de una forma, una sensación de conclusión y un aura dorada”. Lo que hoy vivimos es producto de variadas y diferentes revoluciones que en tres décadas cambiaron al mundo de manera radical.

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La interminable levedad de la ciudad

Recomendamos por su calidad y baratura la fruta de la Hacienda de Rincón de Ortega, que el Sr. Felipe Mendoza expende en su casa, calle del Progreso, frente a “La Vizcaína”.
Gacetilla de El Pueblo Católico, 16 de julio 1893


 

                                   POR EL TEATRO

Ayer debutó en nuestro Teatro la Compañía de Autómatas de los Hermanos Rosete Aranda.
Anuncio de El Obrero, 6 de enero 1912

Toribio Esquivel  inicia su libro de memorias Recordatorios públicos y privados haciendo referencia a un 12 de abril de 1857, cuando se reunió el “pueblo” en la plaza de San Juan de los Lagos para la jura de la nueva Constitución Política que se había aprobado para el país. Esquivel expresa que los sentimientos de la población eran encontrados pues se daba el paso a una nueva organización y orientación del país, donde se abandonaba la antigua condición que había prevalecido durante la Colonia. “Era indudable que algo había que hacer –manifiesta Esquivel. En eso estaban todos de acuerdo, pero no todos creían que debía demolerse lo pasado ni menos que se reconstruyera el edificio social sobre un modelo yanqui. Buscaban más bien el remedio en la conservación de lo existente y aún quizá en volver a los métodos y a los ideales antiguos, ya que se conservaban recuerdos de tiempos mejores”.

La imagen que presenta Esquivel en el inicio de su libro es de ese tipo de “imagen que fulgura” del que habla Walter Benjamín cuando habla de la historia, y dice que la “imagen verdadera del pasado pasa fugazmente”, una “imagen irrecuperable del pasado, que amenaza con desaparecer con cada presente que no se reconozca aludido en ella”. De hecho, una serie de imágenes de ese tipo las esboza a lo largo de su libro, imágenes del pasado de la ciudad que “fulguran” y que están en riesgo de desaparecer porque su memoria es un mundo del pasado, con sus nombres y sus objetos suspendidos mientras los nombra y recuerda Esquivel, un mundo que parece lejano e ido, pero que igualmente parece suspendido hasta nuestros días, pues habla del inicio, la pre-historia de ese mundo que irrumpe con el triunfo de los liberales a mediados del siglo XIX, y el inicio de una reacción por conservar el pasado del país. Nace unos años después, en 1864, un año “calamitoso para el país y particularmente para la parte central de éste”, y agrega que “León estaba ocupado por los franceses y no sufría los efectos directos de la lucha; pero sí los indirectos, y principalmente la carestía que ese año hubo de maíz en toda la región, a causa de la prolongada sequía. Esta carestía fue a la que por mucho tiempo se aludió a aquel año con el nombre del ‘año del hambre’ “.

Toribio Esquivel nace y crece en un periodo histórico en que el país se transforma radicalmente, es decir, en unas décadas es otra ciudad. Esquivel crece bajo ese entorno que se mueve entre la ciudad que prevalecía de otros siglos y lo que se estaba alterando, algo que manifiesta cuando comienza a escribir sus memorias en las primeras décadas del siglo XX: el país es otro por los efectos de la Revolución Mexicana. Hubo en la escritura de sus memorias algo de inquietud por conservar lo que era la ciudad de antes debido al crecimiento y desarrollo del país, y del conflicto armado de 1910, pues en su libro dice:

Nunca como ahora se impone a todos los que podamos el deber de escribir nuestras memorias y dejar consignado lo que sepamos respecto a los nuestros y lo que recordemos de nuestras antiguas costumbres, porque las familias antiguas de México desaparecen bajo la ola invasora de hordas yanquis, judías, sirio-libanesas, árabes; yo no sé qué más, y como es natural, las costumbres se van sin dejar recuerdo.

