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RESEÑA

Reseña • Flores para Algernón, flores para Daniel • Tony Ortiz

 

Tony Ortiz

Flores para Algernón
Flores para Algernón
Reseña • Flores para Algernón, flores para Daniel • Tony Ortiz


En el teatro, la palabra convención es muy importante para todos los creadores involucrados en una puesta en escena. Es el director, quien debe tener muy clara la manera en que plasmará en un escenario la historia que el dramaturgo ha dejado grabada en el papel; se convierte en el capitán que debe dirigir el timón para que la obra llegue a buen puerto. A lo largo de mi carrera he visto puestas en escena cuya convención es clara, precisa y da unidad y unicidad al producto artístico. Pero es en la obra de Daniel Keyes, Flores para Algernón, donde puedo identificar una convención en materia de escritura que puede palparse desde la primera página que tocan los dedos. Es escrita desde lo más profundo del alma de su personaje y mejor aún, nos permite a través de pequeñas entradas en un diario personal vislumbrar la progresión de la anécdota y del cambio sustancial en la esencia del personaje.

Spoiler alert

Flores para Algernón cuenta la historia de Charlie Gordon, un hombre de 37 años elegido para triplicar su I.Q. (que inicia en 68) de manera quirúrgica, en un experimento que previamente se ha realizado en Algernón, un pequeño ratón blanco y del cual se desprende el título de la obra, cuyos resultados en un principio son más que prometedores. En este experimento podemos ir viendo desde los ojos de Charlie el aumento en su inteligencia, la manera en que llega a la cúspide incluso sobrepasando por mucho a los científicos que lo llevaron hasta ese lugar y finalmente, y estrujando el corazón de todos los que lean en esas 28 páginas su declive.

Algo que llama la atención de cualquier lector y que en un primer momento puede convertirse en un “pero” para la narración, es que casi la mitad de sus páginas están escritas con errores ortográficos. Pero al darnos cuenta que es justo como el personaje escribiría en ese momento de la historia, nos provoca una extraña sensación en la boca del estómago.

Keyes nos orilla en un primer momento a juzgar el texto y al personaje, permitiéndonos más tarde conmovernos por los sucesos que Charlie atraviesa en su transición hacia volverse, en sus propias palabras, un chico más listo. Poco a poco la narración va tomando un grado de complejidad y perfección en su redacción que nos hace introducirnos realmente en la cabeza del personaje y de cómo vivió los hechos narrados en el relato.

Si bien la obra toca un tema muy presente en nuestros tiempos, como lo es la ética en la experimentación sobre el ser humano, Flores para Algernón logra conmovernos no sólo para posicionarnos de un lado de la balanza respecto a nuestra opinión de ese asunto, sino porque nos permite identificar muchas de los comportamientos, acciones y juicios que llegamos a hacer con respecto a personas que son diferentes a nosotros.

Nos permite volvernos Charlie y a la vez descubrir lo crueles que podemos llegar a comportarnos los seres humanos.

Nos duele realmente llegar al momento en el que Charlie descubre que ha sido víctima de abuso y de burla a lo largo de toda su vida por personas a las que consideraba sus amigos. Lo mejor de vivir estas sensaciones, es que el lector puede percibirlo por partida triple, puesto que cuando el IQ de Charlie se encuentra en su primer estado nos conmueve su manera de ver el mundo. Una manera tan inocente y con ganas de superación, que ni siquiera puede percatarse de la forma en que realmente lo ven los demás. En un segundo momento sentimos el mismo “balde de agua fría” que él, cuando descubre que siempre se han reído de su discapacidad. El tiro de gracia llega cuando el mismo Charlie, en el apogeo de su IQ 200, se mira transformado en esas personas que lo juzgaron alguna vez. Ahora es él quien juzga a un pequeño mesero con deficiencia mental. Es cuando el personaje decide utilizar el poder que la ciencia le ha otorgado, para ayudar a otros como él.

Flores para Algernón vio la luz como un relato corto y más tarde su autor lo convirtió en novela, pero estas menos de 30 páginas realmente son un golpe al estómago para cualquier lector. El llegar a saberse más tonto que un ratón, el tomarle cariño a lo largo de la historia, la humildad con que Charlie asume su superinteligencia, hace pensar en lo que estamos haciendo realmente como seres humanos en esta tierra.

Keyes, de una manera sutil, nos da un panorama de lo que la iglesia es capaz de hacernos creer en sólo un párrafo, volviéndose crítico feroz de dos de los pilares más importantes del hombre: la ciencia y la religión.

Nos deja ver que absolutamente todos, por el simple hecho de ser humanos, merecemos integridad y respeto a nuestra persona. Nos hace recordar los momentos en que nos hemos comportado como seres sin raciocinio.

Keyes toca el tema del amor, los sentimientos de inferioridad, los celos profesionales, el miedo a lo que no conocemos, del sacrificio por las personas a las que se ama.

Nos permite llorar junto a los personajes al darnos cuenta de lo mal que podemos hacer sentir a alguien al momento de juzgarle.

Al final, cuando Charlie pierde todo el conocimiento adquirido gracias a la ciencia, vuelve a su estado primigenio y algo muy dentro de él le hace sentir que ha contribuido al progreso de la humanidad. No sabe de qué manera, puesto que su memoria se ve afectada, pero lo importante aquí es que de nuevo, en su inocencia, vuelve a creer en la humanidad:

De todos modos, me alegro de aber sido la primera persona tonta del mundo que a descubierto algo importante para la siencia. Yo recuerdo haber echo algo pero no recuerdo que. Pero creo que era algo bueno para todas las personas tontas como yo”

“P. D. por favor digan al doctor Nemur que no sea tan gurñon cuando la gente se rie de el y asi tendra más amigos. Es fasil acer amigos si uno deja que la jente se ría de el. Donde yo boy tendre montones de amigos.

Sinceramente, el relato de ciencia ficción, publicado por primera vez en 1969, reúne los requisitos indispensables para posicionarse en un lugar destacado de la literatura de ficción de todos los tiempos: es emotivo, inteligente, estructuralmente pulcro, pero sobre todo, es humano.



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