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CUENTO

Un atípico 13 de junio para José Evaristo Ron

Marina Porcelli

Tachas 381
Tachas 381
Un atípico 13 de junio para José Evaristo Ron

a Eduardo, claro.

Esta vez, al acomodarse el elástico del corbatín debajo del cuello duro de la camisa, José Evaristo Ron oyó las palabras con la actitud de un hombre que confirma su derrota:

—No voy a discutir, amigo —Guillermo Resk, luego de su repentina aparición en la sala, se había acercado lo suficiente como para que Ron, pese a su miopía, pudiera distinguir cada irregularidad del bigote rubio—, pero sepa que usted está muerto en la terraza.

Que justo el día en que cumplía cuarenta años, José Evaristo Ron encontrara, en los avisos necrológicos de El vespertino, a otro Ron, desconocido y muerto en la ciudad de Buenos Aires: vaya y pase. Que después, al entrar a su casa, se topara con una especie de fiesta sorpresa, ya le pareció demasiado y sin embargo, Ron se convenció de que debía soportar la fiesta lo mejor posible, porque, claro está, había que salir airoso del enredo. Aunque tal vez, sólo se trataba de una reunión organizada por Elisa. Una reunión siniestra, si miramos el caso, dado que él no conocía a nadie, pero tampoco Ron podía descartar el hecho de que si su mujer se presentaba ante los invitados vestida de entre-casa, con los ruleros puestos y un déshabillé de tela de nailon fucsia, entonces ella también había sido sorprendida por el asunto.

Sin embargo ahora, ya sin Elisa a su lado y ante la mirada vigilante del hombre bajito con ojos como témpanos, al escuchar las palabras de Guillermo Resk, mientras el resto de los invitados con traje se apiñaba en la sala, José Evaristo Ron no encontró otra salida más que la resignación absoluta que da la derrota. Una actitud que le permitió no considerar del todo esas palabras, como si el dejarse llevar por la situación generara una corriente de aire sosegado y puro que pasaba justamente bajo su nariz.

A pesar de su manía por los avisos necrológicos, sobre la muerte, en realidad, Ron reflexionaba pocas veces. De joven y como todo joven, había decidido matarse, pero tener que pautar de antemano la hora y el día de su muerte le permitió no ir a morirse nunca. Después, el tiempo había pasado desaforadamente rápido y la muerte había quedado reducida a ese tipo de cosas que sólo le ocurrían a los otros. En cambio, su amigo Guillermo Resk, sí que pensaba mucho en el tema y hasta hablaba continuamente de ello. Al hacerlo, se llevaba el dedo índice al bigote, rumiaba un arrastrado mmm durante las pausas como si quisiera atrapar algún pensamiento importante, hasta que al final, siempre sentenciaba lo mismo. Se vive, decía, como un absoluto resignado. Conclusión que sin embargo no invalidaba la perorata posterior acerca de la trasmigración de las almas, los círculos pitagóricos y el Hombre que es Uno y el Mismo; perorata a la que Ron, sin entender muy bien qué quería decir Resk con tanto palabrerío inútil, contestaba de manera tajante cada vez que el otro le pedía su opinión.

—Demasiada filosofía —respondía Ron irritado, ya que en el fondo no le gustaban las personas que, mientras piensan, exageran su gesto de pensar—; yo no hago más que vivir.

Y así como Elisa parecía no comprender del todo que a su marido cualquier cosa en manada —sean animales o personas— le provocaba una especie de sofocón en el cuerpo, le impedía reflexionar tranquilamente, lo intimidaba a veces, y a veces también llegaba a marearlo con tanto movimiento; José Evaristo Ron parecía no comprender en absoluto las preocupaciones cuasi filosóficas de Guillermo Resk, ni su serie de maneras extravagantes, entre las que resaltaba, además del uso innecesario de un bastón, la falta de tuteo.