El mundo de la ciudad de León, Guanajuato, de mediados del siglo XIX y hasta las primeras décadas del siglo XX, era un mundo con sus objetos y sus nombres y, en particular, fue el periodo donde se constituyó la ciudad histórica donde se conformaría el trazado urbano, sus dinámicas sociales y culturales, las identidades históricas y territoriales del hombre y la mujer de los siguientes siglos. En el libro de Esquivel hay algunas imágenes que pasan por su visión personal y clasista, de algunos trazos de la ciudad de antes, como es el caso de la descripción de los comercios de la plaza principal, la de un día completo en la plaza principal de cuando era niño, la vida familiar y cotidiana en la ciudad. Igualmente traza aquellos momentos cuando aparecen los signos del cambio, como fue la erección del obispado y las transformaciones de la catedral, la llegada del ferrocarril, la presencia del automóvil y del Teatro Doblado.

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Años de vértigo en la ciudad

Murió el viejo París (la ciudad y sus formas
Cambian más pronto, ¡ay! que un corazón mortal).
Charles Baudelaire, Las flores del mal, “El Cisne”

En la década de los ochenta del siglo XIX llegó a la ciudad el ferrocarril y ese fue un signo de cambios por venir. Un primer momento de entusiasmo en la ciudad: lo nuevo del mundo estaba llegando y el comercio tendría un impulso mayor. Por finalizar el siglo las cosas aceleraron y la ciudad entró en una ciudad extraña porque, por un lado, todo parecía lo mismo, pero por otro, todo parecía estar cambiando. Era el periodo de la revolución de inventos y tecnología bajo la naciente era de la electricidad.

Federico Pöhls y Rincón Gallardo escribió sus memorias a mediados de la década de los cincuenta del siglo XX. Hijo de una familia acomodada de comerciantes en la ciudad, nació al mediar la última década del siglo XIX y fue niño y adolescente al despuntar el nuevo siglo. Por las condiciones adversas al negocio familiar debido a los acontecimientos de la Revolución Mexicana en la ciudad, se marchó con toda su familia a la ciudad de México, donde hizo su vida. Ya en la edad madura decide regresar a su ciudad natal para recuperar los recuerdos de su infancia y adolescencia y de ese viaje escribe su libro, Añoranzas y recuerdos de León. A diferencia de Esquivel, que escribe sus memorias como un acto deliberado de dejar un documento sobre la ciudad ante un país que irrumpe y lo ha cambiado todo, Pöhls escribe un libro de ese viaje personal e íntimo que tuvo al regresar a la ciudad. En ambos casos, es un posicionamiento frente algo que ha pasado, y hay en todo ello un sentimiento de nostalgia y de melancolía.

En el libro de Pöls hay una serie de recorridos que hace de la ciudad, un procedimiento que sigue para evocar a la ciudad, lo que era y cómo era. Por ello describe algunos de sus recuerdos de cuando era niño e iba a la escuela, el movimiento por la ciudad en un tranvía, pero igualmente los inventos tecnológicos que llegaban a la ciudad cuando era niño, enfatizando el asombró que causó la electricidad con su llegada, igual que el teléfono, el fonógrafo, el cine y otras maravillas. Hay en sus evocaciones de la infancia esos recuerdos de imágenes de la ciudad que “fulguran” para iluminar por un momento aquello que era, como los momentos de salir de la escuela cuando era niño:

Bajo sus frescos y acogedores árboles, había entonces unos “puestos” de tunas, atendidos por buenas y amables mujeres del pueblo, conocidas de todos los estudiantes, que nos despachaban con largueza y amplitud como amigos y marchantes asiduos. Platos de barro de todos tamaños, llenos de sabrosas Cardonas, Mansas, Arribeñas y otras clases, hacían nuestra delicia y las tomábamos valiéndonos de una espina de naranjo, a guisa de cubierto y tenedor.

Conforme describe a la ciudad, recuerda y la recupera con añoranza, y eso mismo lo hace distanciarse de aquello que se perdió, no solamente lo que ya no está como entorno de vida, sino en la manera como lo viven las personas a mediados del siglo XX. En la descripción de un domingo cualquiera de su infancia dice:

Hoy es domingo. Un domingo como otro cualquiera hace cuarenta o cincuenta años. Igual por su radiante sol, por su temperatura benigna y apacible, pero no por las personas y sus costumbres, muy distintas de los lejanos tiempos que estamos recordando.

