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Esperaron a que la lluvia la desvaneciera • Ronnie Medellín

Ronnie Medellín

Ronnie Medellín
Tachas 393
Esperaron a que la lluvia la desvaneciera • Ronnie Medellín

En memoria de Alice Sheldon

 

 

Enormes gotas de lluvia caen sobre el rostro de Talita.

Está desnuda, sus pies juguetean con el borde de la azotea. Espera impacientemente la señal de Kualis, su cosmocreador, una inteligencia no humana que la ayudó a liberarse de todo aquel disparate humano.

Talita observa diferentes cortinas de agua en el horizonte, inestable e impredecible. Las nubes parecen una mezcla de dos diferentes tintas de colores opacos.

Ahí está ella, impaciente, meditabunda. Aguarda el llamado de Kualis, al tiempo que los recuerdos recorren toda su espina dorsal, hasta su sistema cerebral. Como coágulos mal formados de los sinsabores de la vida. Condensaciones de recuerdos falsos y verdades a medias, como toda la mitad de su vida en la tierra.

Talita nació bajo el signo de piscis, en la Ciudad de México. Sus padres, ahora separados y puestos a disposición del gobierno, regalaron la existencia de Talita a cambio de su educación y mantenimiento de por vida. Joven precoz, instruida en conocimientos innecesarios de física, química y matemáticas, fue reclutada para satisfacer las fauces

de un gobierno militar, carente de un enemigo fijo de quien defender a la patria.

A los dieciocho años, Talita fue confinada en un proyecto patrocinado por gobiernos europeos sobre el fin del mundo. Aprendió diferentes artes marciales y manejo de armas rudimentarias. Se convirtió en una experta en sistemas de cómputo y comunicación. Una de las mejores del proyecto, hasta que la guerra contra un enemigo desconocido interrumpió el proceso. Posteriormente, Talita fue reubicada en la mancha urbana, quedó desamparada y sin dinero en la bolsa. Meses después consiguió un trabajo de medio tiempo en una pescadería japonesa, incrustada en el sector oriental de la Ciudad de México.

 

Talita aprieta los dientes.

Los pies en el umbral, sobre el borde de un edificio de apartamentos. Las memorias le duelen, caminan como arañas de acero con patas puntiagudas, lentas y contundentes, seguras de su camino. Recuerda el olor a pescado, sangre cruda y fresca. Una imagen nauseabunda se postra en su mente. Su jefe, el señor Otomo, hijo de padres nipones nacido en la Ciudad de México, fue un hombre duro. Le enseñó el valor del dinero y el sinsabor

de la vida. Le presentó a uno de sus clientes, «El Rafi». Reclutado en un programa militar, al igual que ella, era un hijo del gobierno, auspiciado durante años, adiestrado para hacer frente a problemáticas exteriores de corte militar. Este tipo era diferente a los otros. Parecía una sombra sobre el asfalto, callado, silencioso en cada paso, un asesino perfecto y amante excepcional.

 

Talita hace rechinar la dentadura. El mentón parece ejercer una fuerza sobrenatural.

«El Rafi», alto, moreno, ojos color ámbar. Lo conoció en una noche lluviosa de verano. Un granizo intenso cayó por toda la ciudad. Él la acompañó al metro, platicaron durante varias

horas sobre blues y películas viejas, la época de oro, musicales y risas. La vio entrar a su casa y esperó a que ella le llamara. Un año después estaban juntos, todo aquello era una fantasía, una luna de miel extendida. Conversaban horas y horas en la alcoba, a veces bebían y observaban algo en la pantalla, nada interesante. Ella dejó el trabajo de Otomo y se conectó a la red. Consiguió un trabajo de tiempo completo, recopilación de encuestas, índices de opinión, matrices, promedios. Por primera vez empleó todo su conocimiento matemático y de sistemas. Él se limitaba a entrar y salir durante la mañana y la tarde, algunas noches también lo hacía. Cuando llegaba a ocurrir algo así, él le cantaba, calladamente, un viejo blues que le había enseñado su padre adoptivo del gobierno. Ella lo supo todo el tiempo, pero nunca se lo dijo, no quería romper aquel sueño de amor en el que se encontraba, prefería hacerse la dormida; a veces se acurrucaba de más o sonreía, siempre al límite de la mentira, no quería que él se diera cuenta que a ella le gustaba.

