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La inevitable levedad de la ciudad (o Del deseo de la presencia de su pasado en el siglo XXI) [II] / Héctor Gómez Vargas

Héctor Gómez Vargas

Calle Real de Guanajuato, actualmente Calle Madero (1915)
Calle Real de Guanajuato, actualmente Calle Madero (1915)
La inevitable levedad de la ciudad (o Del deseo de la presencia de su pasado en el siglo XXI) [II] / Héctor Gómez Vargas

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Experiencias concretas plantean nuevas preguntas, y las preguntas nuevas provocan nuevos caminos de investigación.
Reinhardt Kosseleck, Los estratos del tiempo, p. 48
 

Ya no es tan sencillo ver la ciudad global con todas sus intersecciones y divisiones, con aquello que desaparece o se expande. Para ver dónde estamos, nos volvemos a nuestras pantallas.
Nicholaz Mirzoeff, Cómo ver el mundo, p. 182.



 

El coleccionismo como síntoma

En uno de sus trabajos más memorables, Walter Benjamín escribió casi a mediados del siglo XX que París era la “capital del siglo XIX”. Para hablar sobre las ciudades globales en las primeras dos décadas del siglo XXI, el teórico de las culturas visuales, Nicholas Mirzoeff, escribió en su libro Cómo ver el mundo[i] que París en la actualidad es el “mayor museo del mundo, el museo del siglo XIX”. Y agrega:

Como captara estupendamente la exitosa película de Woody Allen Midnight in París (2010), muchos turistas acuden en busca de una ciudad que desapareció hace mucho tiempo, ya sea en la época surrealista de la década de 1920 o en el apogeo impresionista en torno al año 1870.

La afirmación de Mirzoeff tiene varias repercusiones para la cultura contemporánea. Una de ellas es aquello que decía Hans Ulrich Gumbrecht en relación con una “crisis de la representación” que se gestó alrededor de 1800, desde la cual la cultura desarrolló una “renovada nostalgia por la presencia real, una nostalgia a la cual múltiples dispositivos dedicados a la producción de presencia responden sin poder satisfacerla nunca por completo”[ii]. Por ello, el París del siglo XIX se constituyó como un dispositivo para una “renovada nostalgia”, sin que nunca la pueda satisfacer completamente, por lo cual, dice nuevamente Mirzoeff, ese París tenía en su espacio urbano un “poder cultural” a quien lo veía, aún sin ser consciente de ese poder al contemplarlo, pero, también, el París museo guarda propia relación con su historia, ya que si es “tan popular es porque ofrece una visión nostálgica de una vida urbana hace mucho tiempo desaparecida”.

Otra consecuencia de la afirmación de Mirzoeff es que el tipo de presencia del pasado en la actualidad de la cultura es uno de sus rasgos que definen una nueva manera de estar y de experimentar el tiempo contemporáneo. La figura del turista que va a París en busca de un pasado que ya no es, ni está presente como lo estaba en el siglo XIX, es un ejemplo de algo que sucede en muchas ciudades en el mundo, en el aquí de un mundo global. En esas ciudades, el pasado que parecía que había perdido su brillo e interés, que era algo que había quedado atrás, en otra parte del tiempo, retorna, pero lo hace para conformar un diseño, una imagen, una experiencia del presente. El presente actual lo es porque el pasado interviene en él y lo hace parecer como algo muy actual.

Un lugar donde se manifiesta ese presente cultural, que, como el espacio urbano de París del siglo XIX, tiene un “poder cultural” al observarlo, es la cultura visual contemporánea, en parte ese fenómeno que Gilles Lipovetsky y Jean Serroy han llamado como la “estetización del mundo”[iii]. No es solamente la importancia que ha tenido la cultura visual en tiempos de lo global, sino que la economía que atraviesa por la cultura de los medios digitales e interactivos. Aquello que algunos nombran como cultura transmedia, ha encontrado en los residuos del pasado de la cultura un mercado amplio y creciente, por la manera como las personas de distintas generaciones valoran sentimental y económicamente objetos y representaciones que fueron o se convierten en importantes para ellos. Y un punto muy importante: se despierta en ellos el deseo por poseer ese pasado, a la manera de un coleccionista de pasados.

Es por ello que Henry Jenkins, Sam Ford y Joshua Green[iv] hablan de la figura del coleccionista como uno de los síntomas culturales de lo que pasa en varios ámbitos de la cultura contemporánea.

