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Ensayo • El mutante • Ricardo Bernal

Ricardo Bernal

Ricardo Bernal
Philip K. Dick, The three stigmata of Palmer Eldritch, portada
Ensayo • El mutante • Ricardo Bernal

En la antigüedad los héroes eran semidioses, titanes u hombres tocados por la mano divina. Seres poderosos, aunque no omnipotentes. Ejemplos de ello son Gilgamesh y Enkidu, Aquiles y su talón, Sansón y su cabellera. La imagen de una raza de hombres más poderosa está presente en casi todas las mitologías, siempre como muestra de la necesidad de conjurar la angustia de la humana mortalidad. A partir de la Ilustración, sin embargo, el sentimiento religioso se trasladó a la fe en las posibilidades de la ciencia.

En 1895 H.G. Wells publicó su primera novela, La máquina del tiempo. En ella un científico viaja al lejano futuro, descubriendo que la evolución del hombre ha dado lugar a dos subespecies mutantes: los eloi y los morlock. Detrás de esta simple historia de aventuras se esconde una aterradora metáfora que pone en entredicho el optimismo de la época, fomentado en gran medida por los avances tecnológicos de la Revolución Industrial, que hacía ver el porvenir como algo fantástico, pleno de descubrimientos científicos que indudablemente resolverían todas las angustias existenciales. En los años siguientes Wells publicó La isla del doctor Moreau (1896) y El hombre invisible (1897), dos historias también de mutantes que, junto a La guerra de los mundos (1898), inauguraron la ciencia ficción tremendista, en contraste con las festivas novelas de Julio Verne. En el caso de La isla del doctor Moreau Wells tomó como punto de partida las teorías de Darwin, tan en boga en la época, y basado en ellas imaginó una involución de la especie humana. El tema hoy es bastante trillado, pero en ese momento fue todo un hallazgo.

Con el tiempo el concepto de mutante en la literatura comenzó a referirse a un tipo evolucionado de homo sapiens que, ya sea por manipulaciones genéticas o por accidente, adquiere superpoderes. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial muchos autores asociaron las mutaciones a los efectos de la radioactividad; un nuevo temor apareció en el inconsciente colectivo y, por supuesto, fue aprovechado por los escritores de terror y ciencia ficción. En 1953 Henry Kuttner –miembro del Círculo de Lovecraft y maestro de Ray Bradbury– publicó la novela Mutante (1953), donde plantea una sociedad de telépatas calvos que, después del Holocausto definitivo, tienen que ocultarse del resto de los mortales. Ese mismo año vio la luz una de las obras más originales en torno al tema, Más que humano, de Theodore Sturgeon: la historia de un homo-gestalt, la evolución colectiva de varios seres humanos en uno. A partir de ahí muchos otros autores siguieron desarrollando el tema e imaginando subespecies y supraespecies de todo tipo. El mutante se convirtió en un cliché, y sólo algunos visionarios plantearon nuevas ideas: desde la epidemia que convierte en vampiros a los hombres después del Holocausto en la célebre Soy leyenda (1954), de Richard Matheson, hasta obras extremas como la inclasificable novela de Philip K. Dick Los tres estigmas de Palmer Eldritch (1965), donde los personajes se someten a «terapias de evolución», o El hijo del hombre, de Robert Silverberg, una novela psicodélica publicada a principios de los setenta, cuando la efervescencia hippie dejaba todavía sentir sus efectos.

Sin embargo, en los coloridos escenarios del cómic estadounidense aparecieron los mutantes más famosos. A partir de los años cincuenta la eterna competencia entre DC Comics y Marvel Comics hizo que los creadores buscaran tramas cada vez más rebuscadas y eficaces, así como héroes con poderes más “reales”. En 1963 surgió la primera entrega de la serie X-Men (Stan Lee y Jack Kirby), de la Marvel: una historia que crecería durante las décadas siguientes y que ahora es mundialmente famosa, sobre todo gracias a las películas que se han estrenado en los últimos años. A diferencia de otros personajes, que se convierten en mutantes por accidente, los X-Men adquieren sus poderes en forma natural, como parte de una evolución paralela que no afecta a todos los hombres. Gran parte de las historias narran cómo estos nuevos superhombres son entrenados para usar sus poderes a favor de la humanidad y en contra de otro tipo de mutantes, malvados y sin escrúpulos, encabezados por el villano Magneto. Los sesenta verían el nacimiento de otros mutantes, también de la Marvel, en Hulk (Stan Lee y Jack Kirby) y Spiderman (Lee y Steve Ditko), cuyas habilidades e historia son por todos conocidos, pues se han convertido en iconos de la cultura popular. Son ejemplos más que obvios de que la gente, como en tiempos antiguos, sigue proyectando sus fantasías de poder en héroes que ya no pertenecen a la mitología sino a los medios de comunicación masiva. Sin embargo, tal vez uno de los mutantes más sugestivos sea el Doctor Manhattan de la serie Watchmen de DC Comics, escrita por Alan Moore y dibujada por Dave Gibbons a mediados de los ochenta. Ninguno de los héroes de esta historia posee en realidad superpoderes, excepto el Dr. Jonathan Osterman, quien después de ser prácticamente fulminado en una cámara de experimentos nucleares reaparece (en partes) hasta convertirse en un nuevo ser de dimensiones divinas (el Doctor Manhattan). El total desapego de este personaje hacia la especie humana hace pensar hasta qué punto, en caso de existir, tendría interés en los asuntos mundanos.

En el cine y la televisión el tema ha sido explotado hasta la saciedad: desde los alucinantes mutantes japoneses pop de los sesenta, como Ultramán y Ultraseven, hasta películas satíricas como El vengador mutante (Michael Herz y Lloyd Kaufman, 1984) o Acción mutante (1993), ópera prima de Álex de la Iglesia. Sin embargo, apenas en las últimas décadas hemos visto a muchos mutantes célebres del cómic pasar, con bombos y platillos, a la pantalla grande: las series Spiderman (Sam Raimi, 2002-07), X-Men (2000-09) o la exacta versión de Watchmen (Zack Snyder, 2009) han llevado estos personajes a nuevos públicos. En televisión, luego del rotundo éxito de Héroes (Tim Kring, 2006 a la fecha), queda más que claro que los mutantes siguen ofreciendo mucha tela de la cual cortar. En la serie, tras un eclipse, gente común se descubre con superpoderes que van de la telepatía a la indestructibilidad. Con una enorme cantidad de personajes, que permiten explorar múltiples posibilidades de mutación, el tema, sin embargo, sigue siendo el mismo que el de los viejos cómics: la lucha entre el bien y el mal. La eterna pregunta: en caso de tener capacidades extraordinarias, ¿nos decantaríamos por la armonía o por la destrucción? En fin, la eterna pregunta: mutante o no, ¿es la naturaleza humana bienintencionada o básicamente perversa?




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Ricardo Bernal. Egresado de la SOGEM. Se ha especializado en literatura fantástica, horror y ciencia ficción. Ha sido director del consejo editorial de La Mandrágora; coordinador del Diplomado de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción en la Universidad del Claustro de Sor Juana desde 1996. Becario del FONCA en cuento de 1994 a 1995 y del Instituto Quintanarroense de Cultura. Premio Nacional de Cuento Salvador Gallardo Dávalos 1991 por La palabra de los niños y 1992 por Leyendas de la muerte azucarada. Premio Nacional de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz 1995 por el libro Ciudad de Telarañas.


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