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CUENTO

El pantano de los peces esqueleto [I]

Édgar Omar Avilés

Tachas 361
Tachas 361
El pantano de los peces esqueleto [I]


Quince minutos tarde: tengo la feliz suerte de ser la primera en llegar. El supervisor Ramírez llega con media hora de retraso mental. Con el paso de las horas se pudren el sol y la jornada, pero mañana martes Fabián y yo cobraremos otro costal de billetes. Fabián es el nombre que le puse a mi máquina registradora.

Encorvada, salgo a la calle; atrás, cada vez más oculto entre la nata de noche y esmog, queda el ruidoso Wal-Mart de pasillos largos, anaqueles grandes y colores chillantes del centro de la ciudad de México. Colonias populosas con la piel tatuada de grafitis, con jugos gástricos corroyendo sus tripas de tubos de drenaje. Como corona de los edificios, hay espectaculares sanguijuelas que compiten por chuparnos el dinero. Los más grandes son los de la Coca-Cola. Ya sólo faltan dos días para la quincena, entonces podré comprar despensa y tal vez aquel pantalón lila que tanto quiero. Pero mejor no hago planes, porque el tequila de las ilusiones siempre me trae una cruda

terrible.

El ritmo de mi cojera es parte de la tétrica orquesta de pasos que luchan por llegar pronto a casa. En el cielo, brillan lágrimas. Huele a miedo (a cloroformo y pólvora). Para darme valor silbo “La Balada de las Balas con Alas de Hada”, la canción que oigo en mi cabeza desde niña... Cuánto me hubiera gustado dedicarme a la música en vez de estudiar la licenciatura en cajera de

Wal-Mart.

En la banqueta, un perro sarnoso me recuerda que me gustaría mucho tener algo peludo y calientito para abrazar, y que me quisiera, pero la alergia me lo prohíbe con su salpullido y su fiebre. El perro se refugia bajo un automóvil que, como él, también tiene la carrocería descascarada. Sonrío al recordar que la noche pasada soñé con un perro que llegaba a la puerta del apartamento, era lanudo, chaparro y gris, una cruza no muy buena de cocker y maltés. Le daba pasitas con chocolate y lo bautizaba con el nombre de Psicopompo.

El cuerpo me pesa, como si cargara en los hombros a la Luna llena. A los demás también se les ve lentos, estúpidos, más que de costumbre. Mi cojera lleva el ritmo de Balas con Alas de Hada. Como no tengo dinero para una prótesis biónica, el doctor me recomienda que use un bastón, pero un bastón no me haría ver sabia, simplemente minusválida y vieja.

Para llegar a casa esnifo una línea del metro y una de microbús, luego camino siguiendo una grieta de la acera que me lleva hasta el edificio Solidaridad II, en el barrio de Tacuba. Abro el zaguán, esquivo a un viejo, al que antes admiraba y llamaba papá, ahora tirado de borracho entre vómito y

babas. A través de las paredes enlamadas escucho el llanto de un niño, y proveniente de algún otro lugar, la voz del empresario Miguel Augusto pidiendo la mano de su ex secretaria María Deyanira, en la telenovela del canal dos. Todo está oscuro. Subo las escaleras contando los escalones. El resplandor de algunos televisores me ayuda a pisar correctamente. Llego al séptimo piso.

Si hubiera diez ya me habría matado. Me dispongo a meter la llave y abrir la puerta, pero un platillo volador que ronda el edificio me distrae: lo observo unos minutos pensando en lo mucho que me gustaría viajar en uno de esos...

Bajo la cabeza, meto la llave y abro la puerta. Cuando prendo la luz, veo mi apartamento de paredes salpicadas de manchas de humedad. No vivo en un lujoso edificio computarizado, pero al menos tengo tres recámaras, sala, comedor y baño, que es más de lo que necesito. En él he vivido desde que nací, hace poco más de treinta años, y lo quiero como a un útero. Aunque pagar el

mantenimiento me resulta imposible.

Un chillido de Jimena, la rata que ha construido un circuito de madriguera en las paredes, me saluda. Volteo hacia el reloj colgado en la pared y meneo la cabeza siguiendo el péndulo: las 10:05 de la noche. Son quince minutos más tarde de la hora en que suelo llegar.

Con permiso, le digo a Jimena, y me dirijo a mi cuarto. Aviento las zapatillas. Mis pies hinchados siguen el latido de mi corazón, luego me quito el vestido entallado que ya deja entrever algo de gordura. Prendo la televisión, el conductor del noticiario habla de los candidatos a la presidencia: el infame ex secretario de Hacienda Pedro Aspe y la incansable luchadora por los derechos humanos Ramona Ibarra; también comenta de los platillos voladores, de las abducciones del último mes, de la inminencia de un ataque extraterrestre, de las armas nucleares de China, de lo congestionado que estuvo el tránsito y del saqueo de tumbas. Conclusión: necesito contratar televisión e internet satelital. Hace mucho que me los cancelaron, desde que los vecinos descubrieron el decodificador que Esteban me instaló para robarme la señal.

