sábado. 28.05.2022
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Minari y El Refugio: Un nido para cosechar los frutos • Fernando Cuevas

Fernando Cuevas

Minari (2020)
Minari (2020)
Minari y El Refugio: Un nido para cosechar los frutos • Fernando Cuevas

Un par de familias de posiciones y recursos distintos en busca de asentarse en definitiva. Padres enjundiosos que de pronto construyen castillos en el aire; madres trabajadoras al borde de la desesperación, hijas en busca del equilibrio interno e hijos en plena batalla adaptativa. Desavenencias matrimoniales dadas las circunstancias y conflictos propios de las actividades laborales, de la situación económica, permeada por situaciones específicas de los años ochenta en Estados Unidos e Inglaterra, y por la naturaleza misma de los riesgos implícitos para concretar los negocios correspondientes, emprendidos por hombres asumidos en su papel de proveedores con fuerte orientación hacia el orgullo personal. Finalmente, el núcleo familiar como anclaje para sobrevivir a la tormenta.

Minari o la integración de la paciencia

Elegir el lugar preciso para sembrar la planta traída desde la propia tierra y que pueda crecer, madurar y morir, para después renacer con mucha mayor fuerza, hundiendo con plena seguridad las raíces en el suelo: a partir de los intensos aromas y su capacidad para adaptarse al nuevo terreno sin necesidad de muchos cuidados, quedará como una viva representación de la interculturalidad que se asienta en el paisaje sin perder su esencia. Justo en el fracaso se puede volver a ella para recobrar la esperanza convertida en cenizas y, de paso, condimentar la cotidianidad para rememorar la tierra de origen.

Dirigida y escrita con base en sus recuerdos por Lee Isaac Chung, quien ha explorado las diferencias culturales, la importancia de la memoria y de los deseos (Munyurangabo, 2007; Lucky Life, 2010; Abigail Harms, 2012), Minari (EU, 2020) relata de manera sensible la experiencia de una familia coreana en busca de adaptarse a su nuevo entorno rural en Arkansas durante la década de los ochenta reaganianos, llegando a vivir a una casa-tráiler que se ubica en un amplio espacio donde la idea es crear una granja que produzca verduras para venderlas, después de haber estado en Seattle y Los Ángeles.

El nuevo proyecto de vida es impulsado por el emprendedor y obcecado padre de familia (Steven Yeun, efusivo y hosco), acompañado con reticencias por su más realista esposa (Yeri Han), ambos trabajando en la separación de pollos mientras se intenta desarrollar el conflictivo emprendimiento. La hija, a pesar de su corta edad, mantiene una postura de madura conciliación (Noel Cho), cuidando a su hermano menor con dificultades para habituarse (Alan Kim), enfermo del corazón y aún orinándose en la cama: en cierto sentido, el relato tiene buena parte de su perspectiva que se entrevera con el de su padre.

Al contexto familiar, con todo y sus tensiones, se suma un religioso vecino de extrañas formas que decide ayudar en el proceso de siembra (Will Patton, ensimismado en su fe), mientras carga su propia cruz, y la flexible abuela (Yuh-Jung Youn, encantadoramente vital), una vivaracha anciana recién aterrizada de Corea que funciona como portadora de recuerdos pero también de nuevas formas de ver la existencia, sobre todo para su nieto, rompiendo estereotipos con cercanía natural. Presencias que abren posibilidades, al igual que la bienvenida de la comunidad que asiste a la iglesia cercana, mayoritariamente blanca y perteneciente a la América profunda, ejemplificada por el amigo del pequeño hijo y su padre.

La música de Emile Mosseri acompaña a una fotografía luminosa que privilegia la mirada personal que se dirige a ese frondoso jardín gigante, territorio en el que se depositan las expectativas para vivir en la realidad el sueño americano: buscar el agua indispensable, cuidar la cosecha, planear el procedimiento de almacenamiento, empaque y distribución. Nada tan complicado como mantenerse juntos y dormir en el suelo, como se propuso aquella primera noche, acaso para conjurar enfermedades angustiantes, sequías impredecibles y fuegos destructores, apagados sí con el saber técnico usado por la cabeza pero también admitiendo la manifestación del azar y la magia que habitan el corazón.

El refugio o la ruptura de la ambición

Una familia se muda una vez más por las oportunidades laborales del padre y esposo: tras vivir en Estados Unidos, país de origen de la esposa, regresan a Inglaterra junto con sus dos hijos: una joven adolescente (Oona Roche), proveniente de una relación anterior de su madre, y un tímido niño  con dificultades para adaptarse (Charlie Shotwell). El hombre se adelanta a su nuevo destino y renta una casa-mansión con un gran terreno en la campiña inglesa para que la mujer pueda tener caballos, su pasión y ámbito habitual de trabajo. De entrada se percibe que en el vínculo matrimonial subsiste un conflicto por los constantes cambios y las promesas incumplidas en cuanto a estabilidad económica, considerando las altas expectativas generadas.

Dirigida y escrita por Sean Durkin con ciertos apuntes propios del thriller, El refugio (The Nest, 2020) es un retrato familiar donde los personajes parecen atrapados en sus propias manías y limitaciones, como lo hiciera en su anterior filme, Martha Marcy May Marlene (2011); aquí, un hombre impulsivo y hablador, siempre con el gran negocio en puerta pero al final perdiéndolo por sus propias actitudes entre invasivas y arrogantes, vive para mantener un falso estatus basado en las apariencias y orientado a satisfacer necesidades de su familia que él mismo ha creado en su imaginario; su pareja, con distintos tipos de intereses y en constante actitud de insatisfacción, busca por momentos voltear hacia otra parte y continuar con sus rutinas, esperando que algún día cambie la lógica con la que actúa su marido.

Al gran diseño de los personajes contribuye un guion que apunta hacia un fuerte realismo sicológico que no olvida contextualizar el desarrollo de la familia en tiempos del thatcherismo, con todo y sus conflictos de clase; además, las interpretaciones de Jude Law y Carrie Coon como el matrimonio en crisis, le brindan a sus respectivos personajes la necesaria profundidad como para incomodarnos, al igual que sucede con sus hijos, con los colegas en el trabajo y hasta con el jefe que lo invitó a regresar a la consultora de negocios. Entre canciones ochenteras, se despliega una fotografía brumosa que va atrapando la tensión creciente generada ante el descontrol de la fiesta y la cena, la desaparición nocturna, la discusión cargada de acidez y por supuesto, el misterio alrededor del simbólico caballo: sentarse en la mesa donde todos caben, acaso para replantearse la existencia una vez más.


 

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