 

Talita cierra sus ojos lentamente. Está consciente de esos recuerdos falsos.

Un día, Talita veía la pantalla desde la cama. Aquel aparato pendía del techo. Imágenes en blanco y negro, una tras otra. Cierta película vieja y el olor a café por toda la casa. Él llegó a las once de la noche, con un sobre debajo del brazo y las pupilas dilatadas. Dejó el envoltorio a un lado de la vieja cómoda color azul artificial. Se recostó a un lado de ella y platicaron.

—¿Qué haces? —preguntó Rafi, con la vista puesta en el infinito de los pixeles blancos y negros.

—Perdiendo el tiempo —contestó Talita, con un matiz reseco y un aburrimiento cotidiano—. Viendo un documental antiguo sobre el jazz, nada divertido.

—¿Alguna vez conociste a tus padres?

Talita le dio la espalda a Rafi. Estaba molesta.

—No.

—¿Qué te disgusta?

—La pregunta —Talita volteó y lo miró a los ojos—. Es pendeja y con ganas de molestar.

—Sólo es una pregunta —su vista seguía perdida en la permutación de los pixeles.

—No, nunca los conocí. Creo que murieron, o tal vez nunca quisieron contactarme.

—La posibilidad de morir es la misma de vivir.

—¡Por eso, puta madre!, nunca quisieron hablar conmigo.

Nunca les importé... yo qué sé.

—No lo digo por eso, «niñita». Lo digo porque el margen de error de morir es el mismo que tenemos de vivir. Son los únicos eventos que el ser humano no puede enfrentar.

—Los enfrentas si te suicidas.

—Pero el suicidio sólo es anticiparse. Es una posibilidad dentro de la variable de la estadística de muerte. Una acción anunciada, pero su no ejecución no es una posibilidad.

Talita rió.

—¿Eso qué?

Rafi dejó de mirar el televisor y se hundió, como espina, en las retinas de Talita.

—Me voy. Hay una guerra.

Talita se dio vuelta y se hizo la dormida. «Evitar escucharte es una opción», pensó.

 

Una lágrima brota de su ojo izquierdo.

Talita sonríe. Los coágulos se descomponen uno por uno. Los recuerdos brotan sin forma, corren de la misma manera que las arañas con patas afiladas, unos hacia el occipital, otros hacia el corazón.

Talita abría y cerraba los ojos, tenía el conmutador puesto.

Diferentes cifras numéricas entraban y salían de su cabeza. Cadenas largas de números infinitos deambulaban en su cerebro, sólo para analizar la información y colocarla sobre las hojas electrónicas de la compañía. Una lágrima recorrió su mejilla y el conmutador se apagó.

Estaba al tanto que no podía trabajar a gusto con los sentimientos destrozados y un hondo vacío. No podía concentrarse, esa jornada no era «el día de los números». Ansiosa, se levantó del diván y se sirvió una taza de café. Prendió el estéreo y I put a spell on you, de Screamin Jay Hawkins, salió como escupitajo. Talita tomó asiento en el único decorado de sala. Un mar de lágrimas se tatuó en su rostro. Era el recuerdo de Rafi que no la dejaba en paz. Nunca había extrañado nada. Ni a sus padres, ni a los progenitores adoptivos del gobierno, ni a sus compañeros de escuela, ni la red, ni los nodos de información. Era como esa horrible sensación de vacío que le había descrito Rafi cuando hablaba de sus padres adoptivos. Era peor, porque a ella le dolía, sentía un frío por todo el estómago.

