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CUENTO

El sol de su vida

Óscar Luviano

Oscar Luviano
Pesquisas, de Teresa Margolles
El sol de su vida

Esto es lo que va a pasar la noche en que denuncies la desaparición de Dalila.

En Chimalhuacán las nubes de polvo no se asientan de día o de noche, y la misma virulenta luz ambarina envolverá a farolas y luna. A las puertas del Ministerio Público un carrito venderá café y pan a los agentes y secretarias, para los que serás invisible. Durante las tres horas que te harán esperar de pie en el vestíbulo los verás reír, mostrarse videos en sus teléfonos, disputarse los enchufes para cargar sus teléfonos. Cuando al fin el MP te haga pasar a su oficina, casi podrás oler el furioso hartazgo apenas contenido por su traje a la medida, en negro tan sólido como el tinte que cubre las canas de su barba y cabello. Negra, también, será su voz furiosa. Ya le dije que estas niñas siempre se van con el novio.  No sentirás tanto que te habla como que trata de alejarte como a un perro al que se patea. Mientras usted y yo hablamos, seguro está pasándola rico en algún hotelito. Le dirás que Dalila no tiene novio. Le dirás que por favor, que la has buscado en la casa de su papá, en la casa de esa “amiga” de la que ni castigos ni súplicas la separan, en el parque al que dicen que se va a llorar cuando nadie la entiende.

El MP negará con la cabeza, reprobador, y te darás cuenta de que no se tomó la molestia de anotar una sola de tus palabras, de su computadora apagada, de que no te pedirá ni una de las fotos del folder que apretarás contra el pecho, como si ahí dentro reposase Dalila, de algún modo contenida en la foto de estudio de sus XV años, sonriente y deslumbrante sobre un horizonte de rosas.

El MP suspirará con un tamborileo impaciente sobre el escritorio. Además, si como cuenta, se fue de la casa por una pelea con usted, pues ya no es responsabilidad nuestra. Te soltarás a llorar pidiendo disculpas. O eso crees, porque de tu boca sólo saldrá el eco de algo que se quiebra sin remedio. El eco del portazo que amenaza con ser la última palabra que recibirás de Dalila tres días antes, cuando la regañaste por esa foto que subió a Facebook. ¿Cómo se les ocurre exhibirse así, besándose sin blusa? Del puro coraje le gritarás a la puerta cerrada que mejor no regrese, aunque sean las dos de la madrugada. Llevará los tenis con la suela que destellaba con cada pisada. En esa oficina te recordarás oteando por el filo de las cortinas, sin ver más que el brillo de los tenis en la calle oscura, pulsando cada vez más lejos, más pequeña lucecita, más débil, y luego un breve latido, y entonces nada.

Te sentirás levantada en vilo. Es el MP que va a tomarte de los hombros. Así no, señora: se compone y luego viene a verme. Azotará la puerta a tus espaldas. Sentirás las miradas de los burócratas y de las secretarias, negando, tronando los labios. Sentirás una terrible necesidad de salir de ahí, de tomar aire, de caminar con los ojos cerrados mientas te arañas la cara y los senos de la desesperación, de arrancarte los dientes y la piel hasta que no quede nada de ti, nada que pueda sentir este espantoso dolor.

Unas manos te detendrán. Abrirás los ojos para encontrar a la niña con la que se besaba Dalila en la foto. Señora, soy yo, Juliana. Va a abrazarte con fuerza, a decirte que todo estará bien. Te llevará afuera. Bajo las farolas encerradas en su miel maligna un racimo de niñas repartirá cárteles, llamarán por teléfono. Juliana te ayudará a sentarte en los escalones. Pondrá en tus manos un vasito de unicel con té. Estará lleno de flores pintadas.

Ninguna de ustedes lo sabrá, pero el MP avisará a su secretaria que sale un rato. Sus pasos resonarán con firmeza en el estacionamiento subterráneo. Conducirá con urgencia. Lo saludarán por su nombre en el bar que remeda un templo romano. Sentado en los sillones Luis XV elegirá a la muchacha con senos como un respingo de merengue. Ya en la habitación, como ella se asustará de la violencia con la que le demandará que se la mame, sacará su cartera. Con dedos trémulos le mostrará la foto de su hija. Tres años, en un jardín incendiado de luz desafiante. Es el sol de mi vida, le jurará.  


***
Óscar Luviano
(Ciudad de México, 1968). Narrador y poeta. Cuentos suyos se incluyen en Nuevas voces de la narrativa mexicana (Planeta, 2003) y en Así se acaba el mundo (SM, 2012). Colabora en diversos medios y publicaciones.

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