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DISFRUTES COTIDIANOS

Del doloroso siempre al distante nunca • Fernando Cuevas

Fernando Cuevas de la Garza

Never, Rarely, Sometimes, Always
Never, Rarely, Sometimes, Always (EU-RU, 2020)
Del doloroso siempre al distante nunca • Fernando Cuevas


La discusión en torno al aborto, en cuanto problema complejo, está atravesada por perspectivas de género, filosóficas, religiosas, ideológicas, políticas, morales y jurídicas. Nadie está a favor del aborto, es decir, no es una práctica que se haga por gusto, de ahí que los argumentos de estar a favor o en contra de la vida resulten falaces porque de entrada colocan a unos y otros en la posición de buenos y malos; inútilmente parecido resulta solo adjetivar a los demás como oscurantistas, retrógrados, inmorales o criminales, según sea el caso.

Conviene que las conversaciones se ubiquen en el hecho de si debe despenalizarse o no en el amplio marco de la salud pública, si bien detrás está la eterna disyuntiva de si se trata del cuerpo de la mujer, por lo que solo ella debe decidir, o bien se está considerando que no lo puede hacer porque está implicada la vida de otro ser humano. La necesidad de abortar es consecuencia, no causa, de una multiplicidad de factores que conducen a una persona a tomar esa dolorosa y terrible decisión, más allá de si se está de acuerdo o no.

Sabemos que la solución de fondo está en los intrincados terrenos de la prevención: evitar embarazos no deseados a través de amplios programas de educación sexual diseñados con un carácter integral, que involucren a distintas instancias gubernamentales y privadas, como la escuela y la familia en primerísimo lugar, considerando los contextos justamente de violencia intrafamiliar, machismo rampante y pobreza en los que se desenvuelven y sobreviven millones de mujeres.

Con un enfoque cercano y directo, centrándose en la perspectiva de su protagonista, Eliza Hittman escribe y dirige Never, Rarely, Sometimes, Always (EU-RU, 2020), volviendo a la mirada sobre la vulnerabilidad de las y los adolescentes como en It Felt Like Love (2013) y Beach Rats (2017), y haciendo alusión al cuestionario que se aplica en una clínica para entender el entorno y las condiciones en las que viven las mujeres que van a practicarse un aborto: preguntas personales que paulatinamente van resultando dolorosas y descriptivas de los difíciles ambientes en los que se desenvuelven las jóvenes, particularmente en relación con el abuso sexual en sus diversas formas.

Una introvertida estudiante de 17 años (Sydney Flanigan, de acorazada fragilidad) canta en una especie de festival escolar; pronto sabemos que está embarazada y que tiene la firme intención de abortar. Va a una clínica de su pequeña ciudad en Pennsylvania en la que, de manera respetuosa, la tratan de convencer de que no lo haga; trata después de hacerlo con peligrosos métodos caseros, sin conseguirlo; ante el requisito de contar con el permiso de sus padres por ser menor de edad, decide viajar a Nueva York con el apoyo incondicional de su prima (Talia Ryder), donde está permitido practicarse el procedimiento quirúrgico sin el consentimiento paterno.

La perspectiva feminista no sólo se plantea por medio de la presentación de personajes masculinos repudiables –del padre o padrastro al compañero ofensivo, del jefe del supermercado al degenerado del metro y de ahí al joven que conocen en el autobús, ayudando pero esperando algo a cambio (Theódore Pellerin)-, sino por la sororidad que manifiestan todas las mujeres, independientemente de su postura frente al aborto: la madre preocupada (Sharon Van Etten, dejando la cantada por un momento), la encargada de la primera clínica dándole opciones para tener al hijo, quien la recibe en el siguiente centro de atención y, por supuesto, la prima dispuesta a conseguir el dinero necesario y manteniéndose presente a pesar de todo.

Acorde con el tono emocional del argumento, la cámara va siguiendo de cerca las reacciones de las dos adolescentes y la dificultad que implica el periplo, entre estaciones del metro, calles iluminadas por frías luces de neón, locales de boliche y karaoke y centrales de autobuses: justo ahí aparecen los acordes de Julia Holter para enfatizar el desasosiego que va experimentando la protagonista con estoicismo y acaso sin comprender del todo cuáles fueron las causas que la colocaron en esta traumática situación.

Resulta paradójicamente revelador que no se mencione quién es el padre, fortaleciendo la noción de soledad que viven las mujeres en momentos que debieran implicar y comprometer a la pareja masculina. Una película que se suma a otras propuestas como 4 meses, 3 semanas, 2 días (Mungiu, 2007), Palíndromes (Solondz, 2004) y El secreto de Vera Drake (Leigh, 2004), que contribuyen a la reflexión sobre este problema crucial, huyendo del adoctrinamiento simplista.




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