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Los dispositivos del pasado de la ciudad
 

 

Sin embargo, el problema consiste en que, al parecer, no estamos ni equipados ni preparados para esta actividad de pensar, de establecernos en la brecha entre el pasado y el presente.
Hannah Arendt, Entre el pasado y el futuro, p. 28

 

En la ciudad de León, ¿cuándo comenzaron las personas a coleccionar el pasado de la ciudad, como una forma de valorarlo sentimental y económicamente, como una forma de vincularse con su ciudad que está desapareciendo para ser otra cosa?

La ciudad de León no fue la “capital del siglo XIX” (ni hoy en día puede ser considerada una ciudad global). Pero en ese siglo fue cuando se configuró como una ciudad histórica. En su libro León entre dos inundaciones, María de la Cruz Labarthe hace una observación importante: entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, “León había madurado lo suficiente como para ser capaz de estudiar ella misma su propia situación y las características de su hábitat”[v]. Es decir, en ese periodo de tiempo, en la ciudad había una complejidad tal que necesitaba generar información sobre sí misma como un procedimiento para observarse a sí misma. Por ello Labarthe menciona que en ese periodo de tiempo aparecieron personas “capaces de observar metódicamente su hábitat y de registrar y de transmitir los resultados de sus estudios y trabajos”, como fue el caso del documento El clima y el régimen pluviométrico de León deducido de 27 años de observaciones (1874-1904), elaborado por Mariano Leal, el primer director del observatorio metereológico de la ciudad.

Desde la segunda mitad del siglo XIX la ciudad comenzó a observarse al generar documentos que daban cuenta de ella, y de ahí provienen algunas descripciones de diversos aspectos de la ciudad, pero igualmente de su pasado, como fue el documento del presbítero Luis Manrique, “Brevísima relación histórica de la fundación, el progreso y el estado actual de la ciudad de León”, publicada en 1854. Estos tipos de documentos dan cuenta de un momento de ruptura de la ciudad con su pre historia para dar cuenta de las transiciones hacia una ciudad histórica, la que se conoció a lo largo del siglo XX como la ciudad típica, tradicional y provinciana, esa que mantuvo esos rasgos hasta finales de la década de los ochenta cuando la ciudad comenzó a ser otra cosa, algo que la llevaría a la condición de una metrópoli, cuando dejó de ser una ciudad. Ahí inicio otro momento para observarse a sí misma y observar su pasado, y para hacerlo hubo de reconocer en la ciudad aquello que permanecía en condición de archivo: la información que era posible recuperar para observarse en un nuevo entorno en el siglo XXI.

El asunto ha sido ese: encontrar documentos generados en siglos pasados, acceder a ellos, realizar reflexiones varias para desde ahí pensar el ahora de la ciudad. En su libro de memorias, Toribio Esquivel habla de los profesores de la Escuela de Instrucción Secundaria y cuando aborda la trayectoria de José García Saavedra menciona, además de un manual de cronología y de unos breves apuntes históricos y estadísticos de la ciudad de León, “la edición se agotó o más bien se perdió como se ha perdido todo lo que en León se ha escrito”. La observación “como se ha perdido todo lo que en León se ha escrito”[vi] es el reverso de lo señalado por Labarthe: en el siglo XIX se elaboraron documentos sobre la ciudad, pero hay pocos se conserven y sean accesibles de manera pública y generalizada. O han sido destruidos, olvidados, guardados o escondidos, o descuidados, en archivos particulares.

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Los privilegios de la vista
 

En México, la fotografía empieza siendo mero recuento, un testimonio sin otra pretensión que la de aclarar imágenes fundamentales: cómo son los pobres, cómo podemos ver nuestra dignidad y nuestra altivez, cómo son nuestros paisajes naturales y urbanos.
Carlos Monsiváis, Maravillas que son, sombras que fueron, p. 12


 

En el artículo “Algo nuevo acerca de las flores”[vii], Walter Benjamín habla sobre la fotografía temprana y cita a Moholy Nagy, quien dijo:

Los límites de la fotografía no se pueden predecir. En este campo todo es tan nuevo que hasta la búsqueda ya conduce a resultados creativos. La técnica es, obviamente, la que va abriendo el camino para ello. El analfabeto del futuro no será el inexperto en la escritura, sino el desconocedor de la imagen.

