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CUENTO

Zombies at the Discoteque—19

Eduardo D. Aguiñaga

Zombis al acecho de Ricardo Pernú
Zombis al acecho de Ricardo Pernú
Zombies at the Discoteque—19

 

Llevaba encima más de dos noches sin dormir. Me emocionaba tanto la idea de encontrarme nuevamente con Aretha que, simplemente, fantaseando con ella, no lo conseguía. Fatigado, acompañado del atardecer y, encima, del génesis de una dulce resaca derivada de la media docena de martinis dobles que me había visto obligado a beber en mi última entrevista de trabajo, me hallaba viajando en la carretera de algún lugar del Estado de México. Dormitando, en uno de esos autobuses de Subdesarrollada Plus, con destino a León. La ciudad que me había dado todo, incontables fracasos también.

Apenas llegamos y me espabilé para descender lo antes posible. En los escaloncillos escuché la voz de Roky Erickson que me decía en mis enormes audífonos: I walked with a zombie, last night. ¡Viejo loco! ¿Qué canta? —Pensé. ¿Qué sabría yo sobre lo que me esperaba en cuanto caminara por las calles leonesas? Poco. Uso esos enormes audífonos porque me pone de malas escuchar las conversaciones poco atinadas en las que repentinamente nos sumergimos y de las que somos ajenos: «Figúrate, mi carnal, que por una sopa de murciélagos cocinada en la China, ahora medio mundo está contagiado de… que del covid» —entrometido sin remedio, alcancé a escuchar ayer una charla entre pasajeros del metro. Decidí alejarme de ese mundo sonoro, de la disputa discursiva entre el «Sí/No existe», y escuchar solo/sólo mis canciones underground. Tal vez por eso, aunque observé el caos en las centrales de autobuses de ciudad de México y León, no me enteré de nada. No supe leer los labios temblorosos de los miles de histéricos sin cubrebocas que las abarrotaban.

Estaba ya emprendiendo mi marcha por Hilario Medina, decidí caminar pues la casa de Aretha se encuentra a escasos veinte minutos, cuando la esquina con López Mateos, mi reseca garganta y el continuo abochornar de mi cuerpo, me hicieron pensar en que requería urgentemente un trago, dos, tres, cuatro, cinco, seis… La calle vacía, como el deprimente inbox de mi Facebook, me recordó el flyer coqueto que invitaba a beber y escuchar reggae con los rapados. Me pareció una idea estupenda. Pensé que podría pasar brevemente —siempre digo brevemente—, tomar una o dos, o tres cervezas con los amigos, encontrarme ahí con Aretha y olvidar que la última vez dijo «No quiero verte más» —mientras, a mí, Scientist me decía la letra de su Plague of Zombies. La segunda opción era no encontrarla ahí e ir a su casa. Aceleré la marcha, ese plan de ir directo se había esfumado, necesitaba tanto de aquel bar de la calle Madero, además, me quedaba en el itinerario y nada mejor que una cerveza o diez para no ser tan aburrido.

Parado en el camellón del bulevar, fijé la mirada hacia la calle Mérida, la siguiente a tomar. Fugazmente, y con fondo musical audiofónico de The Cramps: At the Zombie Dance / Here's Ben and Betty / They tap their toes / But they don't get sweaty / They don't give a damn / They're done dead already; de ella salieron una pandilla de goths furiosos, quienes perseguían a un jipi veinteañero. Le darán una paliza ¿qué habrá hecho el pobre diablo? —Especulé conmigo mismo. Tampoco me pareció extraño, hace poco Ánimas me contaba de la heterogeneidad en esa subcultura, a él y a sus amigos les gustaba patear traseros y pintarse el rostro: «Mi aspecto es de zombi, es lo que somos hoy día. No vemos lo que hay a nuestro alrededor. Vivimos para hacer determinadas cosas, como comer sesos. El televisor nos inculca esa necesidad de emularla, tragar cerebros, y no estar atentos a otras tantas cosas» —lo confesó, está claro, metafóricamente. Así que yo, absolutamente despistado y andando por ahí, como si nada.

