Es lo Cotidiano

NARRATIVA

Pandemia [I]

Gabriela Rábago Palafox

Tachas 362
Tachas 362


Había llovido. Las últimas gotas caían bugambilias abajo, se perdían en los charcos que obscurecían el asfalto. El aguacero había arrancado a las jacarandas la mayoría de las flores que permanecían al pie de los árboles, a manera de alfombra pasajera. Entre las ramas cantaba estridentemente el pájaro aquél –grande, negro y naranja– que Elisa había logrado ver sólo un momento. El canto era alto y claro, como una recurrencia del alba y el atardecer. Le fastidió, igual que otras veces, no poder imitarlo. Mauricio sí podría, pensó. Lo escribiría, incluso, en notas musicales y lo silbaría hasta que ella pudiera retenerlo en la memoria; pero ya lo veía tan poco… Lo extrañaba, pese a haber aprobado su decisión de refugiarse tras la Cortina, en alguna pequeña ciudad al otro lado del mundo, donde la música ocupara todavía un lugar preponderante y, sin que importara el número de víctimas semanales que cobrara el mal, se llevaran a cabo los conciertos planeados en la sala suavemente iluminada para crear un clima de recogimiento. La acústica engrandecida en la que se afinaban los instrumentos de la orquesta y, frente a un atril, a derecha o izquierda del director, Mauricio se perdía en los caminos paralelos del pentagrama. Así fue durante la guerra. Apenas los bombardeos pudieron detener la vida cultural, le había dicho con su habitual tono sereno la noche que cenaron para despedirlo. Él mismo había hecho el vino rojo que bebieron, en sus ratos de ocio y los espacios ganados al comedor y al baño de su casa. Indudablemente, adonde iba el vino sería mejor y, sin embargo, nunca como ése, pensó Elisa y escuchó atentamente sus razones para emigrar. En todo caso, su ausencia podría no ser definitiva, o ella podría reunírsele… era cuestión de considerarlo y aprender el idioma. Pero no, ella creía que cada quien tiene su propio destino. Y los hermanos –le dijo– son como uvas de un racimo, que se van desgranando paulatinamente hasta que sólo queda el sarmiento. Se escribirían. Llegarían las tarjetas postales con reproducciones de pinturas famosas –porque allá, los museos continuaban abiertos– llevándole la nostalgia de ese amor peculiar de los hermanos que oscila entre tantos otros y conserva la magia de la infancia, las cosas perdidas, las transgresiones. También llegarían fotos de Mauricio en ropa de invierno; de etiqueta para los conciertos; en bañador al lado de una alberca porque allá todavía era posible darse un chapuzón o meterse al vapor sin miedo al contagio. El mal era, salvo excepciones inexplicables, un azote de Occidente.

—De cualquier manera, cuídate. Toma todas las precauciones. No te expongas.

Ninguno de los dos lo mencionó, pero el nombre de Oscar –el hermano menor– flotó por momentos en el aire. Se miraron a los ojos: No hallaron en ellos ningún eco de los de Oscar, risueños y castaños. Él tampoco se había expuesto y, sin embargo, había sido víctima de la pandemia meses atrás. Lo mismo que Eduardo, Germán, Luis y una lista interminable.

—Por ti no me preocupo —comentó Mauricio—. Pero esto se va quedando cada día más despoblado… Es curioso, ¿verdad? Una ciudad a la que le sobran millones de habitantes, ahora vuelve a ser como cuentan que era en la época de nuestros padres. Lo que anhelaba el consenso popular. Una ciudad semivacía, con grupos de mujeres más o menos aislados.

Sí, pero no de esa manera. La pandemia avanzaba en proporción geométrica y si, al principio, las víctimas eran –en su mayoría– hombres entre veinte y cuarenta y cinco años, al paso de los meses también lo fueron mujeres y niños. Los efectos se fueron haciendo visibles en la calle. En poco tiempo miles de automóviles dejaron de circular. Disminuyeron los índices de contaminación. A ciertas horas fue posible sentir el silencio y gozar la transparencia de la atmósfera. Pero la gente moría diezmada por un mal que desafiaba a la ciencia, las religiones, la esperanza. Vehículos especiales –de sirena y rojas lámparas giratorias– se hacían cargo de los cuerpos como, en tiempos muy lejanos, los carretones de la muerte que puso en marcha la peste bubónica.