En el ahora de la cultura, la imagen y la visualidad han adquirido un valor y una importancia tal que quien las desconozca puede pasar como un “analfabeto”. El asunto no es tan simple como lo planteó Nagy, pero lo visual es un asunto de la comunicación contemporánea, y uno de los procedimientos para el acceso al conocimiento científico, social e histórico, por ello el tema de los archivos, los dispositivos y las interfaces son fundamentales en el tiempo y la sociedad reciente y actual.

Debido a ello, hacer presente el pasado de la ciudad atraviesa por recuperar documentos visuales, o por tornar visual aquello que remite a las diversas escalas y estratos de su pasado, de sus pasados. Recuperar imágenes del pasado y/o hacer visible a la ciudad es fundamental en tiempos de quien colecciona su pasado, porque encontrar un documento, una imagen, es prueba del reconocimiento de que ese pasado fue real, la revelación o el hallazgo para mostrar lo propio, lo que tenía valor y permanece o ha desaparecido.

En su libro sobre el fotógrafo guanajuatense Romualdo García, Claudia Canales[viii] habla sobre las primeras noticias que se encuentran de personas que comenzaron a tomar fotografías en la ciudad de Guanajuato. Dice que para el año de 1852, Francisco Leal del Castillo, quien ocupó varios cargos públicos después de participar en el Congreso Constituyente de 1857, empezó a tomar fotografías de la ciudad de Guanajuato. “Sus calotipos, nombre dado a las fotos tomadas según el procedimiento de Fox Talbot, constituyen interesantes muestras de una joven fotografía provinciana salida de la afición de un guanajuatense cuyos intereses eran básicamente de otro tipo”. Canales comenta que el interés de Leal del Castillo por los procesos fotográficos le era importante porque encontró “un medio ideal para desarrollar su naturaleza de hombre inquieto”. Y, a continuación, agrega:

La relación entre el quehacer fotográfico y la vocación científica se mostraría otra vez con claridad no sólo en el caso de Vicente Fernández, sino también en el del propio hijo de Leal del Castillo. Mariano Leal y Zavaleta, físico y meterológo que viviera, a decir de sus coterráneos, ‘en la plenitud de la ciencia’, tomó innumerables fotografías en Guanajuato y León desde los años ochenta, es decir, justo por el tiempo en que Romualdo García abría su estudio en Cantarranas. Aunque las inquietudes características de su profesión lo llevaron más que nada a plasmar fotográficamente ciertos fenómenos metereológicos, Leal y Zavaleta se abocó también a la tarea de escribir un libro sobre el ‘arte fotográfico’, misma que abandonó cuando cayó en sus manos El fotógrafo retratista, pequeña obra de C. Klary que el físico optó por traducir del francés. El librito de Klary, escrito probablemente a principios de los años setenta con el propósito de ‘inculcar a los fotógrafos […] algunas reglas y principios artísticos’, fue publicado en la ciudad de León en 1892, en la traducción castellana de Mariano Leal. El hecho, además de sugerir la existencia de un mercado para la venta de obras de ese tipo, ilustra claramente la preocupación fotográfica por parte de los hombres de ciencia de la época (p. 22-23).

La postal que describe Claudia Canales de la presencia de la fotografía en la ciudad de Guanajuato implica un periodo de tiempo que abarca, por lo menos de 1852, cuando Francisco Leal del Castillo emplea el calotipo, hasta 1892, cuando su hijo, Mariano Leal y Zavaleta, traduce y publica en la ciudad de León el libro de C. Klary. Hay en ese periodo varias historias locales y foráneas que se conectan y que dan sentido del por qué algunas personas, a mediados del siglo XIX, se encuentran con los daguerrotipos, ambrotipos, calotipos, que introdujeron franceses, ingleses y norteamericanos, se entusiasman con su encuentro y deciden hacer algo con ello.

Falta un trabajo sobre la historia de la fotografía en la ciudad de León, pero las referencias que ofrece Claudia Canales manifiestan la presencia de fotografías en la ciudad a finales del siglo XIX, al igual que un entusiasmo por un grupo de personas que, incluso, llevan a publicar un libro en la imprenta de la Escuela de Instrucción Secundaria. La presencia de fotografías de la ciudad en esos momentos es importante porque implica que, junto con el desarrollo de la imprenta y la litografía desde mediados de ese siglo, hubo una serie de testimonios, como los de la prensa, por los cuales se podía a acceder a dispositivos para informarse, ver y pensar a la ciudad. Su rescate es uno de los rasgos más destacados de los coleccionistas del pasado de la ciudad.

