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EL HOMBRO DE ORIÓN

Tachas 400 • El ascenso de Lucifer • Juan Ramón V. Mora

Juan Ramón V. Mora

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Tachas 400 • El ascenso de Lucifer • Juan Ramón V. Mora



Carl Gustav Jung dijo en sus memorias que la cuestión decisiva para los hombres se resume con la pregunta "¿Guarda relación con lo infinito o no?". Según él, hay que regirse por este criterio si no se quiere tener la sensación de haber malgastado la vida. Este "infinito" ha recibido muchos nombres. "Dios" es uno de ellos; "Diablo" es otro. Los psicoanalistas han ofrecido el banal "inconsciente", que carece de resonancia, pero se ajusta a la observación empírica de la psique humana.

Una de las formas para relacionarnos con este Infinito (llamémosle así) que ha gozado de mayor prestigio histórico es la de poner atención a los sueños. Los antiguos creían que el misterio que nos visita cada noche podía provenir de las Puertas de Marfil o de las Puertas de Cuerno. Los sueños dirigidos por los dioses atraviesan las puertas de cuerno. Si esto sucede, es cuestión vital atender a su extraño tejido de sugerencias.

La hipnosis colectiva de la sala de cine quizá sea un baluarte oracular en el corazón de la modernidad tecnológica. Hay algunos, de entre los tantos y tantos sueños manufacturados en este poco más de un siglo, que destacan por su intención deliberada de acceder a dimensiones supremas: sueños (películas) provenientes —o cuando menos inspirados— en regiones trascendentes. En otras palabras, hay películas hechas con intención de rendir culto a lo sagrado; cine religioso.

Es probable que la mayoría de nosotros piense en las películas que la televisión abierta machaca en cada Semana Santa cuando se nos presenta la idea de cine religioso. Un rubio Jesús en blanco y negro sermonea solemne a sus discípulos. Romanos en sandalias obtienen epifanías en Judea. Moisés parte las aguas del Mar Rojo Technicolor. Como tantas otras veces, olvidamos que el cristianismo que se practica en occidente (o, peor, en México; o el colmo del infierno: en León, Guanajuato) es apenas una de las muy diversas prácticas espirituales que ha imaginado la especie. Desde la eternidad minimal de un monje zen hasta la suntuosidad grosera del Papa, todas ellas aspiran a comunicar algo de aquel Infinito. Como en las distintas religiones, en el arte también se puede distinguir la actitud artificial de la genuina.

Kenneth Anger es uno de los directores de cine que mayores esfuerzos ha dedicado para poblar su obra con resonancias mitopoéticas. Creció junto a Hollywood y nos ha entregado varios cortometrajes que, desde donde alcanzo a ver, tienen por intención funcionar como sueños que han cruzado las Puertas de Cuerno. En el cine de Kenneth Anger se siente un interés sincero por hacer arte sagrado y no meras piezas de espectáculo destinadas a quitarle un poco de pasta a sus espectadores.

Una de sus piezas mayores es Lucifer Rising (Anger, 1972). Concebida y planeada desde mediados de los sesenta, no fue sino hasta dos décadas después que pudo ser vista por un público amplio. Fue concebida para celebrar el arribo del Æón de Horus tal como fue anunciado por Aiwass a través de su profeta Aleister Crowley. La película de Anger enuncia sensaciones semejantes a una estrella, una serpiente o una tormenta.

La sucesión de símbolos arcanos es cobijada por un soundtrack de maravillosa contemplación compuesto, interpretado y grabado enteramente desde la cárcel por Bobby Beausoleil, quien había sido inquilino de Anger —infame también por ser el primer miembro de la Familia Manson en caer bajo el brazo de la ley por cometer homicidio.

El teatro de los dioses se materializa ante nuestros ojos con la calma tensa de un volcán. Las extrañas imágenes y densas sugerencias se acumulan como un crescendo de rock and roll. Presenciamos la ἱερογαμία entre Isis y Osiris: invocan al ángel caído Lucifer para acabar con el mundo y comenzar uno nuevo. El arribo de la Estrella de la Mañana a nuestro plano es similar a la eclosión de un reptil o la amenaza gentil de un tigre cruzando con paciencia el río que divide los universos. El halcón que saciará su hambre con los ojos del crucificado tiene rostro de estrella de cine.

Nuestra mirada nos otorga, en poco más de media hora, la llave para introducirnos a la fuente donde se disuelven los contornos y el destino mezcla su tarot. En la cima de las ruinas inmemoriales que presiden este drama cósmico aguarda una revelación. El sueño febril de la locura nos revela la verdad esencial: todo esto no es más que un juego, un guiño risueño. La broma se ha consumado.

Hace no mucho tuve un sueño donde conversaba con Kenneth Anger en un café que no alcancé a ubicar. Le preguntaba si acaso Lucifer Rising era un ritual celebratorio de las luminosidades solares e Inauguration of the Pleasure Dome (Anger, 1954) una inmersión en las potencias sinuosas del reino lunar. No expondré aquí su respuesta, pero que esta columna sirva para romper una lanza en honor de su alto legado como artista visionario.




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Juan Ramón V. Mora (León, 1989) es venerador felino, escritor, editor, traductor y crítico de cine. Ganó la categoría Cuento Corto de los Premios de Literatura León 2016 y fue coordinador editorial en la edición XXII del Festival Internacional de Cine Guanajuato. Escribe sobre cine en su blog El hombro de Orión.




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