Me infiltré al fin en la Mérida para percibir: 1) el escabroso silencio, ya no por la sabrosura del (track) Me lleva el Diablo / La muerte va de viaje / Ésta es música del otro mundo. / Buenas noches y adiós / hasta luego mis amigos, de Siouxsie y sus Banshees, ¡no! Sino que caí en la cuenta de que no circulaba automóvil alguno; 2) una oscuridad desmedida, aunada al trazo curvo de la calle que no permite ver, por las arquitecturas, el fin al extremo opuesto; 3) la soledad característica de esta calle, hoy excesiva, sin peatones; y, por último, 4) un olor terrible a matadero, del que culpé a las aguas sucias de las tenerías del vecino río de los Gómez. No obstante, comencé a temer, mi piel se erizaba mientras me olvidaba por un momento de los tragos con los amigos. Me tranquilizó un poco pensar en la figura de Aretha… Oh là là ! ¿Poco? Ya estaba de nueva cuenta en modo imbécil, ignorando la rareza de esa noche con olor a muerte.

La calma fue breve. Segundos después de notar la ausencia del subnormal de las mochilas, que tiene su hogar en la acera a mi derecha, me encontré, ahora del lado contrario, con un par de ojos rojos, como de perro furioso en la nocturnidad, y con un ruido que sobrepasaba al de mis orejeras —o sea, el del Zombie Love de los X-Ray Harpoons. El ente dueño de esos ojos azotaba desenfrenadamente el portón del templecillo de Belén. Me acerqué y cuestioné: ¿Está usted bien? —Era una joven con pinta de prostituta que al verme y escuchar mi pregunta (ya saben, con doble volumen) se echó hacia atrás. La noté un poco desquiciada, además. No me respondía. Tan sólo me miraba fijamente, mientras se balanceaba como briaga. ¿Quieres que te abra el portón? —Le pregunté; en tanto, le observaba el rostro escindido por la luz tenue y la sombra de las ramas de un árbol. Callada, nada más. Muchacha, ¡por-dios! ¿Quieres que te abra o no? Tengo un poco de prisa —insistí. Me fastidió en exceso su cara quieta como de tonta, así que, metí la mano al portón y jalé del pasador. Error.

La mujercilla salió súbitamente de entre las penumbras, revelando un rostro maltrecho y sangriento, para arrojárseme abruptamente encima. ¿Qué carajo? —Le cuestioné. Y aunque el portón estaba de intermedio, esta trastornada me tenía en una posición sumamente incómoda, entre su cara de muerta, su aliento mefítico y el arrítmico movimiento de brazos —no como el increíble Zombies of Love de los Staggers en mis oídos, la última pista que escucharía así.

Decidí soltar el portón y disponerme para la huida. Los primeros pasos abrieron un nuevo ángulo visual, tras el árbol, lo vi, era el subnormal, el de las mochilas, recostado, inmóvil. El veloz paso de mi mirada no mentía, encima suyo se hallaba un curita sacándole todas las vísceras, las tripitas al pobrecillo. Sentí un pequeño jalón de orejas, y es que ella se quedó con mis audífonos entre el forcejeo. Ya no me importaba, quería estar tan lejos de ese par de perturbados devoradores de indigentes.

 

Hacía tanto que no corría de esa manera. Tal vez la pubertad y los entrenamientos diarios de fútbol o los veranos de atletismo eran los sucesos más cercanos, además de correr de la policía. Hábitos que murieron como estaba a punto de hacerlo yo, porque esos dos venían tras de mí, cuando conocí los cigarrillos, las caguamas y las piernas de las mujeres. El corazón a punto de estallar: lup-dup, lup-dub; ¿dolor de caballo? ¡Caaaaraaaajoo! Y ellos a punto de alcanzarme, jaloneándome la parka que compré en el tianguis de ropa usada. Me tenían los bastardos cuando una Vespa PX, color azul marino, a toda velocidad me pasó rozando. A ellos no: él terminó arrastrado por la motoneta y ella directo a las aguas nauseabundas del río de los Gómez. Estaba ahí, en el puente del Malecón, necesitaba un suspiro y analizar la situación. Levanté la mirada, al horizonte: gritos, sirenas, patrullas, ambulancias, humo por aquí, por allá. Como película de George A. Romero. Un caos del que intentó prevenirme el soundtrack aleatorio, como señales apocalípticas cada canción.

