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Tachas 392 • Nuevo Orden: las metáforas del cuerpo • Óscar Luviano

Oscar Luviano

Oscar Luviano
Nuevo Orden (2020)
Tachas 392 • Nuevo Orden: las metáforas del cuerpo • Óscar Luviano


En The fight Club (1999), un oficinista poseído por su alter ego, liderea una revuelta de trabajadores precarizados (meseros, chóferes, empleados de limpieza) que termina por dinamitar los edificios de la City neoyorkina. En algún momento, Tyler Durden señala que su victoria se deberá a que están todas partes: son los hombres que te sirven la comida, manejan tu coche, vigilan tu casa…

En algún momento de su caótico metraje, Nuevo Orden (2020), la última cinta de Michel Franco (un director con un rosario de premios internacionales, al que se suma el obtenido por esta cinta) parece un reverso torpe de ese lema. O una extensión del Joker (2019) en su revuelta antiricos, en la que incluso se ve, sobre uno de los muros de una mansión mancillada por las huestes morenas (en más de un sentido) el mantra de aquella cinta: Putos ricos (con una caligrafía muy cuidada, hay que decirlo).  

Ni la cinta de David Fincher, ni la que le valió el Oscar a Joaquin Phoenix, vinieron a la mente de los internautas cuando Franco desató una “encendida polémica” en las redes sociales cuando lanzó el tráiler de Nuevo Orden. El fragmento de su cinta presentaba la irrupción en una boda del Pedregal, de un grupo de personas racializadas (es decir, presentadas como un bloque que se define a sí mismo por su genotipo). Ese asalto acababa, al parecer, en un Nuevo Orden donde los blancos (todas ellas con tendencia a vestir colores vivos y todos ellos en trajes sobrios) terminaban en campos de concentración.

Surgieron grandes sectores que se mofaban de los otros grandes sectores, al asegurar que era imposible juzgar a una película por su avance. Y tenían razón: Nuevo Orden es aún más reaccionaria y racista tras verla completa.

Se trata, en buena medida, de la suma de un guion confuso, una realización torpe, actuaciones gélidas (donde solo brilla Lisa Owen) y pésimos efectos especiales. Una suma que diluye la que viene siendo la anécdota del filme, que es muy elemental:

1. En una Ciudad de México como la de hoy, los trabajadores precarizados deciden rebelarse (esto va desde el servicio doméstico a los guaruras, sin olvidar a los viene viene). No se sabe si esto se debe a una causa política, racial o a algún contagio espontáneo.

2. El levantamiento es pronto arrasado por el ejército, que impone un toque de queda.

3. Una facción de las fuerzas armadas decide sacar tajada del momento y hace un campamento para blancos y extranjeros (con el obligado cameo de la coreana asustada) para pedir rescate a sus familiares, sin intención de devolverlos con vida.

4. Cuando los altos mandos se enteran, arrasan con los secuestradores y con el campo. En ese momento, según la imagen final, se ha establecido un régimen militar que organiza ejecuciones públicas como espectáculo.

Todo esto se nos muestra a través de la odisea trágica de Marianne (Naian Gonzalez Norvind), hija de familia (el film no la presenta con otra filiación) que, en el día de su boda, abandona la fiesta para pagar el ingreso a un hospital particular de la esposa de un antiguo empleado de su familia. Sus padres le han negado la ayuda que pedía para la mujer enferma de cáncer, desalojada de un hospital por las mismas huestes morenas que, apenas y deja el evento Marianne, arrasan con todo.

La película se toma casi una hora para plantear esta primera situación, y lo hace a través de imágenes que convocan el terror de la clase media (un extra que participa de los saqueos llevando dos pantallas planas en un carrito del súper), pero más al humor involuntario (otro extra se une a los desmanes cargando una silla), todo ello como un comentario reaccionario que se quiere político. La imagen culminante de esta suma de horrores es Paseo de la Reforma cubierto de basura y de vallas.

Son estas imágenes las que han despertado la indignación, pero también el entusiasmo, de quienes han visto y no han visto Nuevo Orden, entre ellos al jurado del Festival de Venecia, que pasó por encima las evidentes fallas del filme y su discurso racista para premiar su parábola sobre el chavismo, una figura recurrente en todos los discursos de las derechas europeas o latinoamericanas: Estamos en camino de convertirnos en Venezuela.

Las masas racializadas que, a la orden de intereses aviesos, abren el camino, con violencia, a un régimen militar. Intereses que nunca se nombran en Nuevo Orden, que trata de ser una distopía política sin contenido político. Parece que los circuitos del gran cine de autor prefieren validar la tesis de un racismo inverso en nombre de lo que consideran horrores mayores.

Cine de autor, sí, porque al final Nuevo Orden es obra de un director con obsesiones. Michel Franco es un director con temas que aparecen con recurrencia en su obra. El odio de clase que cree exclusivo de las poblaciones mestizas y que se traduce en el maltrato de los estratos sociales superiores está presente desde uno de sus primeros filmes, Daniel & Ana (2009), en el que unos maleantes obligan a una mujer a tener relaciones sexuales con su hermano para filmar una película porno.

Pero, por encima del discurso social/racial (que, aunque recurrente, tiene la densidad conceptual de un meme), el tema de Franco son las mujeres y los diferentes martirios a los que se les puede someter en aras de la narrativa. Tal y como en Después de Lucía (2012) se presentaba pormenorizadamente el acoso escolar que lleva al suicidio a una adolescente, y como en Las hijas de Abril (2017), una madre que en un primer momento se hace cargo del bebé no deseado de su hija adolescente, y termina por tratar de fagocitar toda su vida movida por (según el director) una crisis de la edad madura. Franco es un autor de esos que hace algunos años se llamaba perversos por los caminos vitales a los que somete a sus personajes femeninos sin que les importe el desarrollo de esas mujeres, pues lo que desean mostrar es el dolor que las purifica o condena.

En realidad, Nuevo Orden se inscribe en esta línea. El filme abre con tres imágenes de cierta hiperrealidad: dos de ellas muestran a Marianne desnuda (manchada de la misteriosa agua verde que los viene viene usan para atacar, y después recostada sobre una multitud de cadáveres, todos ellos vestidos). No me asusta la desnudez de una actriz, pero sí me molestan las metáforas obvias, y el cine de Franco está lleno de la peor de ellas: el cuerpo de las mujeres como un vehículo vacío pero maleable.

 




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Óscar Luviano
(Ciudad de México, 1968). Narrador y poeta. Cuentos suyos se incluyen en Nuevas voces de la narrativa mexicana (Planeta, 2003) y en Así se acaba el mundo (SM, 2012). Colabora en diversos medios y publicaciones.

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