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Tachas 394 • Discos cincuentones 1970 • Fernando Cuevas

Fernando Cuevas de la Garza

acetato
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Tachas 394 • Discos cincuentones 1970 • Fernando Cuevas

Un recorrido por algunos de los discos que cumplieron medio siglo de rodar por nuestras tornamesas, reproductores de discos compactos o listas de reproducción en algún lugar de la virtualidad. Y que siguen girando.

Primero el todo y sus partes. The Beatles terminaron su trayectoria discográfica con Let it Be, todavía con el genio puesto en cada composición pero ya acusando separaciones irremediables: no fue su mejor álbum pero mantiene el estándar alcanzado con anterioridad y, en efecto, ese organismo inmortal dejó ser a sus cuatro integrantes para que se lanzaran en solitario o bien acompañados, aunque cargando con la impronta de sus orígenes en Liverpool. Paul McCartney, como para confirmar identidad, pronto publicó  el homónimo McCartney, su debut solista con la obvia auto-influencia beatlesca y haciendo relucir hasta a la basura para dejarnos asombrados, mientras que John Lennon continuó con su trabajo paralelo iniciado un par de años de atrás, vía el intrigante, confesional e innovador Plastic Ono Band, en complicidad con Yoko Ono e incorporando algunas de sus ideas experimentales.

All the Things Must Pass es un álbum triple que dio salida a canciones que George Harrison había estado realizando desde cinco años atrás. De aliento budista y apuntando hacia la comprensión de lo efímero y a buscar la divinidad de acuerdo con lo que cada quien entienda por ello, se desprenden las notables armonías sello de la casa, ya imbuido en el misticismo oriental y con mayor margen de maniobra en plan solitario. Ringo Starr, por su parte, entregó el reposado Sentimental Journey, integrado por clásicos del jazz de los años treinta, por momentos en plan de juguetón crooner y bien acompañado por varios amigos, dándole sonido a las transiciones por las que pasamos en distintas estaciones de las rutas amorosas; ya encarrerado, publicó Beaucops of Blues, proponiendo covers del terreno country.

Guiados por Lou Reed, The Velvet Underground cargó baterías para grabar Loaded, álbum más accesible sin perder el filón alternativo que tanto influenció el desarrollo del rock. Ya en trances solitarios, John Cale debutó con su firma en el distinguido Vintage Violence, combinando cuerdas y teclados con soltura y Nico mantuvo su particular e imponente presencia gélida con Desertshore, provocando cambios en el paisaje más contradictorio. En tanto, The Firesing Theatre se encargó de ponerle surrealismo a la comedia irreverente con Don't Crush That Dwarf, Hand Me the Pliers.

En plenitud combinatoria donde igual caben el jazz, el rock, el country y el soul, Van Morrison nos puso en selenita movimiento con Moondance, al tiempo que After the Gold Rush nos devolvía a un tiempo posterior, tercer disco de un Neil Young en pleno derroche creativo como lo demostró al formar parte de Crosby, Stills, Nash & Young, asociación altamente creativa que produjo Dèjá Vu, obra cumbre de la integración entre el rock, el folk y el country que, en efecto, deja esa exquisita sensación de haberlo escuchado y al mismo tiempo, cada vez, sonar como si fuera la primera vez que pasa por nuestros oídos. Y para ponernos de buen humor con las letras cargadas de sardónicos influjos pop, ahí estuvo 12 Songs de Randy Newman.

Bob Dylan amaneció levantando otra vez la mano con un puñado de canciones para recibir la nueva década, integradas en New Morning, después de ser figura principal de los sesenta, en tanto Tom & Jerry, bien conocidos como Simon & Garfunkel le pusieron fin a su asociación con Bridge Over Troubled Water, broche de oro encabezado por su imponente canción titular, en tanto Cat Stevens presentó el evocativo Tea for the Tillerman, su disco más conocido y con altos niveles de inspiración compositiva y letrística para retratar asuntos que nos impelen a todos. Nick Drake apostó al contraste en Bryter Layter, su opus 2, entre detalladas y enriquecedoras instrumentaciones y arreglos de actualizado barroquismo que iluminan el nórdico cielo del norte, por donde se cuela la pérdida y soledad como condiciones permanentes de vida.