Los veinte hombres habían salido en fila india del dormitorio de los Ron y ahora daban hurras junto a la repisa, entre la mesita de café y los sillones y por delante de los cuadros, como una eufórica masa humana. Cada uno frotaba sus manos, sus codos, su cadera y sus piernas contra otras manos y codos y caderas y piernas; confundían su propio cuerpo con todos los demás cuerpos. Elisa recibió a su marido en la puerta de entrada, atravesó el pasillo con los brazos en jarras e indicando con el mentón hacia delante, señaló:

—Ahí están tus amigos.

Al oír esto, Ron pensó que no hay peor disgusto que el festejo en tu casa: la gente puede asaltarte desde los rincones más inesperados, cambian los objetos de lugar, preguntan cosas absurdas como de dónde sacaste semejante alfombra o por qué tenés ese florero sobre la mesa si en la repisa del dormitorio quedaría divino. Pero sus pensamientos se detuvieron al chocar con lo que ocurría en la sala. A causa de la verborragia mezclada con los ojos que lo acechaban, ahora la sala parecía a punto de rebalsar, y cuando nadie supo entonces si cada respiración, cada estornudo, o los ruidos que imprevisiblemente hace el estómago correspondían a este hombre o a aquél, de las filas que arrinconaban a Ron, se desprendió un hombre bajito con los ojos como témpanos. Al acercarse, había ido agitando los brazos para acallar la alegría general y luego, con la cara a pocos centímetros bajo la de su anfitrión, le habló directamente a él.

—Usted —dijo el hombrecito y con su puntiagudo dedo índice picoteó la mejilla de Ron—, usted es la piedra angular de todo este rompecabezas.

Ron corrió cautelosamente el dedo fuera de su cara, tragó saliva y respondió:

—¿Yo qué soy? ¿Quién soy?, quiero decir.

—Usted es José Evaristo Ron, ¿no es cierto? —siguió el hombre bajito y hundiendo de nuevo su dedo, sonrió satisfecho al ver que el otro asentía con la cabeza— ¿por qué me lo pregunta, entonces? Usted es la célula madre, el epicentro causal, el omphalos plateado en el que se refleja nuestra eternidad.

Hizo un amplio ademán con el brazo para abarcar a todos los hombres de la sala, y todos los hombres de la sala, al sentirse abarcados, apoyaron la moción con un ¡sí! entusiasta.

—El hombre común, el que la gente llama, un poco tristemente, un cualquiera o tipo del montón, no sólo es igual a todo el mundo, sino que, como cree encontrar en él ciertas características que juzga excepcionales, esta opinión, naturalmente, lo asemeja aún más a todo el mundo.

Mientras hablaba, el hombre bajito había sacado del bolsillo de su pantalón un collar de flores de plástico negro y, ya en puntas de pie, sin hacer caso a las protestas de Ron, se lo colgó del cuello. Enseguida Ron cambió de táctica y abandonó su pataleo. Para empezar, no podía ser a él a quien estos hombres buscaban. Si en la sala había una confusión, una confusión siniestra por lo demás, lo mejor era quitarse el collar, agradecer el agasajo y terminar de una vez con un redondo discurso de defensa. Esto había pensado Ron y cuando lo seguía pensando, descubrió a Elisa que, entre la primera y la segunda fila, repartía en una bandeja canapés, sandwichitos de miga y vasos con coca-cola. Y al descubrirla, Ron se descorazonó. Por qué estaba vestida de esa manera, punto uno; por qué no la inhibía mostrarse con ese déshabillé medio transparente delante de los demás, punto dos; y punto tres —a esta altura del razonamiento lo mejor era admitirlo sin vueltas—, si la reunión la había tomado por sorpresa o no, no importaba, ya que Elisa parecía encantada con su papel de anfitriona en la fiesta. Ahora a él, ¿qué le quedaba por hacer? Acercarse, pedir explicaciones disimulando sus celos, y tomar cartas en el asunto. Sin embargo, Ron alcanzó a dar únicamente un paso. No bien inició el movimiento de adelantarse, los ojos de la multitud hirvieron con la agilidad enloquecida de las burbujas en una olla a presión. Y él supo que estaba frustradamente solo ante esa ebullición que ni por asomo iba a dejar de vigilarlo.