De forma inconsciente había cruzado ya el Malecón. Estaba en shock, atiborrado de preocupaciones. Y así como así, me hallaba en cuclillas, oculto tras los arbustos que delimitan la Calzada de los Héroes. Tenso, irritado, asustado y sin dejar de pensar en la seguridad de mis amigos y sobre todo de Aretha, sentí un jalón en mi tobillo: ¡Aaaaah! —Grité, tan fuerte que el puñado de personas que no dejaban de deambular y gemir como sedados, con el mismo semblante que la puta y el sacerdote, dirigieron momentáneamente su mirada hacia mi resguardo.

—¡Sshhhh¡ ¡ca-cállate! Esos son zo-zombis —era Vicenzo, el hermano de Enzo y Renzo, mi amigo Vicenzo Muertes, así le decíamos porque en las borracheras era el primero en caer dormido.

—¿Zombis? ¿Estás bien, Vicenzo? —Le dije mientras veía un gran boquete en su yugular. Ahora le quedaba más que bien el mote, se veía hecho una mierda.

—Esos ca-canallas me mordieron antes de esca-capar. Te vi esco-conderte aquí y te he se-seguido a rastras porque mi cue-cue-cuello ya no resiste mi cabeza —dijo él, al final, riéndose—: ¡ja-ja!

—¿Qué? ¿Zombis? ¿Mordidas? ¿Cómo están los demás? ¿Viste a Aretha? —Le pregunté a mi amigo moribundo y proto-zombi.

—Vinimos a la fi-fiesta, incre-crédulos de lo que en la te-tele decían, pensamos en la exa-exageración con la influ-fluenza y vinimos todos —añadió.

—¿Y Aretha? ¿Estaba Aretha? ¿Cómo está? ¿Está bien? —Lo interrumpí.

—El Guillermi-mino mo-modificó el “o-ondergraun”. No sabíamos. Vi-vino a conta-tarnos, pero se lo han tragado, co-completito. Eran cientos, mi-miles.

Yo seguía preguntándole por Aretha y él había perdido la razón.

—Are-Aretha está… —Y por fin respondía cuando un crac lo silenció. La cabeza de Vicenzo se había desprendido por completo de su cuerpo.

No pude evitar sentir una lágrima correr sobre mi mejilla. ¡Ah! Mi buen amigo… Levanté cara para enfrentarme con un panorama repleto de esos bastardos, era la calzada de los muertos vivientes. Me escabullí ocultándome entre árboles, arbustos, bancas y estatuillas con la fija intención de ir a inspeccionar el bar de la fiesta de los rapados. Crucé el arco triunfal y arribé a la calle Madero. Se escuchaba un desmadre sonoro, una solemne esquizofrenia musical: Morrissey por aquí, Marley por allá, un paso doble por acullá, hasta Facundo Cabral a lo lejos. Al parecer, además de los tontos ingenuos de mis amigos, muchos otros habían decidido ignorar las recientes recomendaciones del gobierno federal —el Quédate en casa y la sana distancia– e irse de parranda. Y la música de los difuntos DJs había quedado programada hasta el fin de los tiempos.

Finalmente me encontraba justo frente al bar donde la fiesta, “La Pulquería del Cerdo Violeta” —dice el sucio y desdibujado letrero en su fachada—; discretamente crucé la calle y entré en él, con suma precaución. Aquello había sido una masacre: sangre y cerveza derramadas en el piso, tripas y muertos, muertos. Ahí estaban todos los rapados, botas y tirantes, pero sin cerebros. Eleuterio: ahí; Efrén: por allá; El Ebrio: aquí; El Pause: acá; El Yerba… etcétera, etcétera. No hay tiempo para estar triste —pensé—: el cerdo violeta ha sido digerido y por fortuna no hay rastro de Aretha. Su casa está cercana, unos cuantos pasos, pero ¿cómo cruzar ese kilómetro de yertos caminantes?

