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Familia de medianoche: precariedad emergente / Oscar Luviano

Oscar Luviano
Oscar Luviano
Familia de medianoche: precariedad emergente / Oscar Luviano


Hace algunos años, una docuserie argentina que versaba sobre las salas de urgencias de un hospital de Buenos Aires, produjo un especial sobre los sistemas de atención de urgencias en el mundo. En el segmento que abordaba a la Ciudad de México, resultó inevitable resaltar las particularidades del sistema de salud mexicano, y en particular del funcionamiento de las ambulancias.

La primera es que “hacían base” en la calle, a la espera de interferir algún llamado de auxilio en la frecuencia de la policía. Lo segundo es que, al menos la ambulancia elegida por la producción, iba llena de periodistas que, de esa manera, surtían la nota roja de primicias. También se mostraba el paseo de hospital en hospital, ante el abarrotamiento de las salas de urgencia públicas.

Unos 15 años después, el documental Familia de medianoche (2019), del cineasta norteamericano Luke Lorentzen, retrata la nueva normalidad del sistema de Urgencias en la Ciudad de México. El resultado es una inmersión al infierno del sistema de salud de una de las capitales más pobladas del mundo, en un proceso de precariedad y disolución ininterrumpido, que afecta a las víctimas de accidentes y actos de violencia en la vía pública y al personal encargado de atenderlas. Sin embargo, el documental también es un entrañable homenaje a las formas de sobrevivencia de las familias mexicanas.

Lorentzen sigue los recorridos nocturnos de la ambulancia privada (y casi pirata) de la familia Ochoa, una naciente dinastía de paramédicos hechos sobre la marcha. Aunque se adivina que tienen acuerdos en lo oscurito con clínicas privadas, la mayoría de las veces cobran a la gorra por sus servicios a los familiares de sus pacientes, que más de una vez se niegan a cooperar para el café, por más sacudidos que se encuentren por la desgracia.

La cámara sigue a los Ochoa (Rubén y sus hijos Fer, Juan y el pequeño Josué) en sus tediosas esperas de la petición de socorro en la radio o del pitazo de algún policía, y en sus raids entre las calles de colonias privilegiadas (La Roma, La Condesa, Polanco…) para ser los primeros en llegar y recoger a heridos de riñas, accidentes viales y toda esa gama de horror que ofrece la noche chilanga.

Y es que la competencia por el botín de esos cuerpos dolientes es fiera: al menos dos veces seguimos la carrera de los Ochoa contra otras ambulancias “privadas”.  En tres ocasiones, acudimos a sus enfrentamientos contra los policías que les piden los documentos de la ambulancia ¡con los heridos tendidos en la calle!

No sólo la extorsión policiaca es evidenciada, sin hacer hincapié, por Lorentzen: Juan sólo tiene 17 años y lo mismo maneja la ambulancia que atiende a heridos sin grado médico alguno, y todas las noches les acompaña Josué, un menor de edad que se niega a ir a la escuela (aunque es el único que tiene dinero en los peores momentos del clan).

También se puede hablar de la insistencia con la que los Ochoa sugieren a sus clientes la conveniencia del traslado a las clínicas privadas en lugar de las públicas (algo que en el tristísimo final del documental tiene cierto peso), pero ese sería, por una parte, obviar la absoluta ausencia de la salubridad pública en Familia de medianoche: filmado en 2018, el documental aclara en su principio que en ese entonces existían sólo 45 ambulancias públicas para la atención de emergencias en la Ciudad de México. Ninguna de las 45 aparece a lo largo del metraje.

Recalcar la denuncia social también nos obligaría a dejar de lado el retrato de las familias en resistencia que hace el director. La tensión por los pocos ingresos en una casa que casi carece de muebles, la ambulancia como la piedra seminal de una estirpe y la mística con la que los Ochoa dan sentido a su trabajo, son los mismos que enfrentan otras familias alrededor de puestos de tianguis o de otras formas de la informalidad, menos extremas, pero igual de ineficientes para abandonar la precariedad.

Quizá por ello abundan ecos del mejor retratista de clanes urbanos que podamos recordar: Martin Scorsese. Taxi Driver se replica en los escenarios urbanos y en la contrastada paleta de color (donde el blanco y el rojo de las luces de emergencia terminan por teñir el paisaje urbano).

Siguiendo el estilo del cineasta de Brooklyn, la cámara a bordo de la ambulancia de los Ochoa sabe retratar las muy mexicanas formas de relación de este clan de hombres (con acento en todas las veces que Josué termina por ser la voz de la razón), deja que Juan nos transmita su particular mirada sobre el dolor humano y, sobre todo, sabe crear momentos de absoluta contemplación, por ejemplo, al centrarse en el rostro impenetrable de Rubén durante las esperas o al encontrar la extraña simetría de la Ciudad de México, al fin despejada de exotismo.

Destaca, incluso, la manera en que sabe apartarse en respeto a las víctimas atendidas en la ambulancia.

Familia de medianoche tuvo un breve estreno comercial, y aunque ha ganado un rosario de premios, no ha tenido la difusión que se merece en nuestro país. Tal vez se deba, en parte, a que se suma a la gran oferta de documentales emparentados con la denuncia social (que ya engrosan un género en sí mismo, ante el aumento de la violencia y la impunidad en México). Y también, puede deberse a que no es un material tranquilizante en un momento en que abundan los vídeos en la redes sociales de familias llevando a sus enfermos de Covid-19 en autos particulares y taxis a los hospitales.

Familia de medianoche se estrenó bajo el mamoncísimo título de “Urgencia en el DF”. Se puede encontrar en algunas plataformas de streaming (como Ambulante), y rentar desde su página oficial.
 


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Óscar Luviano (Ciudad de México, 1968). Narrador y poeta. Cuentos suyos se incluyen en Nuevas voces de la narrativa mexicana (Planeta, 2003) y en Así se acaba el mundo (SM, 2012). Colabora en diversos medios y publicaciones.

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