Se levantó, dejó la taza de café y encendió la computadora de uso casero. La bandeja del video correo estaba llena de mensajes de Rafi. Talita siguió llorando. El mes de septiembre estaba vacío. Tal vez él estaba muerto o la había olvidado por culpa de esas malditas chinas, distribuidas por todas las costas del mundo. Vietnamitas, filipinas, tailandesas, todas eran chinas para Talita.

 

Las lágrimas de Talita se disuelven con la lluvia.

Desaparecen, regresan al origen de todo. Caen en el asfalto, donde después se filtrarán, por efecto de la erosión, a la tierra que las vio nacer.

Pasó un año y el buzón de mensajes continuaba vacío de la presencia de él. Sólo había publicidad, pornografía oriental e india. Viajes a otros mundos, colonias, países inolvidables. Travesías de pasión, de trabajo, de familia. Rafi se había esfumado

de la Tierra y, con él, sus pantalones, cartera, playeras, los sueños de Talita y cualquier rastro de cordura en ella. Se le había acabado la esperanza, lo único que le quedaba era la

monotonía del trabajo y observar el asfalto cubierto de agua. Meses después, Talita intentó contactar al gobierno, pidió informes sobre los soldados muertos en combate. El nombre de

Rafi no figuraba en la lista. Después solicitó la lista de militares heridos y el nombre seguía sin aparecer. Así, durante un año, la lista de secuestrados, residentes exiliados, presos políticos, nada. Rafi no estaba allí, en ninguna parte.

Cansada y triste, Talita decidió ponerle fin a todo el asunto. Se plantó en el edificio de seguridad y reclamó acciones claras sobre el paradero de Rafi. Dejó el trabajo, renunció a comer, desistió de vivir durante dos meses. Un grupo de mujeres se unió a su protesta, todas parte de programas gubernamentales de manutención, con esposos y parejas en la guerra, quienes estaban desaparecidos.

 

Talita alza los brazos.

Sus ojos abiertos hacia la gran ciudad. Talita conoce su nombre, conoce el nombre del todopoderoso. La rebelión fue reprimida. Talita junto con el resto de mujeres fueron golpeadas y encarceladas, algunas incluso fueron violadas. La revuelta se había acabado. Al tercer mes fueron perdonadas. Formaron parte de un plan gubernamental, reorientadas a zonas habitacionales separadas. Talita fue recluida en un cuartucho con ordenador interno y una pequeña pantalla que se deslizaba por todo el apartamento. Cocineta desvencijada, un catre y nada más. A la semana, fue contactada por el departamento de seguridad. En el mensaje se leía algo así como «Video llamada de Rafi». Talita abrió los ojos, su mente

estaba en blanco, palideció y cayó al piso.

Abrió el mensaje. ¡Ahí estaba Rafi!, con el rostro pálido y delgado. Sus caireles habían sido mutilados. Se observaba una enorme frente, no tenía cabello y mostraba pequeñas manchas oscuras por toda la epidermis.

Talita tocó la pantalla y el video comenzó a reproducirse.

—Hola —dijo Rafi con desfase. El video estaba retrasado, la voz y sus movimientos faciales no concordaban. El video no era en vivo, pero a Talita no le importaba, se llenó de alegría, su rostro cambió y sus ojos se movían por todo el monitor, quería reconocer a Rafi, tocarlo, sentirlo y amarlo.

—Estoy vivo, no te preocupes. Volveré y te tomaré. Talita se estremeció, su piel se erizó de inmediato.

—No hagas locuras, me han comentado todo lo que has hecho por mí. El problema es que mi nombre es diferente dentro de las listas. Pero no te preocupes, te mandaré mensajes y, por lo pronto, te dejé una sorpresa en tu bandeja de entrada.

