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CON EL DESARMADOR EN LA MANO

Con el desarmador en la mano • El huésped, de Amparo Dávila • Esteban Castorena

Esteban Castorena Domínguez

Amparo Dávila
Amparo Dávila
Con el desarmador en la mano • El huésped, de Amparo Dávila • Esteban Castorena


Para que un cuento tenga lugar, tiene que ocurrirle algo a alguien. Puesto de ese modo tan general la afirmación no parece tener mucho sentido; en la vida siempre están ocurriendo cosas, a todos. En la literatura, sin embargo, no todo lo que ocurre es importante, las historias de ficción cuentan un acontecimiento que va más allá de la cotidianidad, el acontecimiento que provoca una ruptura en el personaje. La más común de estas rupturas es cuando alguien desea algo y no lo puede obtener. La historia está en cómo va conseguir su objetivo; si es que lo logrará.

Otro acontecimiento que desestabiliza la rutina de un personaje ocurre con la aparición de un elemento que llega a cambiar su vida. Hay ocasiones en que un narrador introduce ese elemento nuevo sin que por ello deba ofrecer al lector mayores explicaciones. Quien narra se sirve de esta excusa argumental para poner la historia en marcha, algo así como la primera ficha en una fila de dominós. En cine este elemento recibe el nombre de McGuffin; Hitchcock decía que en historias de ladrones esta excusa siempre es un collar, mientras que en las historias de espías siempre son los documentos. El McGuffin, además, es algo desechable. Una vez que cumplió su cometido como iniciador del conflicto, no importa qué suceda con él; si se trata de un objeto misterioso, tampoco es necesario aclarar de qué objeto se trata. Lo importante de esta técnica no es el objeto en sí, lo verdaderamente interesante es lo que el objeto desencadena en los personajes.

Ya sea en cine o en literatura, los ejemplos de esta técnica abundan. “El huésped” de Amparo Dávila es uno de los cuentos más emblemáticos de la literatura fantástica mexicana y es también un gran ejemplo de las posibilidades de un McGuffin bien utilizado. El cuento de esta autora zacatecana narra la historia de una mujer luego de que su esposo introdujera en casa un elemento/ser extraño. El relato inicia precisamente con una frase que muestra el trauma que este ser ha dejado en ella. “Nunca olvidaré el día en que vino a vivir con nosotros”. Dos parrafos después, la narradora ofrece la única descripción física que hay del huésped. “No pude reprimir un grito de horror, cuando lo vi por primera vez. Era lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar a través de las cosas y de las personas”.

Esta presencia extraña llega para volver un infierno la ya desdichada vida de la protagonista. Aún cuando la mujer pide a su esposo que se lleve al huésped, este se rehúsa a llevárselo; en su lugar, el esposo decide otorgarle al ser una habitación en una de las esquinas de la casa. Con detalles como la poca flexibilidad del marido, Dávila empieza a dibujar la situación familiar y de pareja que está viviendo la protagonista. La autora, además, se vale de descripciones que van creando una atmósfera lúgubre y de opresión, no obstante el hecho de que la casa donde vive la familia sea grande y tenga un enorme jardín.

La entidad causa terror en todos en casa, asusta a los hijos y a la señora Guadalupe (la ama de llaves). El huesped pasa de un estado de pasividad a convertirse en un elemento peligroso para la familia. Al inicio el ser sólo se presenta de vez en cuanto fuera su habitación, luego parece acosar a la protagonista y finalemente ocurre un episodio en el que el huésped ataca a Martín, uno de los niños.

No queda muy claro si efectivamente estos ataques ocurren. El marido nunca demuestra preocupación por los incidentes.  De igual modo, este se rehusa a deshacerse del huésped cuando su esposa le pide, una vez más, que se deshagan de él. En su lugar, el hombre tilda de histérica a su esposa y no le da importancia. Ante la imposibilidad de expulsar a este ser, Guadalupe y la narradora hurden un plan para acabar con él.

Esta suerte de in crescendo que poco a poco va aumentando la tensión en el relato recuerda a textos como El horla de Maupassant; de igual forma, la idea de sentir invadida una casa por una presencia extraña parece mostrar cierto paralelismo con Casa tomada de Cortázar.

Amparo Dávila, como buena conocedora del género fantástico y de terror, sabe que el miedo más grande es hacia aquello que no se conoce. Por ello es que nunca revela qué es precisamente el huésped. La autora da indicios de diversa índole y deja que sea el lector, y su imaginación, quien complete el texto. Sobre el relato de Dávila se han hecho infinidad de especulaciones; se ha llegado a plantear que el huésped es un simple animal, o bien que el cuento es una denuncia de la opresión que la mujer sufre en la vida doméstica. Respecto a esta posible interpretación, es muy interesante notar los ecos del terror doméstico que probablemente Dávila heredó de la estadounidense Charlotte Perkins y su excelente relato El tapiz amarillo, otra historia en la que el terror viene de la mente de la protagonista; o bien del aislamiento y desinterés que su esposo demuestra hacia ella.

Es imposible saber cuál era la intención de Dávila al escribir el relato. No sabremos si lo escribió como una denuncia de los terrores domésticos, o si lo escribió con el úinco fin de lograr un buen cuento de terror que mantenga en vilo a quien lo lee. Tampoco sabremos precisamente qué es lo que invade la casa. Estos silencios son los que terminan de darle su fuerza al texto, si hubiera una explicación precisa, el cuento no funcionaría. Lo mejor es quedarse con que el huésped, como elemento que ayuda a poner en marcha la trama, cumple cabalmente su cometido: irrumpe en la cotidianidad de la protagonista y hace que afloren sus más profundos miedos. Lo anterior, ahunado a indicios de diversa índole que hay a lo largo del relato, así como a los silencios deliverados de la autora, logra que afloren las incertidumbres del lector.

 

Si quieres leer el cuento, lo encuentras aquí.

 




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Esteban Castorena (Aguascalientes, 1995)
es Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Por su trabajo como cuentista ha sido becario del Festival Interfaz (2016), del PECDA (2016) y del FONCA (2018). Su obra ha sido publicada en diversos medios impresos y digitales. Gestiona un sitio web en el que comparte sus traducciones de literatura italiana.


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