La canción de fondo, la que no dejaba de decir: At the Discoteque, eh-eh-eih ¡TRUC!, Of the Discoteque, eh-eh-eih ¡TRUC! Cíclicamente, pues se topaba con uno de los dedos cadavéricos del DJ, me dio una grandiosa idea. Me aproximé a la tornamesa, retiré el dedo, puse la aguja en el primer surco de ese vinilo de los Pioneers: ¡y a girar! Empujé la cabeza del DJ que descansaba sobre un mixer barato de segunda mano y subí el volumen a tope. Tomé un trago de cerveza de la barra y salí apresuradamente. Eso fue como una explosión, opacaba a las otras músicas, centro de atención de esos cabrones. Y así, se abrió el mar rojo, sangriento, de zombis en la Madero, de zombis en la discoteca: Come along, come on with me / to a place just down the street / Where the kids are movin’ dancin’ groov-in’, to the uptown beat / Of the Discoteque, eh-eh-eih… —Sonaba.

La distracción fue un éxito. Dejé el auto que me servía de escondite, regresé al arco y atravesé la calzada a toda velocidad. Pasé por un costado de la plaza de los Niños Héroes, espeluznante, hoy niños zombis. Refugiado tras sus muros de piedra, a mi espalda el Salón Azul con manchas de sangre por doquier, eché un vistazo para asegurarme que ninguno de ellos me siguiera y correr a la esquina de la calle Londres, la calle de Aretha. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco ágiles pasos y me intercepté con una mirada maléfica que me acompañaba desde uno de los extremos de la plazoleta. ¡Mierda! Me quedé congelado. Se levantó, el muy cabrón estaba sentado esperando bocado, se avecinaba y yo estupefacto, como siempre, pensando en mil posibilidades y haciendo ninguna. Él en su esquina, yo en la mía. Era uno de esos payasos de la policía que gustan de acosar a las muchachas, pero versión zombi rabioso y portando el cubrebocas ensangrentado en la papada. Recuperé la motricidad y no esperé más, me eché a correr de nueva cuenta y él tras de mí: Tac tac tac tac tac —sus pisadas cercanas.

Corre Forrest, corre, mis pensamientos me daban ánimos —¿qué hacía yo, ahora, pensando en esa tontería?—, pero mis piernas no. Corriendo, trotando, caminando, acalambrado y con ganas de vomitar, por fin llegué a la puerta de casa de Aretha. Toqué el timbre como loco, una y otra vez, ese monstruo uniformado de azul estaba a escasos metros. Mi mirada se nublaba, abrieron la puerta: ¡Aretha! ¡Ay, qué placer! Él me tenía, ella me jalaba, una disputa por este saco de carne. Batazo contundente para el oficial, y me fui: un pequeño desmayo.

 

—Despierta, papanatas —dijo ella, en su habitación realmente pequeña, mientras clac-clac me abofeteaba.

—¡Aretha! ¿Estás bien? ¿Qué diablos ha pasado aquí? —Indagué yo, en tanto disfrutaba el piojito que ella hacía en mi cabellera al estilo Jacques Dutronc.

—Sí, yo bien. Pero, sobre… ¿qué ha pasado aquí? Mira, todo está mal. Tú y tus amigos destruyeron el mundo. Y de cierta manera, también yo.

—¿Yo? ¿Nosotros? ¿Qué hicimos para merecer esto? Y… ¿qué te pasó ahí? —Le pregunté, mirando su vendado brazo donde un charco sanguíneo se extendía sobre la tela.

—¡Ah! Nada… un accidente antes de escapar del bar. ¿Sabes? Se apareció Guillermino con una historia que poco tiene qué ver con el coronavirus ese de las noticias. Decía que él había modificado el underground, es ahora una especie de virus también, tonto. Aunque en los medios locales lo llaman “ondergraun”, y por eso la gente se pone así, como zombis —indicó ella.

—¿Estás de broma? ¿Un virus zombi? ¿Cómo es posible eso? —Respondí yo, incrédulo aún y observando el serio rostro de Aretha.