A Pöhls le toca vivir en la ciudad esos años previos a la Revolución Mexicana y a la Primera Guerra Mundial, acontecimientos que lo cambiaron todo y que fueron definitivos para lo que sería todo el siglo XX. Esos años previos fueron vistos con asombro y entusiasmo, igual que con cautela y precaución: máquinas que llegaban, imágenes información del mundo, , nuevas formas de ver y sentir a la ciudad. Fueron años de vértigo.

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Ruinas en la ciudad y la historia interminable

¿No fue acaso sólo ayer cuando, furibundo, protestó aquel miembro del Instituto invitado a la primera demostración del fonógrafo?
Félix Nadar, Cuando era fotógrafo


 

                        POSTALES DE LEÓN
Los principales edificios, calles y paseos de la ciudad en tarjetas postales.
En COLORES si es una y 50cs. docena.
En FOTOGRAFIA si es una y $1.25 la docena.
Anuncio, El Obrero, 20 de enero de 1912

Una de las inquietudes que recorren el libro de Toribio Esquivel es la indiferencia de los habitantes de la ciudad por su pasado, por la carencia de documentos que consignen su historia. Después de hablar sobre la importancia de escribir memoria sobre la ciudad, dice:

La historia de la ciudad de León, generalmente descuidada por sus hijos, proporciona un ejemplo práctico pues apenas se sabe de ella nada que pase de dos generaciones, si no es por los pocos papeles que han podido sobrevivir a la incuria y al destructor incendio, o por vagas tradiciones, algunas de ellas tan falsas como la que asegura que allí vivieron los hermanos Aldama, que han acabado aun por señalar la casa que habitaron, según la fantasía de alguien a quien plugo asegurar tal cosa.

La observación de Esquivel tiene que ver con parte de lo que ha sido la práctica de escribir la historia de la ciudad: una ocupación e interés de unos cuantos, la tendencia a conservar una memoria corta de su pasado, la tendencia a manejar información suelta y no sujeta a la verificación y a evidencias confiables. La otra observación importante se refiere a la indiferencia de cuidar documentos que puedan hablar sobre el pasado de la ciudad. Bajo esa condición Esquivel preveía que en el futuro, el nuestro por ejemplo, se enfrentaría a la falta de documentos de carácter histórico.

La segunda mitad del siglo XIX no sólo es importante porque fue en ese periodo de tiempo cuando la ciudad histórica se define, sino porque aparecieron una serie de objetos, edificios y artefactos por medio de los cuales es posible recuperar, a la manera de escombrar ruinas y escombros, imágenes y pedazos de historias del pasado. Además de emblemas, edificios y monumentos, trazas y espacios urbanos, la imprenta se establece y comienza a trabajar de manera ordinaria, a la par de la llegada de la fotografía. Más que una posible historia, una arqueología de la prensa y de la fotografía es necesaria para tener una idea de la información que emanó desde mediados del siglo XIX hasta los inicios del XX, pues hay en su evolución, como impresor de libros, del oficio de la prensa, del fotógrafo, la manera como la información se amplifica y diversifica casi por terminar el siglo XIX, y es posible con ello ver cómo se hace presente la ciudad de una manera más amplia a través de distintos géneros narrativos y periodísticos, la inclusión de anuncios de publicidad y de fotografías. Se dice que la fotografía llegó a la ciudad de León al mediar el siglo XIX y hubo registros fotográficos por parte de algunas personas; décadas después el oficio de fotógrafo estaba establecido, y a inicios del siglo XX se ofrecían postales para coleccionar o compartir con conocidos.

Igualmente habría que pensar en artefactos como los fonógrafos, bicicletas, automóviles, teléfonos, lámparas, máquinas de escribir, y otros más que, si bien parecen objetos olvidados o desechados, igualmente son ruinas de algo que puede manifestar esas imágenes suspendidas del pasado, que retornan y se manifiestan para quien las sabe observar, para conocer el mundo del que provienen.

Son esas ruinas las que ahora cobran valor. Los archivos públicos o privados, los bazares y los mercados, los basureros y los tianguis, los puestos de viejo y de segunda mano, son parte de esos mundos donde la pasión por el pasado cobra un inusitado interés, en tiempos de revoluciones como la de las redes sociales, y en tiempos extraños y por venir como el de la pandemia por el coronavirus.


 

Héctor Gómez Vargas

02 de mayo 2020

León, Guanajuato.

 

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