Rafi se despidió de mano, lanzó un beso y la imagen se fue a negros. Talita repitió el video una y otra vez, no quería olvidar al hombre detrás de la pantalla. Observó movimiento por movimiento, quería cerciorarse que aquello no era un efecto de edición, un sujeto animado por software. Talita descargó el archivo y lo accionó. Era un mensaje de estímulos, una llamada sensorial para tener sexo virtual. Colocó las terminales donde debía e inició una sesión sexual intensa. Durante horas, Talita descargó toda la energía acumulada. Su histeria fue sublimada y la energía libidinal se condujo a la entramada red de dispositivos periféricos. La energía iba y venía, no cesaba, alimentaba el mundo de la red más allá del tiempo y del espacio. Sustentaba con energía al resto de los internautas que necesitaban mayor rapidez en el flujo de datos y para mantener la animación suspendida

de algún extraño. El orgasmo se transmutó en combustible viviente para las entidades que yacían en la red.

Talita durmió como nunca, mientras el video se reprodujo durante horas, resonando en el cuartucho de macopan y prótesis plásticas.

 

Las gotas cubren sus senos de un gran manto invisible.

Parece estar fuera de sí. Talita levanta su pie izquierdo. El horror había terminado. Talita cada semana recibía una video llamada no presencial junto al archivo sorpresa. Todas las

noches de cada fin de semana se convertía en «uno» con la red; Rafi programaba todos los movimientos, sensaciones y sonidos.

Algunas veces, todo aquello iba acompañado de velas, bebidas alcohólicas, drogas y el saxofón de Coltrane. Las noches del domingo la energía crecía, se duplicaba, esparciéndose por todo nicho de la red falto de energía. Meses después, Talita recibió un

mensaje del departamento de seguridad. La necesitaban, querían que fuera parte del programa «mujeres en la guerra», una red femenina de consortes que se ayudaban entre sí, para aconsejar y dar alivio sobre la condición de sus parejas en el campo de batalla.

Talita retiró su cheque de desempleo y comenzó a recibir fondos del programa. Ella, junto al resto de las mujeres, creó campañas en pro de la guerra, apoyando psicológica y sexualmente a las cónyuges desamparadas, persuadiéndolas de su desesperación. Después creó un comité de contra–información. Se infiltraron en grupos opositores, los desmembraron y, algunas veces, los aniquilaron. Amantes y grandes amigas. Asesinas y torturadoras.

Ese año fue el mejor y Talita estaba contenta. Cientos de mujeres en la misma condición, todas satisfechas, reconfortando a su patria y alimentando a la red. Quienes estaban en contra fueron desapareciendo poco a poco; los que reclamaban fueron degollados; los que golpeaban, mutilados.

¿Dónde va a terminar todo?

Talita rememora. Recuerda el bullicio y los reclamos de los opositores. Las pancartas, las mujeres que dejaban de creer. Los policías, militares, los orgasmos. Recuerda a Kuamis. Después fija su mirada hacia una barda debajo de ella, sobre la que ve un cartel con el título: «Guerra, ¿para qué?»

Kuamis arribó como ladrón en la noche, sin avisar ni preguntar. Llegó a Talita en forma de sueños, representaciones oníricas del inconsciente colectivo, sin mezclarse con las imágenes de la red ni la de los internautas; se presentó en forma de recuerdos arcaicos y viejas memorias de un tiempo pasado. Probablemente de las imágenes heredadas por medio de los padres, abuelos y generaciones anteriores, sanguíneas y no sanguíneas. Fue el día del «Gran apagón», cientos de cuadras quedaron sin luz, desconectadas y sin comunicación. La noche fue un caos, la gente tenía miedo de salir de sus casas, había entrado en un estado de pánico. La oscuridad fue eterna, pequeñas chispas blancas intermitentes en el cielo. La luna reveló su presencia, los viejos recordaron y los jóvenes la conocieron. Talita cayó presa de la histeria. Era domingo, el día que se fusionaba con la red para acceder al placer etéreo de una sexualidad emulada.