Abriendo paso al softrock, James Taylor tejió fino con su segundo disco, el salpicado por fuego y lluvia Sweet Baby James; la gran canadiense Joni Mitchell derrochó sensibilidad en Ladies of the Canyon, su tercer álbum en el que un folk en plena evolución, aquí guiado por el piano e instrumentaciones más elaboradas, y en el que continuaba narrando los tiempos que corren sin olvidarse de los sucesos personales, los de puertas para adentro. Después de presentarse el año anterior, Rod Stewart amplió su espectro con Gasoline Alley, combinando propositivos covers con piezas propias; Bernie Taupin contribuyó de manera clave para conceptualizar el oeste estadounidense en Tumbleweed Connection, álbum firmado y compuesto por Elton John: la dupla despuntaba como una de las asociaciones más connotadas de los setenta.

Traffic continuó con su convencida labor de entreverar géneros varios y presentó uno de sus grandes discos: John Barleycorn Must Die, ahora con una perspectiva histórica centrada en el folk británico con referentes del rock, que tuvo una obra clave en Fully Qualified Survivor, confirmando a Michael Chapman como uno de los músicos puente entre estos dos géneros en plena interacción; robustas composiciones pasadas por juegos de cuerdas, explorando emociones propias de un sobreviviente. El incansable compositor, productor e intérprete John Stewart entregó Willard, también envuelto en folk con rítmica prestada del rock’n’roll, en tanto Badfinger propuso No Dice, segundo álbum para fortalecer su revulsivo pop.

Enarbolando la bandera del rock sureño en su clásica expresión, The Allman Brothers presentaron Idlewild South con todo y la fuerza que dan los lazos familiares y el propio origen, mientras que The Flying Burrito Brothers nos regalaron un buen lujo de country rock con Burrito Deluxe, justo para relamerse los bigotes. The Byrds siguieron en vuelo y se despacharon con un doblete conocido como Untitled/Uniussed: el primero recupera un concierto y el segundo se conforma a partir de nuevas composiciones, ya en pleno estado de madurez, como el que empezó a alcanzar de manera prematura Chicago, amplia banda que entregó su Chicago II.

El rock de intensidades fuertes se vio en definitiva cimentado con la continuación y aparición de grupos que resultaron claves en su desarrollo: Led Zeppelin siguió contabilizando su peso específico con Led Zeppelin III, rock blues ahora con inserciones acústicas; Deep Purple cinceló el macizo Deep Purple in Rock, volviéndose una de las piedras angulares del hard rock, mientras que The Stooges le puso desatada diversión protopunketa al año con Fun House, lanzando un mensaje bien entendido algunos años después y bien reforzado por MC5 y su delirante Back in the USA. Por su parte, The Doors publicó el Morrison Hotel, quinto disco en el que profundizaron la espera de la salida del sol entre sonidos bluseros que avanzaban por el camino.

Black Sabbath se presentó con doblete: primero con el homónimo muy rifador Black Sabbath y después, ya en plena celebración de la locura e insertando un enfoque de protesta, el más elaborado Paranoid, pronto convertido en referencia de las posibilidades del rock para explorar zonas oscuras de la mente y alrededores. Grand Funk Railroad nos propuso un viaje de reconocimiento a través de ida y vuelta con Grand Funk y Closer to Home, par de discos roqueros de manufactura casera, en tanto Fire and Water  se volvió uno de los principales álbumes de Free con todo y su apuesta para que todo esté bien ahora. Pasando lista, The Beach Boys siguieron buscando iluminaciones y cielos despejados en Sunflower.

A partir de un pop difuminado y al borde de la ruptura mental Syd Barrett grabó The Madcap Laughs ya al margen de Pink Floyd, quienes entregaron el sinfónico y experimental Atom Heart Mother, después no muy bien visto por sus autores. David Bowie salió al mundo de los comerciantes a lo grande con su segundo álbum, The Man Who Sold the World y cobijado por nuevos teclados, Jethro Tull produjo Benefit, su tercer álbum. Van der Graaf Generation compuso H to He, Who Am the Only One, orientado más hacia la incorporación del jazz y estructuras de la música clásica y Skin Alley se despachó con dos obras: el ídem Skin Alley y To Pagham and Beyond, basados en un progrock bien alimentado por un blues vitamínico y apuntes sicodélicos muy de la época.

