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EL HOMBRO DE ORIÓN

El Hombro de Orión • The Wicker Man • Juan Ramón V. Mora

Juan Ramón V. Mora

Juan Ramon V. Mora
The Wicker Man
El Hombro de Orión • The Wicker Man • Juan Ramón V. Mora


Repetidas visitas a esta obra maestra me han confirmado que el equilibrio de The Wicker Man (Robin Hardy, 1973) como pieza de arte está fundamentado en intuiciones —quizá entendimientos— certeros sobre la naturaleza del sacrificio. Para quienes todavía no se inician en sus delectables pavores, espero que este texto sirva como anzuelo. A los iniciados les recuerdo que hablar destruye la sinfonía del silencio.

Aunque se le encajone como terror o suspenso, buena parte de la magia de The Wicker Man proviene de su habilidad para esquivar los límites. Entramos a algo que parece un documental, luego se transforma en thriller policiaco, nos da dos o tres bofetadas metafísicas y al final nos deposita un hueco en el abdomen a ritmo de musical folclórico. ¿Qué pasó?

El protagonista es el Sargento Howie, interpretado por Edward Woodward. El Sargento es una encarnación de la civilización cristiana occidental. Un fiel súbdito de la Reina Isabel II, anglicano convencido y severo brazo de Cristo en la tierra. Su primera escena nos lo muestra participando con gran fervor en la celebración alegórica de un sacrificio humano.

Luego, mezclada al sonido de una avioneta, se nos presenta la otra protagonista: una música dulce y profunda que nos acompaña de principio a fin. Uno de los colaboradores confesó que el director Robin Hardy sorprendió al elenco revelando a media filmación que estaban trabajando en un musical. Las melodías compuestas por Paul Giovanni reflejan un gozo vital arcaico y misterioso, contrapuesto a la seriedad civilizatoria del Sargento Howie. Es un prodigio lírico y musical que merece ser escuchado por cuenta propia de cuando en cuando.

 


Summerisle es el escenario, tan vivo como los personajes. Se trata de una remota isla escocesa, apartada del mundo al estilo de la Nueva JerusalénMichoacán. El motivo que lleva a Howie hasta ahí es grave y amerita el recorrido. Se trata de un reporte anónimo que informa sobre la desaparición de una niña, Rowan Morrison. En Summerisle hace mucho que se abandonó el cristianismo, adoptando en cambio el culto a los viejos dioses célticos. Desde que pone un pie en tierra firme, el Sargento Howie descubre que todo ahí desafía sus creencias más profundas.

Como si fuera un ajedrez, la película expone por oposición la superioridad del sistema pagano frente al cristiano. Esto sucede en boca de Lord Summerisle —interpretado por un supremo Christopher Lee—, pero también en las calles, las canciones, las costumbres... Con sólo respirar ese aire, El Sargento Howie ve amenazada la piedra sobre la que descansa su edificio.

Mientras se desarrolla, The Wicker Man va desgranando virtudes formales que revelan una película pensada al detalle. Los pasos de su danza macabra nos llevan a visitar todo tipo de imágenes extrañas: sirenas, númenes, ceremonias, festivales, orgías. incluso Tláloc tiene su lugar en el festín de dáimones que pueblan esta cinta. Pero el Sargento Howie no se distrae, resiste todas las tentaciones y no olvida que su objetivo principal es rescatar a la inmaculada Rowan Morrison, que no tiene la culpa de haber crecido en un ambiente tan terrible como ése.

Es en la confrontación final donde nos encontramos con dos visiones enteramente opuestas de lo que significa "pureza" y lo que significa "orden". Ahí se revela el efecto al que Robin Hardy había querido conducirnos desde el principio con sus trucos estupendos. Un efecto más sutil que el mero horror: la fatalidad; esa indefensión paralizante ante la urdimbre del destino, más cercana al antiguo pánico que al susto vulgar tan frecuente en el cine actual.

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