Comenzó a caminar de un lado para otro, preparó café en la estufa y prendió un cigarrillo, luego observó la luna y comenzó a evocar a Rafi. Una ola de recuerdos recorrió su espalda. Siguió fumando hasta la medianoche, la electricidad no volvió y el café no provocó efectos en su cuerpo.

Talita terminó por acostarse en la nueva cama con acabados de poliuretano. Colocó su cabeza, soltó los hombros y entró en un sueño profundo. Imágenes nunca antes vistas recorrieron su cabeza, el sueño se estaba gestando y, en el centro de todo, la maquinaria del gran Kuamis. Un ser de aluminio con terminales de todo tipo. De su estómago se extendían grandes cantidades de cables cual tentáculos, cada uno de ellos poseía círculos rojos en sus extremos, como si de ventosas se tratase. Aquel ser arquetípico flotaba en el aire, dejando una estela de color verde. De sus ventosas salían, expulsados, rayos de luz. Talita observaba todo; a su lado, un paisaje de color rojo, con otras personas, mujeres que no tenían faz ni

vestimenta. Su cuerpo estaba de pie sobre una superficie arenosa, todo estaba en silencio. Una luna de color azul se hallaba suspendida a lo lejos. Kuamis movía de un lado para otro sus tentáculos, los cuales, de repente, se conectaron en el espacio donde debía haber un rostro en cada una de las mujeres allí presentes.

Un resplandor entorpeció la vista de Talita, hasta que todo quedó en negro. Era la nada, pensó. Su cuerpo estaba suspendido, a su lado millones de estrellas se movían de un lado para otro. Sintió una especie de vértigo, hasta que Kuamis se presentó ante ella.

Talita comenzó a levitar, su cuerpo empezó a dividirse. Se desmembró y cicatrizó al mismo tiempo, sus globos oculares flotaban sin rumbo alguno. El cerebro gravitó por los aires en dirección a la masa sin forma conocida como Kuamis. Su mente estaba escindida, Kuamis la había capturado. Ahora eran uno. Una luz blanca permanecería en sus recuerdos hasta el final de sus días futuros.

—Mi nombre es Kuamis, mi idioma es el de la materia con la que estás hecha —resonó una voz en la antesala mental de color blanco.

—¿Dónde estoy? ¿Estamos conectados a la red? —se escuchó

la voz de Talita.

—Estamos en la conciencia infinita. La forma original, lo que antecede a la falsa conciencia del hiperespacio y de la red. Mi nombre es Kuamis y vengo a rescatarte. Talita, vengo a despertarte, la red no es real, la única realidad yace en la dimensión sin materia tangible. Aquí no hay esquinas ni cálculos, es la conciencia arcaica que los arqueólogos han emulado y nombrado como «Red». Pero aquí no existen cables, nodos o seres que la controlen. Aquí no hay verdades ni mentiras, sólo conciencia infinita.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Soy la conciencia infinita. El vasto campo de las ideas sin nombre. Yo te conozco desde el principio de tu no–existencia. Te he visto navegar por la red. He visto cómo dejas tu corazón en mentiras, hologramas de un hombre que nunca existió.

La imagen de Rafi le llegó a la cabeza. Un saco de plomo era menos denso que el recuerdo infundado.

—¿Qué quieres de mí?

—Que despiertes. Profetiza en mi nombre, tu gobierno es represor, controlador. Una masa tangible de mentiras. Sólo te usan. Utilizan tu energía. Tú eres el nodo de su mentira, legitimas lo que ellos creen correcto, aunque aquello no exista. Fuiste reclutada para creer mentiras, tus padres fueron asesinados; ellos usaron tu soledad, te inventaron un nombre, un hombre...

Talita sintió un golpe en lo más hondo de su ser. La mente, sus brazos, sus ojos, todo reanudó su forma y quedó suspendida. Un tentáculo golpeó sus sentidos. Una voz resonó en el abismo de sus redes neuronales.

—¡Talita cumi! ¡Niña, niñita, despierta!

 

Talita flexiona su rodilla y se avienta al vacío.

