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Tachas 411 • Escucha el Templo de San Juan Chamula • Liz Espinosa Teran

Liz Espinosa Teran

Liz Espinosa Teran
Templo de San Juan Chamula en Chiapas
Tachas 411 • Escucha el Templo de San Juan Chamula • Liz Espinosa Teran


Cuando era niña escuché relatos sobre el Templo de San Juan Chamula en Chiapas que lo convirtieron en una meca del turismo para mí. La prohibición de fotografiarlo por dentro, aunada al celo que los Chamulas ponen en hacerla cumplir, me generó una curiosidad testaruda y la determinación de verlo con ojos propios. Lo que no sabía es que escuchar ese sitio era tanto o más interesante que observarlo. Viajar es llevar los oídos a otros lados.

Cuando llegó el día de saciar mis ganas, atravesamos los puestos y el gentío de la plaza. En la entrada más que emoción por penetrar en el santuario, sentía nerviosismo de delincuente, porque llevaba un micrófono dentro del saco para grabar los cantos de los fieles, y temía que mi estimada grabadora fuera a correr la misma suerte que —cuentan– sufrieron algunas cámaras fotográficas profanadoras.

Una vez que mis ojos tiranos se saciaron de observar las hileras de velas, los santos de iconografías alternativas, los rostros de devoción y los refrescos, consagrados, finalmente se cerraron.  Entonces mis oídos tomaron conciencia del sonido:  escuché el canto entonado a media voz del padre de una familia: una frase que se repetía y se repetía facilitando de esa manera el estado de concentración adecuado para orar. Así, hincado en el suelo cubierto de hojas de juncia, frente las velas, emitía la cíclica melodía con absoluta devoción. Supongo que cantaba en maya-tzotzil, porque yo únicamente entendía cuando nombraba a algún santo cristiano.

Durante sabrá Dios cuánto tiempo, ese canto desbancó todos mis pensamientos, no existió para mí otra cosa, se convirtió en el universo ¡qué placentera la contemplación del sonido!

Al dejar ese estado caminé hacia el altar. Conforme me acercaba, el asombro se tornó shock, surgió la polifonía: los cantos religiosos por un lado y, por el otro, la versión más fea de Jingle Bells: la de las series de focos navideños que adornaban el altar. El canto devocional y el murmullo rezador contaminados por el motivo “Oh, blanca navidad” producido por los timbres chafas de la industria china.  Un sincretismo accidental, un tanto violento a mis oídos. Nada que ver con el que antaño se produjo en los motetes en náhuatl atribuidos a Hernando Franco.

Conforme me alejaba rumbo a la salida, dejé atrás ese extraño sabor sonoro y pude retomar las melodías cargadas de fe y, aunque no fui a misa, pude irme en paz, dando gracias a Dios porque las series de focos chinas nunca funcionan más allá de 30 días.



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Liz Espinosa Teran. Compone y escribe. Lo que más disfruta es hacer música original para cine, video o para instalaciones artísticas.

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