King Crimson produjo, en medio de cambios de alineación, In the Wake of Poseidon y Lizard, álbumes que empezaban a mostrar las mutaciones de la banda en los territorios de la progresión; por su parte, Emerson, Lake & Palmer, en la vertiente de los supergrupos, debutaron a lo grande entre bárbaros que habitaban en la edad del cuchillo y hombres con suerte con el álbum homónimo Emerson, Lake & Palmer. Soft Machine alcanzó una de sus crestas exploradoras con Third, mientras que Spirit nos llevó a un mundo onírico en Twelve Dreams of Dr. Sardonicus, entre colores sicodélicos pintados en imágenes folk. The Kinks hicieron un irónico retrato de la industria musical con Lola Versus Powerman an the Money Goround, Part One, integrando su sello británico con pasajes de sofisticación garantizada.

Grateful Dead produjeron el armónicamente elaborado American Beauty, su álbum más redondo justo cuando el movimiento hippie empezaba a quedarse en la historia, además del también inevitable Working’s Man Dead; nuestro compatriota Santana invocó deidades guitarreras y produjo Abraxas, infectando de tesituras latinas las estructuras armónicas. Creedence Clearwater Revival siguió abrevando en los sonidos sureños para reconvertirlos por medio de procesos armónicos directos en Cosmo’s Factory. Eric Clapton encabezó otra nueva agrupación llamada Derek and the Dominos que firmó el clásico Layla and Other Assorted Love Songs, empapado de reformulaciones bluseras e impulsado por su canción titular.

La gran Aretha Franklin iluminó el camino con su entregada vocal en Spirit in the Dark, tocando la canción indicada para tomar el boleto de ida sin regreso: coros, orquestaciones y toda una fiesta de R&B, blues y soul. En su primer lance solista, el miembro de The Impressions Curtis Mayfield, firmó de manera exclamativa Curtis!, tótem del soul labrado con un colorido festival de caleidoscópicos arreglos con inevitables rítmicas que hacen honor a la negritud, ampliando la invitación a gente de todos los colores para que se sumen al movimiento. Isaac Hayes se puso en activo con Isaac Hayes Movement, al igual que el intenso James Brown con su clásico Sex Machine y Funkadelic por partida doble con Free Your Mind... And Your Ass Will Follow y el ídem Funkadelic, cargados de negritud liberadora.

El originario de Bahamas Tony McKay, conocido como Exuma, produjo el tribal The Obeah Man, entre cánticos y guitarra desenfrenadas conviviendo con sonoros animales de pronto mutando a coros pasados por ácido: calypso, ritmos africanos, lamentos exorcizantes y reggae oculto alrededor de la fogata. El poderoso trío vocal jamaicano The Cables, conectaron su rocksteady con preguntas formuladas con amplitud de rangos en What Kind of World. The Last Poets declamaron fuerte y sentaron una de las bases para el movimiento del Hip-Hop por medio de su álbum homónimo The Last Poets, mientras que Willie Colón nos ponía a bailar desde una perspectiva escapista en La gran fuga.

Ananda Shankar, sobrino del famoso Ravi, integró un poco de rock a la interpretación de la tradicional cítara en el ídem Ananda Shankar, contando con el apoyo de Jimi Hendrix, quien publicó el directo Band of Gypsys, formando parte de los grandes álbumes en vivo junto a Live at Leeds de The Who y Get Yer Ya-Ya's Out! de The Rolling Stones. El italiano Fabrizio de André relató pasajes de María, José y Jesús en La buona novella, retomando los evangelios apócrifos y con su característica sensibilidad y espíritu crítico, mientras que el brasileño Jorge Ben consolidó forma y estilo dentro del contexto de la música carioca con Força bruta y los argentinos de Almendra integraron, antes de separarse, el ligeramente sicodélico Almendra II, aderezando el desarrollo del rock en aquel país.

En Bitches Brew, Miles Davis lo volvió a hacer. Fusiones orgánicas y abstracciones propias de la vanguardia; free jazz con intensidades oblicuas, compartiendo cartel en ejecución y composición con equipo de avanzada; impulsivo e inmediatista, cual espesa espuma saturada de malta. Del gran trompetista Freddie Hubbard se deja escuchar Red Clay, una de sus cimas. Con el crucial apoyo de Henderson, Herbie Hancock -quien produjo a su vez Fat Albert Rotunda-, Carter y White, el de Indianápolis transita de un hard-bop al blues y de ahí a las vanguardias de los 60's que abrieron el abanico jazzero, como se deja escuchar en el cadencioso Stone Flower del maestro Antonio Carlos Jobim.

