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Spoilerama • Mare of Easttown: Las chicas malas no van al cielo • Óscar Luviano

Óscar Luviano

Mare of Easttown, fotograma de la cinta
Mare of Easttown, fotograma de la cinta
Spoilerama • Mare of Easttown: Las chicas malas no van al cielo • Óscar Luviano

 

Uno de los primeros eventos de esto que todo mundo quiere ver como una postpandemia (pero que según los informes de nuevos contagios no lo es) fue esta miniserie protagonizada por el gesto adusto de Kate Winslet, Mare of Easttown (HBO, 2020), que puede verse como una heredera de True detective en clave femenina, y que creo que es interesante porque redefine eso que se ha dado en llamar “políticamente correcto”, a la par que marca una nueva etapa para la otrora protagonista de Titanic (1997).

Al citar el megablockbuster de Cameron soy injusto, pues sí algo ha intentado Winslet en su carrera posterior es apartarse de la dulce Rose. Así lo demuestran, por ejemplo, su reencuentro con Dicaprio en la excepcional Revolutionary Road (2008) y su meritorio rol como una de las precursoras de la paleontología moderna en la fallida, pero entrañable, Amonite (2020). De hecho, el diseño de Mary Anning, esa cazadora de fósiles, lesbiana y marginada, se parece mucho al de esta pésima detective de un pequeño pueblo de Pensilvania.

Mary y Mare comparten la amargura, pero mientras la victoriana usa una máscara de tedio impenetrable para marginar existencialmente a los que podrían marginarla social o afectivamente, Mare exhibe un fastidio exacerbarte como una coraza para evadir una larga serie de fracasos: sentimental, como hija y madre, y profesional. Los capítulos de la serie presentan su progresiva redención en todos los rubros. Es decir: vemos cómo se vuelve más funcional.

En parte se comprende el gesto despectivo de Mare hacia todo y hacia todos. Ni la vida ni su pueblo se lo ponen fácil. La serie comienza con la detective enfrentada al desprestigio por una incapacidad para resolver la desaparición de una adolescente acontecida un año atrás. Su situación personal tampoco ayuda: su exesposo ha comprado la casa que colinda con la suya mientras organiza su segunda boda. La viuda de su hijo le reclama la custodia de su nieto. Su hija le cobra el abandono realizando un documental casero sobre el suicidio de su hermano. A su mejor amiga su esposo la ha vuelto a engañar. Y se acerca el festejo por el treintavo aniversario del único triunfo del equipo de basquetbol escolar, en el que tendrá que repetir el papel de porrista que realizó en ese partido, junto con la madre de la adolescente desaparecida… Y encima acaba de dejar de fumar.

Toda esa carga emocional es como para que a cualquiera se le tuerza el labio como herradura. Insisto en la amargura de Mare porque, en la interpretación de Winslet, termina por ser agobiante, y da la idea de que personaje y actriz estaban hartas de la serie antes de comenzarla. De modo que sus gestos de ternura hacia el nieto en litigio y su ligue (un Guy Pearce que no está ahí para otra cosa), resultan, esos sí, falsos, poco creíbles.

El hartazgo de esta protagonista tiene otro efecto, más relevante, sobre el alma de la serie, que a pesar de venderse como un alegato a favor del duelo (del buen duelo que nos implica enfrentar el peso de las pérdidas), parece en realidad un ejemplo de eso que podríamos llamar la nueva corrección política.

Mare of Easttown cumpla con sus cuotas de representación, lo que está bien.. Es en la forma que hace esta representación dónde está el problema. Tenemos afroamericanos (pobres, en la precariedad y con problemas de adicción), tenemos madres solteras (adictas o prostitutas), a la par que tenemos un lindo enlace lésbico interracial, que termina por ser la única relación saludable en este universo (tal vez porque las protagonistas son chicas de universitarias y de clase alta).

De alguna manera, al centrarse en la redención de sus personajes privilegiados

La serie tiene claro quién debe ser víctima y quién no. Terminé por preguntarme si el pésimo desempeño como detective de Mare tenía que ver con la naturaleza de los casos. El piloto termina con el sacrificio, casi ritual, de una madre soltera. Un segundo caso que la detective debe investigar.

Lo que hace entones Mare (o los guionistas) es investigar a la víctima en un intento por ligar su conducta con la primera adolescente desaparecida, bajo la idea del “en algo andaban”. Lo curioso es que, en efecto, se descubre la vida de dos adolescentes precarizadas que prestan servicios sexuales para sobrevivir, y se insiste en esto es muy importante para la investigación de ambos casos… aunque al final resulte una pista falsa.

Todo lo que Mare tenía que hacer para descubrir a los criminales era entrevistar a otra adolescente con página de Only Fans (quien tenía hasta las placas del sospechoso), por un lado, y por el alto, revisar con mayor enjundia a su entorno masculino: todos sus hombres cercanos (su ex, sus cuñados, el sacerdote de la iglesia local…) terminan por estar relacionados con el abuso de menores.

Es aquí donde la cosa se tuerce de manera más bien extraña, pues a pesar de este apunta sobre la depredación sexual en los entornes familiares pudo ser interesante, todo termina en una loa a la familia: en lo que los padres hacen por los hijos y en lo que los hijos hacen por la unidad familiar, incluyendo el asesinato de esas mujeres que, con su conducta, despiertan los irrefrenables instintos masculinos. Hombres que para la serie son merecedores (por sus hogares y comunidades rotos) de la compasión que no tuvieron por sus víctimas.

Creo que no hacían falta siete episodios para ello.

Mare of Easttown puede verse en HBO.

 




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Óscar Luviano (Ciudad de México, 1968). Narrador y poeta. Cuentos suyos se incluyen en Nuevas voces de la narrativa mexicana (Planeta, 2003) y en Así se acaba el mundo (SM, 2012). Colabora en diversos medios y publicaciones.

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