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El bosque, de Jaime Maussan

Oscar Luviano

Oscar Luviano - El Bosque de Jaime Maussan
Oscar Luviano - El Bosque de Jaime Maussan
El bosque, de Jaime Maussan

Esta es una serie de reseñas de libros sobre la vida en Ecatepec, Estado de México. El hecho de que muchos no se hayan escrito todavía, y que lo sean alguna vez, no nos impide leerlos, de esa misma manera en que en Ecatepec hay casas sin número en calles sin nombre, que la gente habita y las llama hogar.

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Este volumen es apenas uno de los muchos que engrosan la amplia bibliografía del investigador de lo paranormal más reputado de nuestro país. Como cada uno de sus títulos, se centra en un caso que, según el cintillo, “desafía nuestra noción de la verdad”. Al igual que con (cito títulos de memoria) “Las naves del Popocatetl”, “Los pasajes secretos de la Catedral” y “La oleada OVNI del siglo XXI”, va a acompañado de un vídeo en DVD que recoge los pormenores de “una rigurosa investigación que desafía el credo de los escépticos”, aunque a diferencia de todos los trabajos de Maussan, no arroja una conclusión definitiva sobre lo que se ha dado en llamar “El Bosque de Ecatepec”.

Como es del dominio público, fue una televidente, asidua de la barra Cuarto Milenio, la que escribió al periodista para que “nos dé a los mexiquenses razones para dejar de sospechar que esto se trata de un burdo montaje. Apabullante, pero montaje al fin y al cabo”.

Libro y DVD arrancan, el uno con la descripción del bosque que, desde hace algunos años, crece y se ramifica sobre las calles de San Cristóbal Ecatepec y sus inmediaciones (“un destello verde que desafía a la hondura del Amazonas”), y el otro con un plano de los árboles que susurran y se mecen y oscurecen el cielo apenas y se deja la carretera México-Pachuca en busca de la Vía Gustavo Baz.

El equipo de Cuarto Milenio, con Maussan al frente, tuvo que dejar la camioneta en las cercanías del Palacio Municipal: como se sabe, algunos árboles brotaron sobre las principales arterías mexiquenses y sus troncos tortuosos y sus “ramas como en pleno baile” obstruyen calles enteras, devoran bancos y los pueblan de nidos. Algunos, en los casos en que las víctimas fueron asesinadas y sus cuerpos abandonados en viviendas, se elevan por el hueco que sus troncos abrieron en los techos, a la mitad de unidades habitacionales.

Maussan pasa a la primera entrevista: con los dos barrenderos que presenciaron el primer caso. Como es de dominio público, el gobierno mexiquense designó un equipo de limpieza que dejase las escenas del crimen como los lotes baldíos, basurales, banquetas y plazas que eran antes de que sicarios o particulares abandonasen ahí los restos de sus víctimas. Algo que contraviene los principios básicos de la investigación criminalística, pero que según el gobernador del Estado “contribuye a un equilibrio mental positivo de la población”.

Jesús Gardea y Amalia Colula eran, en ese entonces, empleados de esta brigada, y como tales asistieron una madrugada del 2021 al levantamiento del cuerpo de una fémina menor de edad en las cercanías del Rio de los Remedios (“Allá las tiraban mucho”, recuerda Amalia Colula). Maussan los ha colocado de pie junto al enorme tambo con ruedas donde echaban “todo lo que los peritos no considerasen de utilidad”. Están bajo el techo de lámina del patio de maniobras del servicio de limpia.

Maussan, apenas prender la cámara, quiere saber si los barrenderos (como los llama) vieron “alguna anomalía en el ambiente”. Luces, sonidos, levitamientos. ¿Levitamientos? “Cosas que flotaran: son consecuencia de la actividad electromagnética provocada por la presencia de naves u otros vehículos estelares”. Maussan hace estas preguntan mirando a cámara, dando la espalda a sus entrevistados, con esa mirada medio hundida que parece regresar de todo.

—No— dice Amalia Colula—. Ora sí que flotar flotar, pues nada.

—Era como todos los casos—dice Jesús Gardea—. La habían dejado cerca de Canal. Ahí tirada. Le habían puesto una cobijita encima. Los vecinos. Se le veía solo el cabello. Tapada como si no se quisiera despertar.

