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Indagando con el cuchillo (de utilería) entre los dientes

Fernando Cuevas de la Garza
Knives Out, EU, 2019
Knives Out, EU, 2019
Indagando con el cuchillo (de utilería) entre los dientes


Los filmes y series detectivescas le deben mucho a la literatura: los investigadores del crimen más famosos que han desfilado por la pantalla, provienen en su mayoría de icónicos personajes literarios creados por algunos de los grandes autores del género y sus variantes, como Conan Doyle, Chesterton, Simenon, Christie, Hammet, Stout y Chandler, hasta algunos más recientes como Camilleri y Mankel, cuyos personajes fueron llevados a la TV. Otros son de origen fílmico o televisivo pero no niegan sus fuertes lazos con sus colegas de las novelas: ahí está J. J. Gittes, recorriendo el barrio chino, los de True Detective y los personajes de las películas de Shane Black, además de los provenientes de la comedia como Eddie Valiant, Ace Ventura y Daryl Zero, entre otros.

Escrita y dirigida por el versátil Rian Johnson (Brick, 2005; Asesino del futuro, 2012; Los últimos Jedi, 2017) con atinado manejo de las lógicas del subgénero e inyectando frescura a su desarrollo sin perder el sentido de relojería argumental, Entre navajas y secretos (Knives Out, EU, 2019) nos trae a Benoit Blanc (Daniel Craig, justo entre la astucia y la aparente distracción), un detective contratado misteriosamente para coadyuvar con la policía en la investigación de la muerte de un adinerado escritor de novela negra (Christopher Plummer, asertivo), acaecida la noche en la que cumple 85 años, rodeado de su familia y personal de apoyo, porque a fin de cuentas nadie sabe para quién trabaja.

Con un reparto al que se le aprecia disfrutando sus respectivos papeles y fungiendo como sospechosos con algún móvil en su contra, entre quienes figuran los hijos, yerno y nueras (Jamie Lee Curtis, Michael Shannon, Don Johnson, Toni Collette y Riki Lindhome), los nietos (Chris Evans, Katherine Langford y Jaeden Martell) y hasta su anciana madre silenciosa pero observadora (K. Callan) y la enfermera de confianza (Ana de Armas), se establece el conocido juego de quién es el culpable (whodunit), aderezado con el cómo y porqué murió el paterfamilias, de tal manera que nos vamos adentrando en un triángulo interrogativo para analizar motivaciones, intenciones, movimientos, alianzas y disputas soterradas.

Con referencias a este universo detectivesco, en el que se presenta una directa de Miss Marple, el guion se va entretejiendo en varios niveles apoyado por una dinámica edición, según las narraciones y perspectivas de los principales sospechosos (prácticamente todos, incluyendo al difunto) y las elucubraciones del detective, haciendo sonar una tecla del piano y construyendo sus deducciones a partir de métodos que solo él entiende. El escenario básico es la casona del patriarca con los recovecos, cuartos, ventanas y espacios propicios para desarrollar una trama de esta naturaleza, en la que un microcosmos revela conflictos generales, con sus distintos grados de intensidad, que surgen en las familias, sobre todo cuando hay negocios y fortunas por ser heredadas.

Muñeco derretido

No siempre la suma de talentos individuales asegura la llegada a buen puerto de un proyecto, sobre todo cuando las condiciones en las que se desarrollan las acciones no son favorables y los imponderables empiezan a hacer mella en la producción. Sucede también en el cine: véase el caso de El hombre de nieve (RU-EU-China-Rusia-Suecia-Japón, 2017), filme basado en la novela homónima de Jo Nesbø, séptima sobre el atormentado detective noruego Harry Hole, aquí enfrentándose, además de sus acostumbrados y persecutores demonios internos, a un asesino serial que aparece junto a las nevadas para cometer sus crímenes, dirigidos principalmente hacia mujeres con hijos y problemas matrimoniales.

Si la novela consigue establecer y desarrollar los esperados personajes, momentos y situaciones de enredo propias del género, denotando gran potencial para ser llevada a la pantalla, su contraparte fílmica navega con muchos problemas para construir una narrativa que alcance a amarrar todos los hilos, integrar las subtramas y consolidar los episodios centrales, sobre todo el del clímax y los relacionados con los caracteres secundarios. Además de crear algunas atmósferas de gélida y tensa belleza, entre parajes de contrastante blancura y locaciones urbanas rodeadas de inquietante neblina, la cinta consigue construir ciertos momentos de tensión, pocos, y desarrollar la trama principal con la suficiente lógica para ser, al menos, comprendida.

Pero al ver el personal involucrado y el desarrollo de la película, uno empieza a suponer que algo sucedió en el proceso de producción y en efecto, varias fueron las dificultades y eventualidades a las que se enfrentaron los responsables: Scorsese iba a dirigir pero tuvo que dejar la función quedando como productor ejecutivo; le entró al quite, un poco tarde, Tomas Alfredson, realizador de las muy estimables Déjame entrar (2008) y El hombre que sabía demasiado (2011), mientras que en la edición se mantuvo la brillante especialista Thelma Schoonmaker, responsable de varias películas del gran director ítalo-americano, y el guion corrió por cuenta de Peter Straughan (Frank, 2012), Hossein Amini (Drive, el escape, 2011) y Søren Sveistrup, con experiencia televisiva: o sea, no se trataba ciertamente de novatos.

Según se reportó en algunos medios, varias escenas originalmente escritas y planteadas ya no pudieron ser filmadas y, al parecer, tanto el director como la editora tuvieron que hacer malabares para poder armar un producto medianamente coherente, en un complicado ejercicio de corta y pega; sin embargo y a pesar de los esfuerzos, los huecos narrativos se van haciendo evidentes conforme avanza la historia, y por más intentos que se hacen, varios de los personajes no terminan por integrarse, ya no se diga desarrollarse. Pareciera que se forzó a los realizadores a entregar un producto con duración máxima de dos horas, cuando el material pudiera dar incluso para una miniserie o bien optar por sacrificar ciertos personajes y rutas secundarias.

Es por ello que, a pesar de contar con un gran elenco encabezado por Michael Fassbender como el detective en crisis permanente, acompañado por Rebecca Ferguson, Charlotte Gainsbourg, J. K. Simmons, Toby Jones, James D’Arcy, Chloë Sevigny, Jonnas Karlson y hasta un desfigurado Val Kilmer, no se terminan de dibujar con nitidez las características y las motivaciones de todos los involucrados en la serie de asesinatos y las indagatorias correspondientes, algunos incluso desapareciendo de la trama o con una intervención que se pudo haber evitado: resulta claro que el guion parecía proponer algunas otras situaciones que en el producto final se vieron mutiladas, provocando que el espectador se mantenga al margen y no quiera entrar a caminar por el delgado y peligroso hielo de la trama, cuyo prefacio es prometedoramente presentado en la película.

Se trata, en síntesis, de uno de los desperdicios más lamentables de los últimos años en materia fílmica, sobre todo si comparamos el potencial del material literario y el alto perfil de todos los participantes en el proyecto, con los resultados alcanzados expresados en la obra exhibida: de manera inevitable, las expectativas eran muy elevadas dado el personal involucrado (todo un posible dream team), en tanto el material entregado se quedó lejos de las posibilidades e imaginario que se había construido el respetable conocedor de los antecedentes artísticos de los miembros del equipo. La crítica cinematográfica fue más dura de lo habitual, justamente por el sentimiento de decepción que queda al término de la película: un muñeco de nieve derretido, apenas visible por la bufanda y reconocible por los granos de café tirados a su alrededor.


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