—Ipso facto —parloteaba ahora el hombre bajito, volviendo a taladrar el cachete con su dedo—, usted ha hecho muchas cosas por nosotros. Y como no hemos querido despreciar los incisos vigentes que han de significar un importante cambio para la concepción del mundo en general, ¿qué le pasa? ¿se siente mal?

Un segundo antes Ron, abrumado, se había dejado caer contra una de las paredes, con los ojos fijos en el parqué, las manos bien hundidas en los bolsillos. Así, medio desplomado en el borde de la sala, balbuceó algo con los dientes apretados, en un tono bastante alto, sin embargo, como para obtener una pausa del hombre bajito y un consiguiente derretimiento de su mirada gélida. Y del resto, luego de atorados ¡oh! de sorpresa por las bocas llenas, la interrogación silenciosa de docenas y docenas de ojos abiertos de par en par.

—Yo no soy —había balbuceado Ron.

—Vamos, vamos, lo comprendo —contestó enseguida el hombre bajito— pero no hay por qué reaccionar así. Falta que se ponga a hacer puchero como los chicos en el rincón. Y ninguno de nosotros quiere que usted llegue a eso. Tanto festejo, tanta emoción a los cuatro vientos y apoteosis de la que humildemente no se cree digno, lo deben haber cansado un poco. Eso le sucede y nada más, ¿coincidimos todos o no coincidimos?

—¡Coincidimos! —respondió el aullido general.

Aunque en realidad la coincidencia, primero, había sido aceptada por las filas de adelante y luego se sumaron al coro, con unos segundos de retraso, las voces de atrás y las de más atrás, hasta que la sala pareció transformarse en una asamblea de campanas sincronizadas. Fue entonces cuando, mientras el episodio amenazaba con tomar carácter de delirio universal, el golpeteo de un bastón, al principio lo bastante lejano pero siempre insistente, se fue abriendo paso desde la puerta del dormitorio. A medida que el golpeteo avanzaba, las voces a su lado se iban acallando como si, con un respetuoso silencio, aguardaran la llegada de una personalidad importante. Guillermo Resk quedó bien plantado delante de su amigo Ron, con las piernas algo abiertas, la respiración en completa calma y dando contra el suelo los últimos golpes de bastón para sofocar las voces rezagadas. Ron, al verlo, le sonrió hasta que le dolieron los labios, al tiempo que Resk le daba la espalda y encaraba heroicamente a la multitud.

—Éste que está acá —empezó Guillermo Resk, pero luego hizo una notoria pausa que incluía aquel mmm demagógico que Ron conocía tan bien—, éste que está acá no es José Evaristo Ron.

—Cómo que no es —se oyó gritar desde el fondo, un poco a la derecha.

—Pues no: no puede ser José Evaristo Ron.

—Claro que no soy yo —deslizó Ron impaciente, reinstalado en su propia seguridad—, ustedes, señores, no han hecho más que confundirse y así lo han confundido todo: mi integridad física y moral, mi personalidad completa, mi ser único e irrepetible.

Ante la mirada de fuego que ardía en los témpanos del hombre bajito, Ron cerró la boca.

—Hay una lista de oradores —dijo el hombre, alzando su dedo índice—, tenga el bien de respetarla.

Sin embargo, bastó el gesto de Resk para terminar de arruinarlo todo. Aún vuelto de espaldas y sin prestar la menor atención a su amigo, Resk levantó la mano que no sostenía el bastón e hizo chasquear los dedos. El hombre bajito, solícito, se arrimó a él de inmediato.

—Ya veo, ya veo —cuchicheaba ahora el hombre bajito.

Esta vez, Ron oía las palabras con el desaliento de un hombre que presiente su derrota.