—¿Ninguna luz, ninguna… nave? — Insiste Maussan.

—Nada más las llamitas de las veladoras. Siempre hay alguna señora que pone veladoras— dice Jesús Gardea.

—¿Y qué fue lo que pasó entonces?

—Esperábamos para hacer el servicio. Que llegaran los ministeriales y los forenses, y que se llevaran el cuerpecito…—responde Amalia Colula.

—¿Recogen evidencias? ¿Toman fotos? ¿Entrevistan a los vecinos?

—No, casi no. Hacía mucho frío y tenían prisa por irse— dice Amalia Colula.

—Pasaron por encima de las veladoras y levantaron la cobija. Para envolverla después en ella— dice Jesús Gardea.

—¿Y cuándo levantaron la cobija vieron las raíces?

La empleada de la limpieza cierra los ojos, aprieta los labios, dibuja en el aire con las manos incapaz de describir.

—No es que tuviera raíces. No es que le salieran ramas. Ahí donde estaba la muchacha… había un árbol. Era como que no lo veías y entonces lo notabas. Pasa mucho con los árboles normales. No está y de golpe está ahí. Como estas niñas, que estaban vivas y ya no están.

Maussan parpadea varias veces micrófono en mano. La cámara decide enfocar el cielo obstruido por los árboles que se elevan más allá de la barda perimetral que rodea al patio de maniobras. Sus copas se confunden y se aprecian, lejanas y como hechas de otra forma del viento, sus voces que susurran.

En off, Jesús Gardea cierra el cuadro.

—Los ministeriales se enojaron porque no podían levantarla, que era su tarea. ¿Cómo levantas un árbol? L      a cosa es que te volteabas y crecía un poquito más. Trajeron una grúa, trajeron a los empleados de Jardines y Parques, trajeron a los de Obras e infraestructura. Probaron hachas, sierras, ganchos… Lo jalaron con cadenas, pero la camioneta nada más quemó gomas a lo pendejo. ¿Se puede decir pendejo?

El video cubre la palabra con un beep. El libro la reproduce tal cual.

—Entonces llamaron a unos botánicos de la UNAM. O de la UVM. O de por ahí. No sabemos. Nos tenía ahí sin desayunar. Que para que limpiáramos cuando terminaran. Los chavos estos cavaron, que para ver las raíces y si las cortaban o le echaban algo para que se muriera. Se volviera a morir…

—Pero no cavaron…—aclara  Amalia Colula—. Uno de ellos tiró las palas y el otro no pudo ni levantar el pico. “No oyen lo que dice”, decían. “Su voz…”.

—¿Y qué decía el árbol? ¿Hablaba de su origen? ¿Revelaba algún tipo de actividad alienígena? ¿O era algún tipo de grabación?

Colula y Gardea se miran entre sí, se encogen de hombres, niegan. Colula toma su escoba y revisa las cerdas. Las limpia.

—Es igual. Todo esto ya es un bosque.

Libro y vídeo se trasladan a la vivienda de María Guadalupe N, la televidente que denunció con Maussan lo que considera (dice en la entrevista) “una mentira para desprestigiar a los mexiquenses”. Está de pie frente al portal de su casa. Maussan, entusiasta, a pesar de que los años de perseguir extraterrestres lo han encorvado, le promete que llegará “al fondo de la verdad”.

Su equipo lo sigue. Suben la calle que trepa al Cerro de Guadalupe. Los árboles les cierran el paso. Maussan los saluda antes de pasar por encima de sus raíces. Hace una pregunta sobre sus intenciones y levanta el micrófono. No le responden, hablan de otras cosas, pero sus voces no se registran, y se pierden en una maraña que se parece el silencio.

Maussan se encoge de hombros y avanza entre los troncos, con cuidado de no pisar las raíces que han reventado el pavimento.

El libro promete una segunda parte, que no ha aparecido todavía.

El bosque
Jaime Maussan
Editorial Cuarto Milenio, 2022




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Óscar Luviano (Ciudad de México, 1968). Narrador y poeta. Cuentos suyos se incluyen en Nuevas voces de la narrativa mexicana (Planeta, 2003) y en Así se acaba el mundo (SM, 2012). Colabora en diversos medios y publicaciones.

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