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La ciudad del pasado: la matria como pedacera
 

 

La historia matria exige un estilo hijo del sentimiento.
Luis González, Terruño, microhistoria y ciencias sociales, p. 31

 

Si va Ud. hoy a la Verbena en el Parque, no deje de
saborear los exquisitos “PONCHES CALIENTES” y
las sabrosas “ENCHILADAS” que ahí se expenden.

Anuncio de El Obrero, 25 de enero 1913

A lo largo de su libro de memorias, Toribio Esquivel señala la falta de interés de la gente de la ciudad por su pasado, o por conservar lo que se sabe de éste. Pero igualmente, en varios pasajes menciona o sugiere lo entrañable que era la ciudad de antes de la llegada de la modernidad. Lo que se devela a lo largo del libro es una serie de contradicciones en la actitud y en la forma de experimentar la ciudad, y en todo ello queda claro que hay un vínculo afectivo importante. Muy importante.

Esquivel era un hombre ilustrado de su momento, y el ámbito de las ideas y del conocimiento era muy importante para él. Desde ahí evaluaba a las personas y su actitud hacia la ciudad, y veía que no les importaban las obras del espíritu. Pero igualmente señala a personas inquietas y preocupadas por dar cuenta y dejar constancia escrita de lo que había sido el pasado de su tierra, y en ello había un interés que recuerda al vínculo de la matria y el microhistoriador, de la que habló el historiador Luis González, esas personas que tienen un encuentro temprano en su infancia con la historia de su territorio, y desde ahí aparece un vínculo muy especial: dar cuenta de los “hombres de carne y hueso”, más que explicaciones y razones de por qué sucedieron las cosas como sucedieron. De esos hombres que se convierten en los micro-historiadores de sus terruños, González expresa:

Permítame repetir: “Emociones, que no razones, son las que inducen al quehacer microhistórico. Las microhistorias manan normalmente del amor a las raíces”, del amor a la madre. “Sin mayores obstáculos, el pequeño mundo que nos nutre y nos sostiene se transfigura en la imagen de la madre […] Por eso, a la llamada patria chica le viene mejor el nombre de matria”, y a la narrativa que reconstruye su dimensión temporal puede decírsele, además de microhistoria, historia matria. En la gran mayoría de nuestros cronistas locales anida el “mamaísmo”, el amor impetuoso al ámbito maternal. El microhistoriador espontáneo trabaja “con el fin, seguramente morboso, de volverse al tiempo ido, a las raíces, al ilusorio edén, al claustro del vientre materno[ix].

Hay en esa visión de Luis González, del historiador de la matria, algo que recuerda al acto de coleccionar, y del coleccionista. Walter Benjamin, en su famoso ensayo “Desembalo mi biblioteca”, hablaba del coleccionista de libros y decía: “Toda pasión, sin duda, confina con el caos, y la pasión del coleccionista confina con el caos del recuerdo”[x]. El coleccionismo es una reacción al paso del tiempo, a los cambios y a un intento por crear un tiempo paralelo donde el pasado pueda ser conservado, y que quien lo colecciona pueda regresar a él para encontrar un sentido al cambio del mundo exterior y de su propia vida. Philipp Blom escribe en su libro El coleccionista apasionado, de esos primeros coleccionistas de objetos valiosos de las culturas del mundo, que creaban sus propios espacios, sus museos individuales, para guardarlos, algo que se desarrolla a través de una pasión: conservar, ordenar, disfrutar. Y en ello hay una especie de evocación, de regresión, de visita a la infancia, como lo señala el mismo Benjamín y Jean Baudrillard en su libro, El sistema de los objetos.

Es una tendencia, guardadas las proporciones y las circunstancias, con la reacción del amante de la matria que decide trabajar para conservar recuerdos, emociones, sensaciones, sucesos, personajes, de todo aquello que era propio de su terruño y le daba, más que sentido, un vínculo que ataba a su tierra y a su gente. Cuando Luis González habla de los historiadores de la matria los ubica como esos historiadores anticuarios de los que hablaba Nietzche[xi], y los clasificaba como los historiadores “tradicionales”, aquellos que “juntan pedacera de testimonios históricos a fuerza de tijeras y engrudos”, y de los que trabajan a la manera de cronistas y de narradores de “acontecimientos, periodos, vidas de personajes, guerras, mudanzas de los órdenes económico, social y cultural”[xii]. Como el coleccionista que trabaja sobre la pedacera de objetos y recuerdos, el historiador anticuario, el cronista y narrador de leyendas y sucesos del pasado, trabaja con la pedacera de su matria.

