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El hombro de Orión • The Phantom Thread • Juan Ramón V. Mora 

Juan Ramón V. Mora  

The Phantom Thread
The Phantom Thread
El hombro de Orión • The Phantom Thread • Juan Ramón V. Mora 
  1. Daniel Day-Lewis anunció que esta segunda colaboración con Paul Thomas Anderson sería su última película. El cine pierde mucho con su retiro. En The Phantom Thread demuestra otra vez que no es sólo un "intérprete" sino un creador. Según el director, trabajar con Day-Lewis es como tener al personaje vivo en el set. Creo que es una despedida digna para un artista de su altura. 

La última película de Paul Thomas Anderson trata sobre Reynolds Woodcock (Daniel Day-Lewis), diseñador de una casa de modas que viste a la alta sociedad europea. Su vida diaria es monótona por decreto y casi nunca se separa de Cyril, su hermana (Leslie Manville). Las inspiratrices vienen y van, sujetas al temperamento mercurial del artista. Todo sigue la mecánica fijada hasta que Reynolds se encuentra con Alma (Vicky Krieps) y el amor lo sacude todo.

En su cinta anterior, Inherent Vice (Anderson, 2014), el director apostó —exitosamente, a mi gusto— por una trama densa. En The Phantom Thread trae a los personajes de vuelta al mando.  Reynolds Woodcock es casi tan magnético y resuelto como Daniel Plainview, aunque el sastre no anhela acumular riquezas al borde de la moral; Reynolds aplica su voluntad en perseguir lo bello.

Todos admiramos la belleza, pero producirla no es simple. Intentar conseguirla es tarea de obsesivos y alienados. También es un trabajo vano, pues cada quien construye dentro de sí una belleza distinta conforme a sus circunstancias. La Belleza real, siempre oculta, se divierte proyectando fantasmas, fingiendo contornos cambiantes para sus adorantes.

Alma es tan determinada y calculadora como el protagonista. Más que enamorarse, se reconocen. La actuación de Krieps no tiene fallas habitando el personaje con una distancia espectral. La musa de Reynolds es una gema extraña.

The Phantom Thread ofrece algo parecido al polvo acumulado sobre la madera. El ruido otorga a lo clásico una belleza especial, más digna. Pensemos en la pátina de una moneda o el crepitar de fondo en las grabaciones de blues. Todo en esta cinta aspira a conseguir un encanto similar, para que el tiempo fuera de la pantalla no importe. Algo viejo y joven, vivo y muerto, despierto y dormido, ruge en la pantalla. Las texturas son fascinantes, como si la película misma fuera un vestido lujoso y cada escena una tela o un doblez. La música de Jonny Greenwood participa en el mismo esfuerzo por conseguir elegancia atemporal. Las cuerdas y el piano se turnan con gozo la delicadeza, el estruendo o la inquietud.

El relato juega con una ambigüedad pegajosa, como de ensoñación, sugiriendo que la acción se lleva a cabo en el plano mítico. Si lo que vemos en pantalla tiene algo de cierto, hay que concluir que encontrarse con nuestra alma no es nada sencillo. La mayoría no reúne nunca el coraje suficiente para enfrentarla de manera voluntaria. Su belleza muerde, demanda atención constante. Alma y Reynolds son una situación familiar en todos los tiempos y en ninguno.

Durante una escena Alma se fuga de la casa y Reynolds la busca entre el bullicio de un baile de año nuevo. Si se ignoran las necesidades del alma, eso significativo que habita en nosotros y puebla las cosas puede huir como los sueños al despertar. Entonces el tiempo lo transforma todo en hueco, ceniza y agua sucia. Es nuestra tarea salir a encontrarla de nuevo.

Paul Thomas Anderson tejió una película meticulosa sobre un tejedor meticuloso, pero lo que existe en el centro de la caja china es pasión por la belleza: ese veneno delicioso que olfateamos dentro de una película, un vestido...



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Juan Ramón V. Mora (León, 1989) es venerador felino, escritor, editor, traductor y crítico de cine. Ganó la categoría Cuento Corto de los Premios de Literatura León 2016 y fue coordinador editorial en la edición XXII del Festival Internacional de Cine Guanajuato. Escribe sobre cine en su blog: El hombro de Orión.

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