Es lo Cotidiano

MEMORIA

Pánico

Tarik Torres Mojica

Tachas 366
Tachas 366

adj. Referente al dios Pan.
adj. Dicho del miedo o del terror: Extremado o muy intenso
y que a menudo es colectivo y contagioso.

(RAE, 2020)

 

Pan era un semidiós de la Grecia Clásica que era venerado principalmente en la zona de Arcadia. Era un personaje de dos facetas: por una parte, era bon vivant que gustaba del campo; amante de la música, dado a las siestas al medio día; gozoso espíritu de la fertilidad que era conocido seductor de doncellas y ninfas. Del otro lado de la moneda había un personaje irascible, vengativo, celoso protector de sus territorios y posesiones; capaz de infundir un temor extremo entre quienes osaran interrumpir su sueño o invadir sus posesiones.

En suma, Pan era una fuerza salvaje, dual, ambigua.

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Desde hace meses he estado mirando al mundo desde esta ventana. Querría decir que lo he visto todo, pero esto no es un panóptico. He nacido con las limitantes de un humano común y corriente; tal vez con el defecto de pensar de más y de ser adepto de Hermes.

El mundo que he visto y las líneas que se van dibujando hacia el futuro tienen un elemento común: Pan ha hecho del mundo su salón de juegos y la arena donde se ceba con los mortales.

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Todo comenzó como rumores en enero de este año. La historia es conocida por la mayoría: había noticias de una nueva enfermedad. Como muchos de los males del presente, el origen estaba en la lejana China. Las primeras escenas que recuerdo son las de multitudes acumulándose en camas de hospital y, a la par de los comentarios de los periodistas, las imágenes de un hombre colapsando en una calle y sufriendo convulsiones. ¿Los síntomas?: fiebre, incapacidad para respirar. ¿Cura? Ninguna. ¿Posible origen del mal? El mercado de animales exóticos de la ciudad de Wuhan. ¿Causa? Un virus había logrado transmitirse de una especie a otra. ¿Cómo moría la gente?: regularmente por asfixia.

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Tenía más o menos cuatro años. Recuerdo que fui con mis papás a un balneario. Ya mis primos mayores eran buenos nadadores; los había visto competir y su desempeño en la alberca me parecía envidiable. Ese día le insistí a mi mamá que me quitara el salvavidas porque creía que ya podía nadar. Mi madre me hizo caso. Cuando me soltó me convertí en una piedra que se fue al fondo. El agua comenzó a meterse por la nariz y la boca hasta llegar a los pulmones. Por más que movía los brazos y las piernas, no había manera de alcanzar la superficie. Lo que seguramente fueron unos tres segundos, se transformaron en un espacio pausado, lento, alargado; asfixiante. Ahí conocí a Pan. Jugó; se cebó conmigo.

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Recuerdo que fue en febrero: En una llamada por teléfono con mi hermana, me contó que en el Metro de París, Thomas, mi cuñado, había visto cómo los pasajeros se agolpaban en los extremos de los vagones: cual ovejas huían de la peligrosa presencia de personas de “apariencia oriental”. Se corría el rumor los chinos eran portadores de la terrible enfermedad respiratoria provocada por el “Coronavirus” (en esos días, confieso, la palabra era curiosa y no lograba memorizarla, a pesar de ser parecerme jocosa: “¿un virus coronado?; ¿el rey de los virus?”). Francia, la patria de Descartes, temblaba ante los orientales, no importaba que tuvieran varios años viviendo en su territorio, que fueran ciudadanos de la República o cuyos orígenes estuvieran en Vietnam, Camboya, Japón o Corea… Todos eran “chinos” y se les veía como peligrosos portadores del nuevo mal.

Creo recordar que mi hermana me contó que por esos días, una amiga suya, de origen chino, iba a celebrar su cumpleaños y que había mandado invitaciones a una legión de amigos y conocidos. Era una persona que no visitaba su tierra natal desde hacía varios años. Días antes de la celebración, las cancelaciones de algunos convidados llegaron en cascada.

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Tendría unos siete u ocho años. Ya sabía nadar. Ya conocía la asfixia y había aprendido más o menos a lidiar con ella. Y más que temer al agua, aprendí a gozarla.

Nuevamente, sucedió en un balneario: mi madre me dejó al cargo de mi hermana. Tendría que cuidarla en un chapoteadero. El charal que nacía en mí me pedía que diera una pequeña vuelta de crol.

Hice un pequeño acuerdo con mi hermana: me iría nadando a la mitad del chapoteadero; no me iba a tardar. Ella no se tenía que mover del pedestal donde se encontraba. Estuvimos de acuerdo.

