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CUENTO

La niña de papel

Óscar Luviano

Óscar Luviano
Tachas 388
La niña de papel


A Karen le caía mal el de Dibujo Técnico, y como le dijo que ni le insistiera, estás negada para el arte, mija, se puso loca, y sacó su libreta aunque ya había sonado la campana. Yo no me voy hasta que me salga la dichosa línea de fuga, señor.  Ya vámonos, y ella No: hasta que me quedé la pinche fuga. Y rayaba un poco, y arrancaba la hoja, la hacía bolita y la tiraba al pupitre a su lado, y luego otra, y luego otra, y el de Dibujo con su jeta pero sin decir nada. La montañita de papel crecía y crecía. La de Aseo dijo que no era su trabajo tirar esas chingaderas, y el montón de esferas de papel se quedó ahí, en medio del salón, dibujando los hombros y el resto de una silueta. Como el de Dibujo al fin le puso 6, Karen lo veía como un monumento a sus logros académicos.

Sara Tustra le vio cara y le pinto los labios, y le vimos brazos, y como que le agarramos cariño y le poníamos suéter cuando llegaron los fríos, y la Jimena lo vio guapo, y Karen: Pues qué lesbiana andas, sí es niña. Cuando alguna de nosotras faltaba, la sacudíamos para que dijera Presente, y asumíamos que las esferas de papel que se le caían entonces eran su forma de replicar Acá estoy, morras. Y daba resultado, sobre todo porque alguna de nosotras fingía otra voz para decir “Presente”, sobre todo cuando Sara Tustra se saltaba las últimas horas para irse con el Chimino en su coche. Y aunque ya era costumbre que lo hiciera, ninguna fingió la voz ni sacudió a la niña de papel para hacer como que Sarita estaba ahí, pues sumaron tres días de que no regresaba, y queríamos que con ese silencio fuera claro que Sarita no estaba, que no podía haberse ido con el novio, como decían los policías a los que les fuimos a preguntar si habían averiguado algo.

Y les dijimos a los policías, y al de Dibujo y a todos que no podía haberse ido con su novio, por tres razones, y se las enumeramos: 1) le había dejado su suéter a la niña de papel, con toda la intención de regresar por el esa misma tarde; 2) habíamos encontrado sus zapatos sobre las raíces polvosas de un árbol a dos calles de la escuela, y amaba esos pinches zapatos color fresa, y 3) el Chimino rondaba el salón.

Nos miraba por la ventita de la puerta, y una vez que Jimena le hizo con la boca “Yo sé”, se pasó un dedo por debajo del cuello. Todas, menos la niña papel, obvio, nos ofrecimos a acompañarla a su casa, para cuidarla. Pero se puso muy triste y sacó los zapatos de Sarita que había recogido del árbol y los puso al pie del pupitre de la niña de papel. Siquiera para que alguien los use, dijo, pero como si en lugar de hablar llorase para dentro. Y no nos habló cuando la acompañamos a su casa, ni en toda la guardia que montamos hasta que llegó su mamá del trabajo. Sabíamos cómo se sentía: no era que nadie nos creyera que lo que le habían hecho a Sarita nos lo podían hacer a todas; era que a nadie le importaba. Cuando nos despedimos cada una para su lado nos abrazamos sin fuerza, como si ya no fuéramos nada más que zapatos abandonados.

Al día siguiente la que no llegó fue Karen.

Entonces fueron dos las veces que no sacudimos a la niña de papel, y dos veces las que no dijimos “Presente” con la voz de arriera de Sarita o con la voz de flauta de Karen. La dejemos con sus zapatos fresas y nos fuimos juntas antes que tocaran el timbre, pues no queríamos ni policías ni novios, y ya sabíamos lo que seguiría para nosotras. Así que nos fuimos al árbol sobre cuyas raíces polvorientas, lo sabíamos, íbamos a encontrar los tenis de Karen. Serían los siguientes que pondríamos a los pies de la niña de papel, y luego pondríamos otros, y otros, y los míos, y hasta que ya no quedara ninguna para hacerlo, sólo la niña de papel con sus ojos de dos esferas de papel con temblosos e inútiles puntos de fuga como pupilas.

Pero no estaban los tenis al pie del árbol. El Chimino solo nos hacen esperar, pensamos.

Al día siguiente, Jimena levantó con asco las botas que encontramos sobre las raíces polvorientas. Negras y llenas de picos metálicos. ¿No son las del Chimino? Lo eran, y las dejamos ahí, con asco, pues estaban anegadas de escamas oscuras. No entendíamos nada, pero ya estábamos ahí, y nos fuimos al salón.

Karen estaba sentada junto a la niña de papel, con cara de culpa, que luego supimos que era la de estar viva. La abrazamos, y lloramos, y le compramos todo lo que nos pidió porque tenía hambre y estaba tan sucia y mojada como los zapatos fresas de la niña de papel. Temblaba bajo el suéter que le había dejado Sarita. No le importa: dice que yo sí siento el frío.

Le dimos un retoque a los labios de la niña de papel, y cambiamos las hojas arrugadas que se habían manchado con la sangre del Chimino.

Cuando el de Dibujo pasó lista, ni cuenta de dio de que fue ella quien dijo “Presente” por cada una de nosotras, imitando nuestras voces, pero como si estuvieran hechas del roce de las hojas de los árboles.

Era tan tarado que no distinguía una niña de papel de una de verdad.

 




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Óscar Luviano (Ciudad de México, 1968). Narrador y poeta. Cuentos suyos se incluyen en Nuevas voces de la narrativa mexicana (Planeta, 2003) y en Así se acaba el mundo (SM, 2012). Colabora en diversos medios y publicaciones.

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