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ESTA CANCIÓN PODRÍA SER TU VIDA, LA NOVELA POR ENTREGAS, XXV

The end (The Doors, 1967)

José Luis Justes Amador

Jim Morrison
Jim Morrison
The end (The Doors, 1967)

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No sabía cómo había llegado hasta allí y tampoco sabía por qué quería quedarme a vivir allí para siempre. Pero sí que, tarde o temprano, tendría que preguntarme de qué iba a comer. No había un cajero automático en kilómetros a la redonda y tampoco tenía mucho dinero en la tarjeta, con lo cual eso no importaba tanto.

Miré el cuentakilómetros. Cincuenta mil exactamente. La realidad siempre nos sorprende con números completos. Tal vez fueran cuarenta y nueve mil ochocientos setenta y tres, pero sonaría peor. Incluso falso. Había abandonado intempestivamente ambos, los dos únicos trabajos formales que había tenido en mi vida. Y también los dos amores. Engañado sí, pero por imbécil. Y en el asiento trasero había un libro de Tocqueville que hablaba de las cárceles en Estados Unidos. Cómo había llegado hasta allí, tampoco lo sabía.

Me detuve un instante. De las nueve cosas que había mirado al despertarme no tenía la más remota idea de qué o cómo o por qué. Lo único que tenía seguro era que había gasolina suficiente para llegar a algún sitio civilizado.

Quería quedarme para siempre allí y, al mismo tiempo, necesitaba salir huyendo lo más rápido posible. Era imposible no acordarme de mis clases de cuántica. En esos momentos yo no podía saber ni dónde estaba ni a qué velocidad, y ninguna de las dos cosas me interesaba. Quería estar en movimiento pero sin rumbo fijo.

Sin un lugar donde lavarme la cara a la vista, introduje la llave en el contacto, aún con las legañas que no había logrado quitar con un fuerte movimiento de los pulgares. En lugar de seguir hacia adelante, decidí regresar. Desandar, descochear el camino que me había llevado hasta allí. La mejor manera de solucionar los problemas es siempre volver atrás, como quien pierde las llaves intenta encontrarlas rehaciendo en sentido inverso sus pasos. Y al final, tarde o temprano, aparecen. Ojalá las malas acciones fueran como las llaves.

Todo el camino, sin embargo, parecía nuevo. Era, lo sabía, el mismo de antes, pero visto desde otra perspectiva, la inversa. Debía haber algo en la explicación de los quarks que logre explicar la sensación, pero no lograba recordarla. Y tampoco hice mucho esfuerzo en lograr que volviera a mi memoria.

Entré al último pueblo que había cruzado en la ruta por donde había salido. Si antes lo había hecho de noche, ahora a pleno día parecía otro totalmente diferente. ¿Parecía diferente o era diferente? Paré en el primer puesto de comida callejera. No tenía hambre, pero el cansancio iba haciendo mella, no sólo en mi memoria sino en mi capacidad para manejar. Podía parar sin pensar pero no sin alejarme.

Pedí un café y de una ventana cercana salió, a demasiado volumen, tan alto que era imposible no darse cuenta o no reconocerla. En esa canción de un grupo famoso estaba la respuesta. Pagué la bebida y me monté en el coche segundos antes del grito desgarrador que sonaba a mitad de la canción. Debió coincidir con el arranque.

Había en el asiento de atrás una frase, o tal vez fuera una anécdota sobre el autor, que proponía que la libertad, como el amor, es todo cosa de recomenzar. Aunque, eso no lo decían esas palabras que estaban flotando en algún lugar de su memoria, la mejor manera de recomenzar es buscar donde se estropeó todo. Como encontrar el llavero que necesitamos.

Mi último pensamiento fue para Anne Sexton. El humo salía del tubo de escape del coche, más blanco que nunca. Y el horizonte parecía algo, aunque todavía no sabía qué.

 

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