—Oiga —dijo después el hombrecito, mirando a su anfitrión por un ángulo del ojo—, hay un inconveniente en esta sala.

Con una extraña calma, Ron inició el gesto de acomodar el elástico de su corbatín debajo del cuello duro de la camisa.

—Ya sé que hay un inconveniente en esta sala —respondió.

Entonces Resk, dando un paso hacia delante, colocó la cara bien firme frente a la de José Evaristo Ron.

—No voy a discutir, amigo —las palabras salían despacio y explotaban en el aire en suspenso que respiraba la multitud—, pero sepa que usted está muerto en la terraza.

José Evaristo Ron no alcanzó a digerir del todo las palabras, ni a sentir sorpresa ni desconcierto ni temor. Más bien, parecía boyar en una completa tranquilidad, como si su calma o su derrota lo aislara del grupo que en ese momento tomaba unánimemente una decisión. Después de inmediato, Ron fue absorbido por un remolino de gente. Lo que entonces sí sintió fue que, gracias a la presión ejercida por los cuerpos amontonados que sincronizadamente se pusieron en marcha, era arrastrado fuera de la sala. La multitud atravesó el pasillo, inició una acalorada subida por la escalera, se angostó cuando la escalera se angostaba, se ensanchó ya que la escalera se ensanchaba y, una vez en la terraza, se detuvo haciendo detener a Ron. Él no podía ver nada delante, ni detrás, ni a los costados, sólo una serie interminable de bustos con traje y sus respectivas cabezas. No bien fue decidido el paso siguiente a tomar, un río de manos sueltas lo alzó por la espalda y así, impidiendo apenas que sus pies tocaran el suelo, fue trasladado hasta el límite de la multitud. Entonces, Ron creyó que llegaba el final: la entrada del galponcito de cemento. Había abierto los brazos en cruz y, aferrándose como podía a los marcos de la puerta, sostuvo sobre sí el balanceo que descargaba el grupo. Después, cuando todo se hubo aquietado, Ron se separó del resto, se acomodó el traje y entró.

No oyó que afuera los hombres chistaban pidiendo silencio. Se había quedado abstraído en el cuerpo de Elisa. Ella de perfil, con un vaporoso vestido de verano completamente blanco, apoyaba las manos sobre el borde de un féretro destapado. Llevaba el pelo corto pegado a la cabeza y enrulado sobre la nuca, los brazos desnudos temblaban por su sollozo manso. Ni lirios, ni velas, ni ese olor casi palpable que dan las flores encerradas. Entre las paredes del cuarto corroídas por la humedad, sólo la blancura del vestido de su mujer resaltaba como un pájaro bruñido en un basural.

Ron dio sólo unos pasos, temiendo romper su propia fascinación por el aspecto de ella. Llegó con cautela a la espalda, hasta la distancia exacta que le dejaba ver nítidamente su miopía. Comenzó entonces el movimiento de ir alargando el brazo hacia el hombro de su mujer. No alcanzó a tocarlo. Los dedos apenas rozaron la piel desnuda.

—Elisa —llamó con voz velada—, Elisa.

Sus ojos recorrieron la curva ancha de la cadera bajo el vestido, el contorno ahuecado que delimitaba las piernas y se comprimía gradualmente al llegar a los tobillos. Él ciñó los brazos alrededor del talle. Antes, había ido cerrando los ojos y ahora hundía la cara en el pelo abultado de la nuca. Pero también Elisa comenzó a estirar el brazo hacia delante, sin que Ron lo notara. La mujer desprendió los dedos, despacio, del borde de madera, su mano anduvo un momento entre los volados de tela y luego, llegó a tocar la cara del muerto.