Salí de flecha; sentí cómo el agua rozaba mi cabello, la nariz, las orejas. En unas tres brazadas llegué a la mitad del chapoteadero y me preparé a dar la media vuelta. Al emerger para dar mi giro, vi que no estaba mi hermana en donde la había dejado. Nadé lo más rápido que pude. Otra vez, el tiempo se dilató. Cerca de la orilla vi la cara de mi hermana: tenía los ojos desorbitados; braceaba, movía sus piernas; expulsaba por la boca pequeñas burbujas de aire. La levanté y ella escupió agua y lloró. Pan había jugado y se cebó con nosotros.

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A mediados de marzo de este año fue el cumpleaños de uno de mis tíos. Había lo que en México llamamos “puente” y vi la oportunidad de lanzarme a Cuautla para ver a mis padres, unirme a las festividades y ayudar en los preparativos. Fue una reunión agradable: hubo verduras al carbón, carne a las brasas, gallo en salsa roja, salpicón de venado; fresas con crema, agua de jamaica y buen mezcal de la sierra de Guerrero. El regreso a León fue por autobús. Era lunes. Temprano llegó un mensaje de que en la universidad no habría regreso a las actividades de manera “normal”: se suspendía el trabajo presencial en las aulas; el equipo académico-administrativo tendría que hacer guardias y esperar nuevas instrucciones.

En el paso por la Ciudad de México vi gente caminando con cubrebocas (pocas, por cierto). Mi familia y yo hicimos una escala para comer algo antes de tomar el autobús y nos acomodamos en un punto no muy concurrido de la cafetería, para evitar contactos. Cuando llegamos a la terminal, nos acomodamos tratando de guardar distancia de las otras personas. Al subir al vehículo, se nos puso gel en las manos; el personal usaba guantes de látex y mascarillas. Ese día viajé con aprehensión: ¿y si alguien en la unidad era portadora del nuevo mal?, ¿llegaríamos bien a casa? Tuvieron que pasar quince días para que se fuera descartando la capa de temor que se había formado, pero sobre ella se han ido agregando otras capas más.

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Recuerdo un sueño que tuve entre mi infancia y la adolescencia: “nadaba” por el aire. Cuando lo hacía de dorso, me ahogaba; al hacerlo de crol, respiraba. Creo que disfrutaba mirar hacia el suelo pero seguro me parecía mejor hacerlo hacia las nubes. A sabiendas del riesgo que tenía de asfixiarme, rotaba de cuando en cuando hacia el cielo y cuando la falta de aire se convertía insoportable, me contentaba con regresar la mirada a la tierra. Fue en una de esas rotaciones hacia las alturas que me quedé “atorado”: sin importar mis esfuerzos, no había manera de girar hacia abajo. La vista era hermosa pero ahí estaba la asfixia. Desperté dando una gran bocanada de aire. No recuerdo haber logrado recuperar el sueño esa noche.

Pan volvió a jugar y a cebarse conmigo.

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Ha sido “el virus chino”, “el castigo divino”, “venganza de la Naturaleza”; la “maquinación de corporaciones farmacéuticas”, “conspiración de los grandes capitales y gobiernos”; una “limpia demográfica”. Hay quien mira con desdén los acontecimientos porque “de algo nos habremos de morir”. Hay quienes se paralizan con solo pensar en ello.

La semana pasada escuché a una mujer que, protegida de pies a cabeza, a semejanza de los cuerpos sanitarios que atienden casos de COVID-19, hilaba teorías de la conspiración con datos verificados por la OMS y afirmaba haber visto de cerca los efectos del virus. Su discurso era oscuro. Vestía de negro.

Es curioso, pero las ciencias médicas, biológicas, las matemáticas, han estado muy presentes en estos días y han funcionado como bálsamo, aunque también han mostrado sus flancos expuestos. El cúmulo de información reunida es brutal; la velocidad como se aprende del virus es fascinante y el modo como se han creado redes de investigación es sorprendente. Hay una carrera desbocada por hallar una cura porque se sabe que esto no es un problema de unos cuantos, y que no distingue edades, origen, ni condición económica o títulos. Pero aún la brecha entre las certezas es breve; el terreno de las dudas, amplio.

Y nos preguntamos cuándo habrá de terminar esto y cómo está moldeando el mundo que habrá de venir. La moneda está en el aire.

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En los primeros días de la cuarentena visité la página del Museo del Prado. En el recorrido di con el cuadro de “Triunfo de la muerte”, de Peter Brueghel el Viejo. Sus imágenes me han acompañado desde que soy niño. Me sobrecoge que sea una obra que no pueda abarcarse con una sola mirada. Me impacta cómo se representa el embate de la muerte y el modo en que, de diferentes formas, la vida sucumbe a su paso.

Hoy he vuelto a pensar sobre el cuadro de Brueghel el Viejo. Y, otra vez, Pan juega y se ceba conmigo.



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Tarik Torres Mojica es profesor e investigador en el Departamento de Estudios Culturales de la Universidad de Guanajuato, Campus Leon. Sus intereses personales y de investigación se centran en la producción narrativa mexicana del siglo XXI y en las manifestaciones culturales recientes.


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