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EL HOMBRO DE ORIÓN

Clásicos, entre la crítica y la audiencia

Juan Ramón V. Mora

Juan Ramón V. Mora
Vertigo (Hitchcock, 1958)
Clásicos, entre la crítica y la audiencia


Bastantes de las películas y autores que hoy consideramos clásicos indiscutibles tuvieron un recibimiento contemporáneo frío u hostil. Esto nos da una primera pista acerca de qué es lo que hace a un clásico: para serlo hay que sobrevivir a su propia época.

En los últimos tiempos se usa con demasiada facilidad el término ‘clásico instantáneo’: una frase cercana al oxímoron que parece salida de un publicista híper-cafeinado. No hay tal cosa. El tiempo sedimenta y lo que sigue en el torbellino no puede tener el epíteto por adelantado, aunque lo quieran las distribuidoras. Siendo una actividad tan mutable, el sabor de la novedad se desvanece muy pronto y sólo los que son capaces de navegar esas aguas pueden entrar al canon.

La sola idea de canon nos da una segunda pista: la apreciación de la crítica. En el cine —como en cualquier otro arte- se han aplicado criterios distintos durante el siglo y pico que tiene de historia. En algún punto de ese desarrollo, la crítica se hizo con el poder de modificar conscientemente sus propios marcos de referencia —todo cambia durante todo el tiempo.

El ejemplo más famoso de esto es el de la relación entre Hitchcock y los directores de la nueva ola francesa (varios de ellos críticos antes de ser directores). Hasta antes de la famosa entrevista con Truffaut, Hitchcock sólo era considerado un engranaje bien aceitado de la maquinaria hollywoodense. Un gran entretenedor con indudables méritos técnicos, pero alejado de la verdadera ‘poesía’ de Cocteau, Vigo o Renoir. A partir de la pasión que le profesaba esa nueva generación y el desarrollo de la teoría autoral, Hitchcock fue visto como lo que siempre fue: un artista visionario y conocedor profundo de la mente humana, con una capacidad incomparable para traducir los corredores más oscuros del alma al cine. La apreciación de la crítica, entonces, puede virar de forma dramática en cualquier momento, y las obras perdurables terminan por ser reconocidas como parte del canon tarde o temprano.

La tercera pata de la mesa es la apreciación de las audiencias. Esto se mide y se entiende de manera distinta que la apreciación de la crítica. Los críticos tienen revistas, escuelas, libros, teorías, portales, etcétera. Las audiencias compran, ven, contagian. Muchas veces las cintas más apreciadas por el público no son reconocidas por la crítica y viceversa. Los usuarios de IMDB ponen a 'The Shawshank Redemption' (Darabont, 1994) como la número uno en su top 250, mientras que los críticos encuestados para 'Sight & Sound' han elegido a Vertigo (Hitchcock, 1958) como la mejor película de todos los tiempos.

El último ingrediente, el más importante para hornear un buen clásico cinematográfico, es la apreciación individual. Cada quién elabora su propio canon surfeando entre lo que el tiempo permite, los críticos validan, la gente recomienda y la persona aprecia. Si falta una de las patas, la mesa se cae. Puede que los críticos admiren en bloque a una película o que todo mundo la haya recomendado, pero si no conecta con uno, se va al pozo. Así de simple. El arte es una caja de resonancia donde escuchamos ecos de nosotros mismos. Cuando vemos pasar las imágenes ante nuestros ojos y nos sentimos tocados en el espíritu con exactitud insólita, estamos frente a un clásico y no hay más qué decir.



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Juan Ramón V. Mora (León, 1989) es venerador felino, escritor, editor, traductor y crítico de cine. Ganó la categoría Cuento Corto de los Premios de Literatura León 2016 y fue coordinador editorial en la edición XXII del Festival Internacional de Cine Guanajuato. Escribe sobre cine en su blog El hombro de Orión.

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