—No. Escucha. El “ondergraun” existe desde tiempos muy antiguos, desde antes de Blake, Byron, Hesse, Kropotkin, Kerouac, etcétera. Entonces sólo se contagiaba por contacto físico muy constante, pero nada de groupies y sexo, más bien como… el fray de Il nome della rosa con su pupilo, ¿entiendes? Siempre fue… por medio de una hermandad subterránea, muy secreta. Por ejemplo, a nosotros nos infectó la música. El virus vivía incubado por años, luego por meses y, ahora, es inmediato, pero te hace enloquecer como un caníbal —dijo Aretha.

—¡Ave-María-Purísima! —Le manifesté, sarcásticamente. Su mano que me hacía piojito ahora me toca la mejilla: Aretha está helada.

—¡Cállate! ¡Pon atención, hijo del mal! Pues resulta que Guillermino se puso a modificarlo, lo aceleró. Estaba molesto por la tonta broma que le jugaron aquel fin de semana, que se extendió a la semana entrante, de copas en exceso. Todos perdieron el empleo por la bebida, ¿te acuerdas? Tú mismo me lo contaste. Guillermino estaba somnoliento y quería partir a casa. Había llevado su consola Play Station, porque así es él, me dijiste. Antes pasó al sanitario, entonces Renzo y Enzo le sacaron el videojuego del bolso y en su lugar colocaron un directorio Sección Amarilla. ¡Pequeños imbéciles! Cuando llegó a casa y descubrió la sustitución, se puso a trabajar en algo que haría pagar a justos por pecadores. ¿Y ustedes? Bebiéndose los míseros doscientos cincuenta pesos que les habían dado en la casa de empeño por la mentada consolita —indicó ella—: ¡Ay! —Mi chica, que hoy estaba más pálida que nunca, se quejó. Algún dolor.

—¿Qué te pasa? ¿Es el brazo? —Le pregunté, con cara de Jimmy, de Quadrophenia, frente a su chica en un callejón de Brighton.

—No es nada, no desvíes el tema. Así que, aquí tienes la explicación. ¡Tuuu culpa! —Eso hizo eco, vaya eco en mis oídos. Y concluyó—: pero ya no importa. Te quiero —acercó sus gélidos labios y me besó.

El beso se convirtió en besos: en los labios, por el rostro, el cuello, el pecho, luego en pequeños mordiscos, después en graaandes mordidas: ¡Auch! Mi Aretha convertida en una de ellos. ¿Y yo? La amena cena de fin del mundo, sólo que ahora con cara de Captain Cook, embestido en la playa, o sea su alfombra, acuchillado por sus dientes y afiladas uñas.

 

—¿Joven? ¡Joven! ¡Despierte, joven! —Y abro los ojos: ¡WTF! y me veo en un autobús y a una señorita que me dice, gritando—: Hemos llegado a su destino, Subdesarrollada Plus le agradece su preferencia. No olvide el uso de cubrebocas, el lavado frecuente de manos y guardar la sana distancia.

Tomo mis pertenencias, me espabilo y bajo los escaloncillos. Al oído: I walked with the zombie, I walked… Lo apago y me desprendo los audífonos. Salgo de la central y tomo el primer taxi que veo, le digo: A La Pulquería del Cerdo Violeta, en la Madero, por favor. Entro, está repleto, veo a todos, bien, les saludo con la mirada, sólo a Vicenzo le estrecho la mano, voy hacía la barra y pido dos cervezas. Y me dirijo enseguida con la chica del vestido sesentero, con Aretha, mientras suena de fondo: Off in a corner / A table for two / Soft lights above / Music for love / A boy and a girl / A brand new world... ♪ ♫ ♪ ♫ ♪ ♫ ♪ ♫ ♪ ♫ —Pero, ahora, con Chubby Checker.

 




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Eduardo D. Aguiñaga (León, Guanajuato, 1984) es arquitecto preocupado (y ocupado) por cuestiones sociales, músico y coleccionista de discos y experiencias. Es pinchadiscos y coeditor del Fanzine El Cerdo Violeta.

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