Cierra sus ojos y sonríe. Talita dejó de comer y durante una semana no encendió

el ordenador. Un tipo, vestido de traje, tocó su puerta. Habló con ella durante horas y la convenció de que el fallo eléctrico no volvería suceder, le dio información digital sobre los nuevos programas donde podría colaborar. Necesitaban reclutar más gente, hacer ver que la guerra era necesaria. Talita sólo tenía en mente el nombre de Kuamis. El tipo se fue y ella prendió la computadora, había tres mensajes de video de Rafi. Los abrió y los vio por momentos. La voz había cambiado, una cinta con poca velocidad sonaba mejor. Por momentos lograba observar cómo la imagen se deformaba. Gráficos poligonales, corruptos, largos y sin sentido hablaban con esa voz gutural, lenta y mentirosa.

Talita respondió el mensaje y en el encabezado escribió «urge verte en video llamada en vivo». No se conectó ese día. Su sueño fue intranquilo, Kuamis se introdujo en su subconsciente. Por horas entendió cómo funcionaba la red de Kuamis, el sueño eterno, la realidad pura. Le enseñó a manipular su energía, a crear esferas y cubos perfectos. Entendió por primera vez lo que era el pasado y el futuro, la historia del mundo, las ideas y los conceptos. El amor y el odio ahora eran ambigüedades inexistentes en el contexto de Kuamis. Los sueños se habían convertido en su ordenador. Sin cables, luz eléctrica o cualquier otro aparato que le separara de su cuerpo fenomenológico. Estaba libre y su deber era liberar.

 

Talita sonríe.

El vacío está próximo a su fin. Se siente llena de vida, el aire impacta en su cuerpo. Talita cae poco a poco. Está lejos del asfalto, pero cerca de su fin. Talita soñaba con Kuamis. Él era un paisaje etéreo, rodeado de dunas y criaturas de color verde, sin rostro ni cuerpo definido. Él era la arena que se disolvía entre sus dedos. Mientras dormía, el golpeteo de unas botas contra el suelo sonaba en todo el sistema de apartamentos. Hombres de negro subían, llevaban consigo armas, garrotes de luz. Su objetivo era ella.

Talita despertó del trance, observó la puerta, escuchó las botas de los militares, se dio vuelta y corrió hacia la ventana. Los soldados golpearon la puerta, al no escuchar contestación la hicieron añicos. Un hombre gordo observó el cuerpo desnudo de Talita salir por la ventana.

Talita escaló rápidamente hacia la húmeda azotea mientras que las gotas de lluvia caían sin piedad por toda la zona. Unos hombres destrozaron la puerta del terrado y entraron. Talita los miró de reojo, se colocó al borde del pretil, miró el horizonte, cerró los ojos y pensó en Kuamis. Lágrimas nacieron de lo más profundo de su ser, escuchó un grito, pero hizo caso omiso. Una invasión de recuerdos recorrió todo su sistema neuronal.

Segundos después, se aventó al vacío.

 

Los militares observan el cuerpo desmembrado de Talita, por un momento esperan que la lluvia lo desvanezca, mientras la garganta del universo la llama por su nombre, resonando en cada uno de los que sueñan, a punto de despertar.

¡Talita cumi! ¡Niña! ¡Niñita! ¡Despierta!

 

 

Ronnie Medellín (Minatitlán, Veracruz, 1984) radica en San Luis Potosí y es licenciado en Antropología por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Ha publicado en revistas locales y nacionales como Tierra Adentro y Punto de Partida. Obtuvo el premio nacional de novela joven José Revueltas 2016 por su novela Dieciséis Toneladas. Entre sus publicaciones se encuentran Asesinos accidentes (2013, Pictographia Editorial/INBA/CONACULTA), Instantes de muerte (2014, Editorial Torbellino), Dieciséis toneladas (2016, Tierra Adentro) y El infierno es aquí: recursos humanos (2018, Camelot América).




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