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El ahora de la matria: después de la ciudad histórica
 

Los jóvenes de ahora no serían capaces de comprender, por estar familiarizados con las maravillas de la actualidad, la impresión y el asombro que a nuestra infantil inteligencia causó la luz eléctrica, que tomábamos como cosa de fábula o fantasía.
Federico Phols. Añoranzas y recuerdos de León, p. 37

El historiador Luis González expresaba en los inicios de la década de los noventa del siglo XX que hasta “hace poco, no más de 30 años, la mayoría de la gente mexicana provenía de terruños”. Decía:

Los terruños, parroquias o municipios, según lo veo a partir de mi patria chica o matria, son espacios geosociales que tienden a perder en estos tiempos de comunicaciones masivas y transportes rapidísimos su ser en plenitud, que quizá desaparezcan en los próximos años, pero que todavía imprimen su marca a la mayoría de los mexicanos actuales, principalmente a los millones de mexicanos que han sufrido el doble destierro de su matria y de su patria, de su terruño y de su nación, como los que trabajan en tierras estadounidenses[xiii].

El señalamiento de Luis González es importante porque habla de la matria como ese ámbito de la ciudad histórica que se edificó en los siglos pasados, y que comenzó a declinar entre las décadas de los cincuenta y sesenta del siglo XX, de esa ciudad histórica que cubría a casi todo el territorio nacional, y del cual provenía la mayoría de sus habitantes

Algo sucedió en el país en ese periodo de tiempo indicado por Luis González donde las tradiciones y la fisonomía de las ciudades tradicionales comenzaron a modificarse. A mediados de los cincuenta, Federico Pöhls publicó un libro de un viaje que hizo a la ciudad de León, después de más de cuarenta años de haberse marchado por causas de la Revolución Mexicana. En varios lugares del libro habla con gran nostalgia al recordar ambientes, sonidos, personas, sabores, luces y sombras, rutinas cotidianas, y en algunas de esas añoranzas expresaba que los jóvenes de esos momentos, de mediados de los cincuenta, no podrían entender, sentir ni reconocer, lo que era ser parte de la ciudad de su infancia a principios del siglo XX.

Fue en esa misma época, en 1948, cuando se fundó el Archivo Histórico Municipal de León, bajo la iniciativa y figura de Vicente González del Castillo, quien fue el primer cronista de la ciudad. La emergencia del Archivo Histórico y la aparición del primer cronista de la ciudad recuerdan un tanto la observación de Esquivel en relación con que sólo un grupo de personas se interesaba por conservar y dar cuenta del pasado de la ciudad y, en cierta forma, es algo de lo que igualmente señala Luis González sobre el poco interés por la historia en general en el país y en los terruños, un asunto de pocos, todavía a principios de los noventa[xiv]. Ese interés de pocos fue vigente y era visible en la dinámica y alcance del mismo Archivo Histórico, así como en la misma figura del cronista de la ciudad que mantenía el vínculo con el pasado de la ciudad, como fue posible ver en el último de los cronistas, Carlos Navarro Valtierra y en la ponencia que se imprimió a la manera de un pequeño cuaderno titulado Así era León, donde evoca el pasado de la ciudad de su infancia que, conforme avanza en la crónica, la nostalgia aparece y hace emerger un mundo ido.

Por ello, lo que parece sorprender en los años recientes es el interés de muchas personas por ese pasado y por hacerlo visible a través de las redes sociales, en páginas y cuentas de Facebook, por decir sólo una de las redes sociales empleadas, donde se promueve y adquiere distintos tipos de valores el pasado y presente de la ciudad, su cultura y su tradición, su patrimonio monumental e inmaterial, y donde llegan a formarse comunidades de seguidores de más de 30,000 personas, de la ciudad y fuera de ésta, personas que viven en el extranjero o en otras ciudades del país. Con todo ese movimiento, las palabras de Luis González, cuando dice que, con todo y que las matrias ya no son lo que eran hasta la mitad del siglo pasado, la expresión “todavía imprimen su marca a la mayoría de los mexicanos” adquiere sentido.

