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En el mundo de las drogas no hay final feliz: las adicciones según la 4T

Óscar Luviano

Tachas 384
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En el mundo de las drogas no hay final feliz: las adicciones según la 4T

Cualquiera que vea la televisión abierta (y en particular las señales de Tv Azteca) se habrá dado cuenta de que en los espacios comerciales escasean los mensajes informativos sobre la pandemia del Covid-19. Eso a pesar de que, incluso bajo la figura laxa de los semáforos de alerta, nos encontramos en fase amarilla en todo el país, sin visos de un cambio en el escenario a mediano plazo. Es decir: sin un horizonte a mediano plazo en el que disminuya el número de contagios.

Todo lo opuesto: los mensajes de bancos, refrescos, autos y comida chatarra que llenan las pausas comerciales, proceden de una etapa prepandémica o de una realidad en la que el virus SARS-COV-2 no existe, aunque las cifras de muertos hacia el día en que escribo (16 de octubre del 2020) sumen 85,285, muchos de ellos clientes de todas esas marcas. Y aunque Don Ricardo “Sin Miedo a la Vida” Salinas Pliego haya resultado positivo a la enfermedad.

Los spots que abundan, en cambio, son los de la nueva campaña contra las drogas del gobierno federal. Bajo el lema En el mundo de las drogas no hay final feliz, estos mensajes se repiten con insistencia (y con derrama de recursos públicos), al punto que se pueden ver dos o tres spots de esta campaña por corte comercial en todos los horarios.

De manera que los niños que se ríen de la versión en latino de Bob Esponja, pueden escuchar los falsos testimonios de actores interpretando a personas que habitan “el infierno de las drogas” (expresión de Jesús Ramírez Cuevas, Coordinador General de Comunicación Social de la Presidencia, al momento de presentar la campaña).

Un visionado desapasionado de los spots de esta campaña conduce a encontrar su tesis central en que los adictos son una población “podrida” de la que más vale apartarse. Adictos, así, en general, pues no se presenta ni siquiera la endeble jerarquía drogas blandas/drogas duras.

De hecho, la campaña presentada durante la conferencia presidencial de 17 de marzo pasado se suma, sin sorpresa, al sesgo que ha distinguido a las políticas públicas de la llamada 4T, con el prejuicio como eje rector.

En el mundo de las drogas no hay final feliz se pretende como la segunda etapa de campaña Juntos por la paz contra las drogas, desarrollada por el Consejo Nacional Contra las Adicciones, cuando en realidad se trata de su fiero sustituto.

Durante su presentación en la Mañanera, el vocero de presidencial, Jesús Ramírez Cuevas, señaló que la campaña anterior contra las adicciones “no pegó”, sin presentar algún criterio estadístico que evidenciara ese fracaso, y presentó ahí nomás el nuevo lema.

De manera alarmante, aclaró que el nuevo abordaje incluía al tabaco y al alcohol entre el conjunto de las adicciones (si bien la campaña habla de drogas en todos sus mensajes gráficos y audiovisuales), y presentó lo más parecido a un dato que sustenta toda la campaña: un aumento de 141% de las adicciones “debido a la guerra contra el narco” entre 2002 y 2017. Haber extrapolado las cifras hasta el 2019 hubiese mostrado (o no) la falta de impacto de Juntos por la paz.

Esta primera campaña, que apenas duró unos meses, se componía de mensajes a los padres y adolescentes que podían caer en consumos problemáticos de drogas duras, apelando a la unidad familiar y a una comprensión de las propias emociones. Nunca quedaba claro cómo es que este consumo problemático podía mover a un conflicto bélico, como señalaba el slogan “Juntos por la paz”.

El vocero aseguró que la nueva campaña, En el mundo de las drogas…, estaba realizada en “el lenguaje llano” y no “físico”, “en el lenguaje en el que habla la gente”. Y ese es justamente su problema: al hablar desde y para la gente se volcaron a la pantalla todos los prejuicios que existen en cuanto a los consumidores de drogas, envuelto en el único lenguaje que (al parecer) el gran público comprende: el melodrama.

La campaña, de este modo, está más cercana a La Rosa de Guadalupe en su enfoque metodológico sobre las adicciones, y en su feísmo y tremendismo narrativo se emparenta con las ficciones narcovoluptuosas de Epigmenio Ibarra.

Aunque el vocero presidencial precisó que se trata de una serie de testimonios reales y de información científica, cada uno de los mensajes refleja la postura gubernamental sobre las personas adictas y el consumo de drogas, tabaco y alcohol, y lo que se saca en conclusión es que se trata de personas sin redención posible, que han elegido por voluntad propia el peor de los destinos.

En el primero de los spots, un payaso acróbata con los ojos muy abiertos habla sobre los efectos de su droga favorita: el cristal (y cuando dice “cristal” mira hacia ambos lados de la pantalla, un gesto que se repite en los mensajes restantes; al parecer una seña para detectar adictos).

En el segundo, un joven actor que interpreta a Jair, recluido en un centro de rehabilitación con candados en las ventanas, declara Yo ya soy una persona podrida, ya no hagas nada por arreglarme.

En otro, dos adolescentes, consumidores de perico y PVC, observan el paso de una manifestación y uno de ellos confiesa un asesinato, ligando, con una sola pedrada, el consumo con la protesta social y el crimen.

En otro, unos adolescentes que acampan a la vera del monumento a la Revolución declaran que nadie los obliga a drogarse y que desean morirse, y entre ambas declaraciones una voz en off asegura que muchos de estos adolescentes han sufrido abusos sexuales de los que no se han recuperado. Esta voz, que no se identifica, ¿sugiere que las drogas provocaron ese abuso, o que ha sido el abuso el que ha conducido a estos niños a las drogas? ¿Por qué esta voz se escucha cuando se ve la imagen de una adolescente que usa una faldita y camina con garbo?

La gran producción del paquete llega con el spot protagonizado por un ex Halcón, al que se identifica en fotos de archivo del 11 de junio de 1971, si bien no se da su nombre. Ahora, alcohólico y arrepentido, ve escorpiones en el fondo del vaso y grita rodeado de tambores de colchón retorcidos. Cabe la pregunta: ¿Cuál es la relevancia de este momento “Roma” en cuanto al consumo del alcohol?

Otro más presenta a un chofer de pesera cocainómano que lamenta la partida de familia y de su perro.

Otro más revela que el cristal abona entre sus ingredientes a un cucarachicida.

Sólo uno de los spots presenta a personas adictas en sesiones de recuperación. Como se les identifica por su nombre, asumimos que no son actores, pero sus testimonios sólo inciden en lo mal que lo pasan y la imposibilidad de retomar sus vidas.

Entre los rubros que la 4T ha sometido a recortes presupuestarios, también se encuentra la estrategia de atención a las drogas. De hecho, la Comisión Nacional de Salud Mental y Adicciones (Conasamar), que se encargaría de atender a las víctimas de la dependencia a las drogas, ha aplazado su creación y no tiene fecha de inicio de operaciones. Cabe preguntar cuánto del dinero destinado a esa atención terminó alimentado estos ejemplos de mala televisión y de moral cristiana aplicada a un problema de salud pública.

El spot puede ser visto aquí.




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Óscar Luviano (Ciudad de México, 1968). Narrador y poeta. Cuentos suyos se incluyen en Nuevas voces de la narrativa mexicana (Planeta, 2003) y en Así se acaba el mundo (SM, 2012). Colabora en diversos medios y publicaciones.

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