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La Cuca: ¿Espíritu chocarrero o glitter del rock tapatío?

César Zamora

La Cuca: ¿Espíritu chocarrero o glitter del rock tapatío?
La Cuca: ¿Espíritu chocarrero o glitter del rock tapatío?
La Cuca: ¿Espíritu chocarrero o glitter del rock tapatío?

Picasso es el apellido pictórico más trendy de la historia, quizás porque hizo una reinterpretación de Velázquez en una suite: las Meninas. Bowie es al glam lo que Cervantes a las letras hispanas o los Temerarios al género grupero. Lennon es al martirologio rentable lo que Fey o Kabah al pop oligofrénico de los años noventa del siglo XX. Y así podemos hacer una gigantesca lista que nos divertiría más que un viaje en funicular.

Ser el más famoso en un ámbito no quiere decir que se deba ser el non plus ultra. La fama viene por artificialidades más que por naturalidades, salvo pocas excepciones.

Cuando hablamos de filmografías niponas o cine de samuráis, inmediatamente salta Kurosawa, pero Akira tiene méritos de sobra para ser el jefe en ese terreno. Buñuel, por igual, es el realizador meritorio en el surrealismo cinematográfico... O su camarada Dalí en el lienzo onírico, aunque algunos lo puedan reconocer como el epígono de Chirico.

En fin. A mayor bagaje («bagage»), menor ingenuidad en nuestros enunciados. O más bien: a mayor bagaje, menor posibilidad de tomar gato por liebre.

Ya metidos en terreno lodoso, Borges pudiera ocupar el trono de la cuentística argentina, pero tal vez Cortázar se lo anda ganando en un mano a mano. Ambas plumas son mundialmente famosas y lo son porque mucho de lo que escribieron “se ordena bajo el signo de la excentricidad”. Son, pues, plumas meritorias.

Y, después del jolgorio, viene la pregunta más choteada de todos los tiempos: ¿quién ha sido el mejor futbolista de la historia, el Rey Pelé o el Dios Maradona? ¿Quién es la celebridad más resplandeciente del soccer?

¿Quién es el mejor atleta olímpico: Carl Lewis o Usain Bolt? ¿Quién será la figura más odiada de la tele nacional: Laura Bozzo o Raúl Velasco? ¿Quién es mejor para hacer reír con chistes kilométricamente escatológicos: Polo Polo o sus imitaciones millennials?

Cerati es el personaje más famoso del rock argentino, pero abrevó demasiado de lo que había hecho Spinetta unos cuantos lustros antes.

Adal Ramones puede ser la deidad humorística de muchos entrolectuales, pero tomó un mucho de Andrés Bustamante, los Python, Groucho Marx y paremos de contar. Ser el más famoso en un campo, queda claro, no equivale a ser lo realmente vertebral.

¿Y acaso escribir no es tomar mucho prestado?

Después de todo este rollo intertextual y somero, la agrupación tapatía «La Cuca» invadió la Alhóndiga de Granaditas el 22 de octubre de 2016. Los blátidos jaliscienses y sus cucófilos coincidieron en el Festival Cervantino.

La banda llegó al escenario guanajuatense como el estandarte del rock tapatío —definida así por la masa crítica del momento–, pero no debemos olvidar que detrás de esa iconoclasia musicalizada en “La invasión de los blátidos”, el primer disco cucarachiento (1992), hay todo un estante consagrado al rock jalisqueño: la Quinta Visión, los Spiderʼs, la Fachada de Piedra, 39.4, Manolo Muñoz... ¿O qué se puede argüir sobre Los Chester, los Creeperʼs, la banda de la calle Hidalgo, La Vida e inclusive Sombrero Verde?

Respecto al rock de Guadalajara, el inventario no se agota: La Revolución de Emiliano Zapata; Frankie, Alfredo y París; los Gibson Boys; Mike Laure y sus Cometas; Toncho Pilatos; Bandido y un titipuchal más (y válgaseme el eufemismo de “un chingo” para no alterar las buenas conciencias).

Entre esa cantidad no precisada está El Personal, una banda que bien podría ser el papá jalisquillo de Cuca. Ya completando la genealogía, Botellita de Jerez el tío chilango y Molotov un hijo que sigue dando lata. ¿O qué decir de Naftalina y Las Ultrasónicas?

“Por lo alburero de su mensaje, abonaron de alguna manera el terreno para grupos posteriores tipo Molotov”, apuntó el caricaturista y músico Merced Belén Valdés en el 2002.

Y es que la Cuca (apócope de cucaracha), desde la mirada del entomólogo, tiene en su ADN y composición morfológica partes de Jis y Trino, Chava Flores, Efraín Huerta, los estridentistas, los Xochimilcas, las cintas tintanescas y alfonsozayescas, los decires de los ñeros, un poco del son y otro tanto del mismo Polo Polo, las reminiscencias del hard setentero y la rudeza del bajo de cualquier banda gabacha en la alborada noventera.

En 1992, Xavier Velasco definió a Cuca como una banda sexual: “Impecables instrumentistas y consumados pecadores, su trabajo es el de asustar al mismo Diablo y por supuesto a nosotros, que acudimos a presenciar su espectáculo con el ánimo del adolescente cundido de barros que merodea la taquilla del burlesque. Cuca es, efectivamente, una banda sexual”.

A casi tres décadas del escándalo que produjeron José Fors y compañía con sus albures rocanrrolleados, ¿Cuca sigue siendo el espíritu chocarrero o, más bien, se ha convertido en el glitter del rock hecho en ‘Guanatosʼ?

Lo pregunto de manera joseagustinesca porque “El son del dolor”, la rola de los primeros auxilios amorosos, ya podría ser parte de una antología popera en la que igual pudiese aparecer Flans o Mijares.

Aunque los fans nos pudieran crucificar sin ser Semana Santa, el álbum debut de la banda (GDL: 1992) ya no ruboriza a los papistas como antes, y quizá no sea la obra cúspide de la contracultura en Jalisco, pero lo que sí ocurrió fue el lleno total en la explanada de la Alhóndiga, porque se trataba de gritar, saltar y meterse intrépido al slam, no de discurrir a medias sobre méritos y famas. El futuro, dijo Yogi Berra, no es lo que solía ser.




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