«… La sífilis, la tuberculosis, la influenza española. Hoy es el virus VIH, HTLV/III o LAV. Aproximadamente cada dos siglos surge una pandemia que hace estragos en el planeta –Elisa recordó la conferencia dictada por la doctora Benseñor, directora del Proyecto para la Investigación y Control del Mal–. Si viéramos esta pandemia dentro de su perspectiva histórica, quizá nos pareciera menos terrible. Me gustaría enviar a todos –a los seropositivos especialmente– un mensaje de esperanza. Estar infectado con el virus HTLV/III no significa una sentencia de muerte. No todos morirán, no todas moriremos. Existen personas infectadas que, sin embargo, no presentan síntomas. Eventualmente, saldrán del contagio ilesas. Un porcentaje de los individuos transmisores no desarrolla el síndrome del mal: se presume que existe en ello alguna razón genética. Quienes trabajamos en el Proyecto estamos consagrando a él nuestro mejor esfuerzo. Hemos hecho a un lado asuntos e intereses personales para procurar la elaboración de una vacuna contra el virus VIH. Esperamos hallarla antes de cuatro años».

Las vacunas experimentadas hasta entonces habían sido inefectivas y la gente moría por centenares bajo la mirada atónita de los Premios Nobel, ante la incredulidad de los científicos que habían puesto al hombre en la Luna.

Quizás lo peor de todo era que el virus LAV –ese organismo microscópico que se instalaba en los linfocitos y acababa con el sistema inmunológico de los pacientes– había erosionado los cimientos de la sociedad. Pese a la propaganda oficial contra cualquier clase de discriminación de las personas infectadas, el estigma era un hecho cotidiano que sufrían por igual burgueses y desposeídos, porque los líquidos que extendían el contagio del mal eran el semen y la sangre –es decir, el virus se transmitía preferentemente en la cama–, lo cual determinaba que la voluntad pública convirtiera el asunto médico en cuestión moral. La primera información sobre el HTLV/III revivió uno de los tabúes más espinosos de la historia judeo-cristiana: La homosexualidad, más ampliamente conocida como plaga de Sodoma y Gomorra. Y, hoy, de California, Nueva York, Haití, Puerto Rico, Francia, Brasil, México… Los primeros casos registrados se dieron entre hombres homosexuales. Al momento en que la doctora Benseñor dictó su conferencia, los grupos afectados eran homosexuales y bisexuales masculinos, drogadictos que utilizaban la vía intravenosa, hemofílicos, haitianos, personas en las que no se había identificado ningún factor de riesgo y heterosexuales que hubieran tenido contacto sexual con enfermos del mal. Los hombres constituían el 93% de los casos. El 7% de las mujeres correspondían a prostitutas, drogadictas y compañeras sexuales de pacientes infectados.

La gente de bien –las personas decentes que ponderaban nuestras abuelas– buscaron protegerse de la infección con oraciones y medallas o palmas benditas (¿no hablarían al respecto las cartas de Fátima?). Evitaron transfusiones de sangre desconocida: Nunca como entonces se hizo evidente la diferencia de licores sanguíneos. Rehusaron el roce social con individuos sospechosos. En lo profundo de su espíritu dieron gracias a Dios por no ser unos degenerados. Y, sin embargo, las estadísticas revelaban un avance del mal en proporciones geométricas.

La doctora Benseñor ante los reporteros de la fuente: «El período de incubación del virus oscila entre cinco y seis años. De ahí la peligrosidad de la pandemia. Alguien puede suponerse sano y empezar a mostrar síntomas dentro de unos meses. En el ínterin, es posible que haya transmitido el contagio a las personas con quienes haya tenido intercambio sexual».




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Gabriela Rábago Palafox nació en la Ciudad de México, el 30 de junio de 1950; murió en el Estado de México, el 21 de octubre de 1995. Narradora, poeta y dramaturga. Fue profesora normalista; comentarista y guionista de televisión. Colaboró en Al Sur del Sur, Círculo Administrativo Económico y Contable, El Cuento, El Gallo Ilustrado, El Heraldo de México, Excélsior, Geo, Geografía Universal, La Onda, La Semana de Bellas Artes, Natura, Nonotza, Política y Cultura, Siete, Tierra Adentro y Vudú. Becaria del cme, 1979. Premio Nacional de Cuento Infantil Juan de la Cabada 1977 por Relatos de la ciudad sin dueño. Premio Puebla de Ciencia Ficción 1988 por Pandemia. Premio Clementina Otero de Barrios 1979 por Godofrina. Premio Literario de Novela Policiaca 1994 en cuento por Los cazadores.

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