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CUENTO

El hombre de papel

Raúl Rojas Roo

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El hombre de papel

 

Tiene en sus manos El general no tiene quien le escriba. Cuando lee la hoja completa la arranca y la tira. Un libro deja de importarle cuando lo lee. Allí tiene la mitad de El general hecho basura junto a versiones antiguas de Job de Roth y Ensayo sobre la ceguera de Saramago, estos últimos completos. Come bien, en sus propias palabras 'no se da una mala vida'. Tiene unos cincuenta años de edad y vaga por las calles del centro de León desde hace cinco años. Suele sentarse en las bancas donde no haya mucha gente cerca, coloca sus bolsas junto a él y come o lee. Es parte de las baldosas que ignoran miles de personas que pasan a su lado todos los días. Alguien no lo ignora al ser provocado por el olor a ropa húmeda y orines.

"Lo mejor del día es el café —me responde—. Los días se me joden al principio o al final, nunca tengo uno bueno entero. Cuando salí de mi pueblo no pensé que sería lo que soy, pero, ¿quién sabe lo que va ser uno? Ni usté vestido así, y oliendo a perfume va saber lo que va a ser. No es ofensa, eh, no es ofensa, yo lo respeto. Pero no va saber qué va ser en cinco años. Ni mañana".

Así intercalamos palabras entre preguntas y respuestas, entre preguntas y silencios, que son tan importantes como en las partituras para las sinfonías. Continuamos con el vals.

"¿Qué como? Pues de todo. ¿Usté ya comió? —Saca del bolsillo del pantalón que no se ha quitado en meses, un duvalín y me lo da. En seguida me dice con una inocencia épica—. Ahí los del hospital dan de comer. Ni se dan cuenta que no tengo familiares dentro, siempre me dan un taco o un tamal; atole no me gusta pero me lo tomo, uno no sabe que le hace bien hasta que se lo come. En veces duermo ahí en el albergue y en veces aquí cerca. Cuando hace frío, allá".

Es repetitivo en sus frases. Su mirada, tiznada como su ropa, se despedaza cuando indago más sobre su hija. Arranca una hoja que no leyó.

"Ya no la veo. No se si la voy a ver.

Pues claro que sí me gustaría, pero uno no sabe lo que pasa ni en uno mismo. Uno no decide. Bueno, eso sí decidí yo —me aclara cuando le digo lo del duvalín—, pero no todo.

¿Lo más difícil que he decidido?... Tener hijos. ¡No!, venir aquí".

La partitura indica un silencio.

"No. quedarme aquí (en la calle). He querido muchas veces irme, pero uno no puede todo".

Un joven se nos acerca para venderme unos audífonos. Ellos dos se ignoran. No entiende con señas que no quiero comprarle nada.

—Mire, vengo ofreciendo unos bonitos audífonos tipo aple —Me los acerca para que los tome, pero yo ya me sé ese truco y no acepto, solo los miro y le digo que no me interesa—. Mire, con confianza y sin compromiso. Valen quince pesitos, jefe.

—No, gracias joven.

—Yastamos. ¿No tiene que me copere pa’unos taquitos, jefe?

Después de otro no, se va. La partitura sigue. Me cuenta cosas que le han pasado. Como el aire lleva su olor a varios metros de donde se siente a leer una vez le echaron un cubetazo de agua y se le "mojó el libro que leía".

No imagino a nadie más que tras leer, arranque las hojas de su libro. No le importa guardar ninguno. Todos se los regala una señora de por el Barrio.

"Huy no, pues, creo que cientos. O no sé cuántos, pero he leído muchos", así responde a la peor pregunta que le hice, la que no se le hace a nadie. Siento que le falto al respeto pues esa pregunta no se la haría a nadie más.

"El que recuerdo mucho es uno de un fantasma que se metía a cambiar la vida de las personas vivas".

Nunca me dice su nombre. Es el hombre de papel.

 

 

 

 

***
Raúl Rojas Roo (México, 1980) es tallerista y autor de La máquina de la felicidad (2018). Ha ganado concursos de cuento y poesía en México y España. Estudió Creación Literaria (INBAL), entre otros cursos presenciales de escritura creativa con diversos escritores reconocidos a nivel internacional. Dirige talleres especializados en cuento, crónica y poesía; para niños y adultos de la tercera edad.

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