Uno de los rasgos más destacados de grupos de Facebook que se abren para compartir archivos diversos sobre los pasados de la ciudad, es un tono y un ambiente de entusiasmo y fervor por compartir algo de las personas que se integran a los grupos. Un sentimiento grupal de sentirse parte de una o de otra manera de ese pasado, y una de las maneras como lo hacen es compartiendo documentos que parecían perdidos en muchos casos, o triviales o intrascendentes en otros. Es como si en ese entusiasmo los archivos individuales y familiares se revisan y se encuentra que en esos objetos y documentos que antes no tenían un valor, porque se había perdido con el tiempo, ahora lo recuperan y en algunos casos tienen alta estima: fotografías familiares, libros con fotografías del pasado, imágenes que se encuentran en archivos digitales públicos —uno de ellos el de Google Imágenes-, objetos como periódicos, revistas, portadas de discos, fichas y envases de refrescos y de leche, por decir sólo algunas cosas.

En algunos casos, sobre todo quienes administran o dinamizan charlas, suben alguna imagen de la ciudad de los cuarenta o de los cincuenta, mientras se preguntan qué sucedió con la ciudad, manifestando inquietudes ante las incertidumbres de la ciudad en el presente, y se expresa que la ciudad del pasado era mejor, más mágica, más interesante, seguido de una alta cantidad de comentarios que se suman a los comentarios y expresan similares sentimientos.

Esa pasión por la ciudad que se manifiesta en redes sociales, que no es exclusiva de ésta, es un resultado de varias cosas. Una de ellas es el reconocimiento de que esa ciudad histórica ha pasado, ha dejado de ser, y de que es posible recuperarla a la manera de un archivo para dar una imagen de la ciudad y construir una imagen idílica, casi a la manera de una ciudad que descubre una vocación de interés turístico o algo parecido. Y en ese interés se observa uno por buscar lo que ha sido y sigue siendo la identidad de los leoneses, de esa identidad histórica que se forjó en otros siglos. Eso es parte de lo que ha emergido con la sociedad global y con las redes sociales: han propiciado una especie de movilización de personas que exploran, rescatan, difunden sobre aspectos diversos de la ciudad, donde, por momentos, parece que la función del Archivo Histórico de León se ha desplazado a las redes sociales, y donde se asoma un grupo de cronistas de la ciudad, de esos que cobran un gran sentido dentro de las redes sociales digitales.

Héctor Gómez Vargas
Julio 2020
León, Guanajuato



 


 

 

[i] Mirzoeff, N. (2016). Cómo ver el mundo: Una nueva introducción a la cultura visual. México, Paidós, p. 152.

[ii] Gumbrecht, H. U. (2007). Los poderes de la filología. México, Universidad Iberoamericana, p. 23.

[iii] Lipovetsky, G. y Serroy, J, (2015). La estetización del mundo: Vivir en la época del capitalismo artístico. Barcelona, Anagrama.

[iv] Jenkins, H., Ford, S. y Green, J. (2015). Cultura Transmedia: La creación de contenido y valor en una cultura en red. Barcelona: Gedisa.

[v] Labarthe, M. de la C. (1997): León entre dos inundaciones: México, La Rana, p. 45.

[vi] Esquivel, T. (1992). Recordatorios públicos y privados: León, 1864-1908. México, Universidad Iberoamericana, p. 153

[vii] En: Benjamín, W. (2007). Sobre la fotografía. Valencia, Pre-Textos, p. 12

[viii] Canales, C. (1998). Romualdo García. México, Ediciones La Rana, p. 22

[ix] González, L. (1991). “Terruño, microhistoria y ciencias sociales”, en Pérez Herrero, P. (compilador), Región e historia en México. México, Instituto Mora y Universidad Autónoma Metropolitana, p. 27-28

[x] Benjamín, W. (2018). Desembalo mi biblioteca. Barcelona, José J. de Olañeta Editor, p 33

[xi] González, L. (1982). Nueva invitación a la microhistoria. México, SEP, p. 31

[xii] González, L. El oficio de historiar. México, El Colegio de Michoacán, p. 23

[xiii] González Luis (1991), “Terruño, microhistoria….”, p. 24

[xiv] González, L. (1992). “La historiografía que nos rodea”, en El historiador frente a la historia. México: UNAM.



 

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