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EL HOMBRO DE ORIÓN

El hombro de Orión • ¿Cine para qué? • Juan Ramón V. Mora

Juan Ramón V. Mora 

Juan Ramón
Tachas 410
El hombro de Orión • ¿Cine para qué? • Juan Ramón V. Mora


Parece imposible mantener la compostura ante cabezas cercenadas, robos, homicidios, asaltos… Violencia, horror, sangre y muertos sin cesar. Ruido que no se acaba. Los viejos dirán que antes no sucedían esas cosas; los de hoy nos preguntamos por qué tenían que suceder ahora. Ya son muy pocos quienes pueden sentirse seguros, incluso dentro de sus hogares. Vivimos en ciudades donde aparecen trozos de personas esparcidos en las calles. Transitar la ciudad a cualquier hora —derecho civil elemental— es un privilegio que sólo pueden permitirse algunos. Para los demás es una aventura inflamada de aprensión, paranoia y miedo. Eso sin contar los atropellos que se cometen todo el tiempo contra disidentes políticos, las desapariciones forzadas, las fuerzas del orden corruptas y abusivas. ¿Cómo llegamos a esto? ¿Por dónde se sale?

Los problemas parecen insolubles. No es una cuestión que se acabe en la economía, o el bienestar público. En el fondo es una cuestión existencial. La realidad se nos vuelve más gris, más áspera. Es cada vez más complicado hacer frente a los días ¿Qué caso tiene seguir, si ya todo está amargo? ¿Para qué hacer algo? No digamos tener y cuidar hijos, sino levantarse de la cama. El horror en el que chapoteamos inmoviliza, provoca náusea y nos muestra la desnudez de la vida en su pasmosa integridad.

Frente a tales perspectivas, ¿cuál es el lugar del arte, o siquiera del entretenimiento? ¿Qué caso tiene ver o hablar de cine? Enfocar la atención en estas cosas da menos lustre ante la opinión pública que sacar el ejército a las calles pero, a mi juicio, las películas son parte de un remedio efectivo para la desintegración social. Como parte de la cultura —el propósito más alto que hemos conseguido como especie—, la cinematografía es una apuesta contra la barbarie. 

El acceso generalizado a la cultura y la educación (incluyendo la alfabetización fílmica) es el mejor activo que puede adquirir una sociedad. El fuego que anima al buen quehacer es la facultad de imaginar. La imaginación es el catalizador de las transformaciones, y sus alimentos son el arte y la inventiva. Exponernos a la conmoción de atestiguar una obra poderosa siempre será más fructífero que reclutar policías. Construir un mundo nuevo, más verdadero y más puro, es prerrogativa de las personas que imaginan, no de las que mandan y obedecen. Estimular la capacidad de concebir mundos distintos al nuestro —en especial si el tal mundo es una porquería— es el germen de todos los cambios. Todo lo que ahora damos por sentado se originó en ese sector evanescente de nuestra conciencia que la estupidez corriente nos quiere enmudecer.  Aprender a concebir y apreciar los productos de la imaginación intensifica nuestro universo y nos revela otros posibles.

Esto no es evidente para la gente que está en el poder, en parte porque atenta contra su ilusoria permanencia. No les conviene ningún otro mundo. No saben que las bombas y los fusiles son juegos de niños frente a la potencia de las ideas. Las generaciones viven y mueren, mal o mejor; pero una idea robusta es más tenaz que el diamante. La belleza de la creatividad inflama el espíritu, y puede revolcar a una sociedad con más violencia que el fuego y el saqueo.

En honor a los sitios que nos ha permitido recorrer el cine, utilicemos su poder para cambiar las cabezas que tengamos a nuestro alcance —si es que todavía tienen la suerte de permanecer sobre sus hombros.

 




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Juan Ramón V. Mora (León, 1989) es venerador felino, escritor, editor, traductor y crítico de cine. Ganó la categoría Cuento Corto de los Premios de Literatura León 2016 y fue coordinador editorial en la edición XXII del Festival Internacional de Cine Guanajuato. Escribe sobre cine en su blog: El hombro de Orión.

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