Esteban y yo no teníamos nada en común, estando con él me sentía más sola, pero me atraía mucho una cicatriz muy profunda que tenía en un antebrazo, se le veía sexy, como si contara una historia de piratas. Un día me explicó cómo se la había hecho: En un alambre de púas, escapando de un granjero que me perseguía escopeta en mano porque me metí a hacer del baño en la porqueriza. Naturalmente, concluida su historia, le dije que se largara de mi apartamento y de mi vida.

Me pongo un camisón y unas sandalias de Alf. Me asomo en el espejo del ropero y con los dos dedos índices reviento un barrito de mi frente: me siento más relajada. Luego inspecciono mi cara, ansiosa por aplastar más granos, pero ya no encuentro. Bostezo. Quiero dormir, pero un gruñido de mi estómago me recuerda que por aguantar los coqueteos del supervisor Ramírez no tuve tiempo de salir a comer en el receso. Voy a la cocina. Enciendo un foco. En el foco una mosca gorda y verdinegra revolotea dando vueltas, vueltas. Sobre la mesita de la sala hay un folleto de Wal-Mart, suspiro al ver la foto de un pantalón lila en rebaja. Lo enrollo. Me dispongo a reducir a la mosca a un manchón en la pared; sólo es cuestión de alejarla del foco y llevarla a un lugar donde quede más expuesta. Sin embargo, la veo dar vueltas, vueltas, su aleteo torpe, desconcertado. Sonrío imaginando qué tonta debe ser una mosca: dar y dar vueltas. Mosca estúpida, mejor estarías muerta; dar vueltas como idiota, agitar tus alas para llegar a esa luz que nunca alcanzarás. Por eso aleteas con torpeza, por la depresión que te provoca tu vida inútil. Río y los hoyuelos de las mejillas se me marcan como cuando era la princesa del Abuelo y me burlaba de una mosca; y mi cabeza da vueltas siguiendo la trayectoria: mover las alas, dar vueltas, la misma mierda siempre. Y la mosca no sabe que la piensan matar con una propaganda que anuncia matamoscas en rebaja. Mi trabajo, mi mundo es dar vueltas alrededor del foco, lo mismo siempre, ir del Solidaridad II al trabajo, del trabajo al Solidaridad II, y mis dedos se agitan, aletean para registrar

interminablemente en Fabián, creyendo que algún día terminaré de registrar todo el dinero del mundo y podré descansar y que algún día conoceré a alguien llamado Fabián. Bajo la cabeza, dejo de reír y mis hoyuelos se convierten en arrugas. Siento que algo se escurre en mis mejillas y decido indultar a la mosca, dejar lo de la cena para otro día, darle las buenas noches a Jimena e irme a dormir para mañana llegar temprano al trabajo, pues es imposible que con quince minutos de retraso sea nuevamente la primera en llegar, y un retraso es el pretexto que necesita Ramírez para atraparme en su telaraña.

Sin que yo le haga algo, la mosca cae al suelo, retorciéndose, con alas y patas epilépticas. Tal vez muere de vieja. Apago la luz y la dejo pasar sus últimos minutos en privacidad, mientras defeca su cuerpo para que sea tragado por el gran retrete que es la Tierra. Deprimida, me tomo unos minutos para ir al balcón, donde está la jardinera que no es sino una maceta alargada en el borde del mismo. Ahí cultivo un pequeño bosque de bonsáis. Me acerco sigilosamente y empiezo a susurrar cosas malas, aterrorizando a las personitas-robot que viven en él. Me siento más relajada, lista para dormir. En la cama, pienso en que la gente como yo está condenada a pasar desapercibida, a ser una triste pelusa flotando a la deriva. Recuerdo (porque los recuerdos son lo único que de verdad nos pertenece) que el Abuelo aseguraba que yo sería algo grande... Él siempre olía a musgo y algas, su cara arrugada era la mar oleada bailando. Era de esos viejos sabios que uno adivina que de jóvenes fueron guapos y de niños feos, muy feos. Al Abuelo lo mató

papá de tres balazos.




***
Édgar Omar Avilés nació en Morelia, Michoacán, el 22 de mayo de 1980. Narrador y ensayista. Egresado de la licenciatura en Comunicación social en la UAM-X y de la generación XXIX de la Escuela de Escritores de la SOGEM. Cursó la Maestría en Filosofía de la Cultura en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Cursó estudios en la Licenciatura en Letras hispánicas de la UNAM. Fue alumno del taller de narrativa de Alberto Chimal durante cuatro años. Miembro del consejo editorial de la revista de literatura Viento en vela (merecedora de la beca Edmundo Valadés 2007, para revistas independientes). Colaborador de revistas, suplementos y sitios de internet. Becario del Programa Jóvenes Creadores del FONCA en la rama de cuento (2009-2010) y en la rama de novela (2011-2012). Su cuento, El pantano de los peces esqueleto, se puede leer competo en la siguiente liga: https://bit.ly/3bZ05hi

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