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SUEÑOS

La dentista/ Mis zapatos

Georges Perec

La dentista/ Mis zapatos

La dentista

Al fondo de un dédalo de galerías cubiertas, un poco como en un zoco, llego a la consulta de un dentista.

El dentista no está, pero está su hijo, un muchacho joven que me pide que vuelva más tarde, después recapacita y me dice que su madre vendrá de un momento a otro.

Me voy. Me tropiezo con una mujer muy bajita, guapa y risueña. Es la dentista. Me arrastra a la sala de espera. Le digo que no tengo tiempo. Me abre la boca todo lo grande que es y me dice, estallando en sollozos, que tengo todos los dientes podridos pero que no vale la pena curarme.

Mi gran boca abierta es inmensa. Tengo la sensación casi concreta de una podredumbre total.

Mi boca es tan grande y la dentista tan pequeña que tengo la impresión de que va a meter la cabeza entera en mi boca.

Más tarde, corro a las galerías comerciales. Compro un infiernillo de gas de tres fuegos que cuesta 26 000 francos y un frigorífico de 103 litros.



***
 

Mis zapatos

¿He perdido mis zapatos? ¿Cómo he perdido mis zapatos?

Era en una gran verbena: podríamos dar toda una vuelta por el aire agarrándonos al extremo de una bala de cañón, de una bola o de unos globos —gag clásico del vendedor de globos cuyas mercancías se lo llevan volando.

El viaje se acababa sobre una plataforma muy alta. Para volver al nivel del suelo podíamos —era una de las atracciones más concurridas de la verbena— deslizarnos por un inmenso pasadizo de tela (como una manga enorme llena de pliegues, como un gigantesco intestino delgado): me aseguran que era muy impresionante, pero en absoluto peligroso.

Fue muy agradable, en efecto (caída libre siempre amortiguada), y totalmente inofensivo.

Al salir de este aparato, muy satisfecho, fui a sentarme en un banco. Ahí es cuando me di cuenta de que había perdido mis zapatos.

Llamo al empleado responsable de abajo y le pido ir a ver si mis zapatos se han quedado en el fondo del aparato. Me responde que es imposible. Insisto, añadiendo que son botines con cordones, casi nuevos (me los acaban de regalar), fácilmente reconocibles. Pero el empleado sigue afirmando que eso no sucede nunca, que no puede suceder. Debo insistir durante largo tiempo antes de que se decida a ir a ver.

Vuelve repetidas veces, sujetando en la mano zapatos que, manifiestamente, no son los míos. Al final encuentra uno, después el otro.

Noto, detalle en el que aún no había reparado, que en el extremo de mis suelas se encuentran dos pequeñas clavijas metálicas que permiten adaptar instantáneamente cuchillas de patines sobre hielo.




***
Georges Perec ​ fue uno de los escritores más importantes de la literatura francesa del siglo XX. Su obra escrita incluye novelas, obras de teatro, poemas, ensayos, obras misceláneas, guiones, recopilaciones de artículos, libros ilustrados en colaboración con algunos pintores, juegos verbales y lingüísticos. Estos dos sueños forman parte de La cámara oscura (Impedimenta, 2010).

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