Movió la mano como la seguía moviendo ahora: como si fuera absolutamente consciente del movimiento de su mano. La mano salió de la oreja, se deslizó por la nariz cubriendo un lado de la cara, alcanzó la boca. Comenzó a recorrer la carne blanda de los labios, fue rozando, mientras se desviaba, el bordado de los dientes, la suavidad blancuzca de las encías. La mano se había arrimado como si fuera midiendo lo profundo de la boca, por eso, tenuemente, el dedo empezó a acariciar cada arco imperceptible del paladar, fue hacia atrás y hacia delante, para volver de nuevo al contorno de la boca. Entonces, como si de golpe perdiera peso, la mano se dejó caer. Resbaló por el hueso plano de la mandíbula y por la estrechez del mentón, para que la mujer, al terminar de retirar el brazo del féretro, recostara la espalda sobre el pecho de su marido. Ron, apaciguado por fin, abrió lentamente los ojos. Asomó la cara por encima del hombro de Elisa, le besó el cuello. Luego sus ojos, con la violencia que da la fugacidad, observaron y reconocieron y quedaron aterrados ante la cara del muerto.

Al oír el alarido, Elisa rompió su letargo. Rápidamente, tomó el pañuelo que colgaba de su cinturón y ocultó la cara. El grito, su propio grito frente a ese muerto, fue lo que hizo que Ron llegara casi de un salto hasta la puerta del galponcito. Los cuerpos formaban una especie de gelatina envasada en los bordes de la terraza. Y Ron por fin, con lo que supo que era su último esfuerzo, encaró la zambullida. Primero se mezcló, después se entreveró, quedó abigarrado entre los que estaban a su alrededor sin saber ahora a dónde huir, hasta que, inmóvil en el ojo del remolino, recibió un golpe en lo alto de la cara. La multitud, gradualmente, había comenzado a retroceder. Y mientras la corriente de hombres circulaba y circulaba junto a él, partiéndose en dos como un río poco profundo que topa en su centro con una piedra inmensa, replegándose hacia los lados donde volvía a comprimirse, José Evaristo Ron se encontró abandonado detrás de los barrotes de la terraza, a pocos centímetros de la cornisa.

Sin quitárselo, Ron observaba ahora el collar de flores maltratado. La tanza que le sujetaba las manos a la espalda le cortaba la circulación de las muñecas; sobre la mejilla, el resabio del golpe quemaba como una larva hirviente bajo la piel.

Y frente a él, la inmensidad hueca de Buenos Aires iluminada se extendía paralela al viento frío de la noche del 13 de junio.

La multitud esperaba a un lado, compacta y murmurante.

—Entonces, ¿este quién es? —dijo el hombre bajito con ojos como témpanos.

Pero por sobre las voces que ya comenzaban a debatir, se destacó el tono rotundo de Guillermo Resk que, junto a la nuca de Ron, pedía silencio. Cuando lo consiguió, entregando su bastón al hombrecito y no sin el desganado mmm que le exigía la pausa, le habló directamente a Ron.

—Salte, por favor —fue lo que dijo.

Una risa viscosa interrumpió el silencio y fue aplacada de inmediato.

José Evaristo Ron cerró fugazmente los ojos. Sintió, con espanto, las manos de Resk que acababan de posarse a la altura de sus omóplatos y sin embargo, se retrasaban ahí, como indecisas, como temerosas de continuar el movimiento. No mucho después, la suela de uno de los mocasines de Ron se deslizó con lentitud por la cornisa, y se detuvo en el aire, tácitamente, antes de comenzar a caer.

 

Del libro De la noche rota




***
Marina Porcelli. Buenos Aires, Argentina, 1978. Narradora y ensayista. Entre sus libros se encuentran De la noche rota (cuentos, Buenos Aires, 2009), La cacería (cuentos, México, 2016). Parte de la obra de ficción y ensayística de la autora ha sido publicada en medios y antologías de Argentina, Chile, Cuba, México, Nicaragua, y China. En 2010, fue elegida por el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca) para participar en el Programa de Residencias Artísticas para Iberoamérica y Haití. En 2017, obtuvo residencias creativas en Montreal, Canadá, y en Shanghai, China. Recibió el Premio Edmundo Valadés por su cuento “La cacería”. Sus relatos están traducidos al inglés y al chino.  

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