La pianista y arpista Alice Coltrane entregó, acompañada de grandes colegas en base rítmica, sax tenor y flauta alto, Ptah, The El Daoud, consolidado opus 3 como solista: 4 cortes llenos de espiritualidad, exploración sincopada y solos en plena colusión; justo uno de los participantes fue Pharoah Sanders, quien presentó Deaf Dumb Blind (Summun Bukmun Umyun) con un saxofón que nos abre orejas y ojos en idioma doble, o triple. Charlie Haden alzó la voz con el antibélico Liberation Music Orchestra, incorporando música tradicional al jazz de vanguardia, siempre con el soporte de la pianista Carla Bley: sonidos para revisar la guerra civil española y apuntes sobre Vietnam.

Jackie McLean cerró una etapa con Demon's Dance, combinando progresiones efervescentes con algunos sutiles pasajes que mantienen el baile en llamas; la impredecible batería de DeJohnette y la vigorosa trompeta de Shaw, impiden que la quietud se apodere de nosotros. Con cuatro cortes, Donald Byrd suena por momentos onírico en el futurista viaje de Electric Byrd, con ambientaciones que suenan extrañamente familiares, de alguna manera expresadas por el saxofonista británico Lol Coxhill en Ear of the Beholder y por el colega Stanley Turrentine en Sugar, espolvoreando un soul-blues por las deslizantes notas.

Herbie Mann entregó Muscle Shoals Nitty Gritty, muy buena opción para el inicio semanal con un fresco crossover jazzero impulsado por notas de soul y aderezado con pasajes funk y R&B. Seguimos el músculo del flautista de Brooklyn como si fuéramos un convencido cardumen. En burbujeante asociación, la trompeta de Thad Jones y la batería de Mel Lewis condujeron a su Big Band en Consummation, ejemplificando con fineza y efusividad las amplias posibilidades de esta formación, moviéndonos por la pista o bajando la intensidad de la luz.

Con una base de jazz-soul, el guitarrista Boogaloo Joe Jones se suelta en Right On Brother, planteando un frenesí funky en convivencia con parajes bluseros de largos espacios, siempre con un groove que se inserta por el sistema receptor, hermanando estilos; desde las cuerdas, el también guitarrista John McLaughin se elevó con Devotion, especie de plegaria que va de la fusión a la sicodelia para encontrarse con dragones y sirenas jugando a las canicas y, por no dejar, grabó también el brillante My Goal’s Beyond, con influjos de la India y todo un festín de pacífica fusión. La guitarra también sonó de la mano de Sonny Sharrock en Monkey-Pockie-Boo, su segundo disco cual hechizo acechante.

El Art Ensemble of Chicago compuso con aromas soul y su consecuente grado de innovación Les Stances a Sophie para el filme francés homónimo de Moshé Mizrahi, mientras que el saxofonista Jan Garbarek realizó un viaje inesperado de ritmos y colores difusos en Africa Pepperbird, su segundo álbum, primero para ECM y volviéndose pronto conocido en los circuitos del jazz europeo. Marion Brown y una notable compañía pergeñó Afternoon of a Georgia Faun, enclavado en el ámbito de la experimentación que colinda con el jazz de vanguardia. Andrew Lloyd Webber recorrió algunos pasajes de la vida de Cristo con tesituras hippies en la gran ópera rock Jesus Christ Superstar.

Y en los terrenos de la liberación sonora sustentada en la fuerza de la inspiración del momento, Evan Parker, Derek Bailey y Han Bennink cartografiaron ecos y respiraciones vía The Topography of the Lungs; además, los dos primeros participaron en el impredecible y cautivante The Music Improvisation Company, buceando en la aleatoriedad auditiva. Algunos de los discos memorables en vivo fueron Living Black! de Charles Earland, Live at the Lighthouse de Lee Morgan, Montreux II de Bill Evans, At the Lighthouse del Joe Henderson Quintet y Live de los revivalistas World’s Greatest Jazz Band.



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