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CON EL DESARMADOR EN LA MANO

Fueron testigos, de Rosa Chacel • Esteban Castorena Domínguez

Esteban Castorena Domínguez

Mirador de la memoria (2009), Francisco Cedenilla Carrasco
Mirador de la memoria (2009), Francisco Cedenilla Carrasco
Fueron testigos, de Rosa Chacel • Esteban Castorena Domínguez

 

En el final de Pedro Páramo Rulfo escribe: “Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras”. La imagen es poderosa pues el cacique de Comala termina por convertirse en parte del paisaje que su apellido ostenta. Se vuelve parte de esa tierra que se murió de hambre cuando él decidió cruzarse de brazos. Esta metamorfosis, además, recuerda vagamente a la mujer de Lot y su cuerpo convertido en sal como castigo por mirar hacia Sodoma.

Los ejemplos de metamorfosis en los que un ser humano se vuelve una planta, un animal o un objeto, son abundantes. Dafne y el laurel, Gregorio Samsa y el escarabajo, los hombres lobo, sólo por decir algunos. Pedro Páramo y la mujer de Lot, sin embargo, comparten un elemento interesante: en ambos casos la metamorfosis tiene que ver con la tierra. El personaje rulfiano se relaciona con la tierra que posee, mientras que la mujer bíblica tiene más que ver con el sitio que se abandona. Sodoma es un lugar condenado y la mujer de Lot se vuelve sal, un elemento que, según diversas tradiciones, estropea el suelo y lo vuelve infértil.

En “Fueron testigos” Rosa Chacel narra la historia de una metamorfosis. Un hombre anónimo transita por una calle cualquiera de una ciudad de la que tampoco se sabe el nombre. De pronto, su andar se vuelve pesado, como si le costara levantar las piernas porque éstas se vuelven pesadas. El hombre se inclina hacia el suelo, se va hacia delante “como una vela reblandecida”.  Quienes están en la calle y los negocios aledaños contemplan la escena. Los testigos se horrorizan, dan señal de alarma. Chacel, con una malicia bien ejecutada que atrapa al lector, decide no mencionar exactamente qué es lo que está sucediendo. Para averiguar cuál es el motivo de la alarma, la autora nos obliga a seguir leyendo.

Tal como ya lo anunciaba la narración, el hombre se está derritiendo lo mismo que una vela. Gradualmente su cuerpo se vuelve líquido, se convierte en un enorme charco gelatinoso en medio de la calle. No puede siquiera gritar, su voz se vuelve en gemidos incomprensibles. El líquido se cuela entre las fisuras y la porosidad del suelo. Otra parte del hombre comienza a evaporarse como “esos líquidos muy volátiles cuya mancha, si se vierten en el suelo, empieza a mermar rápidamente por los bordes y desaparece sin dejar huella”. Quienes atestiguan el prodigio no pueden hacer más que aterrorizarse, el hombre se desvanece ante sus ojos y no hay nada que ellos puedan hacer para ayudarlo.

A diferencia de Páramo o de la mujer de Lot, el personaje de Chacel no se transforma en un elemento que deje tras de sí un montículo o que pueda relacionarse directamente con la tierra. Sin embargo, este detalle no descarta la posibilidad de que el relato ilustre una parábola del exilio, del abandono de la tierra. Le escritora elige un líquido que se permea y se evapora para que, de este modo, no quede siquiera la huella del hombre y de su paso por la ciudad que es cualquier ciudad.

La autora, hay que decirlo, escribió este cuento durante su propio exilio, durante una breve estancia en Buenos Aires. Rosa Chacel y su esposo, el pintor Timoteo Pérez Rubio, habían salido de España a causa de la Guerra Civil y el franquismo. La pareja pasó una breve temporada en la capital argentina y posteriormente se asentaron en Brasil, donde pasarían más de treinta años. Así como Chacel y su marido, miles de sus coterráneos se vieron obligados a abandonar su patria. De ellos no quedó nada en España. Quienes se quedaban en el país de Franco eran testigos del éxodo y no podían hacer nada para evitarlo.

Se han hecho otras lecturas sobre este relato. Hay quienes afirman que Chacel retrata el exilio pero no desde la perspectiva de la partida, sino de la llegada a una nueva tierra. Estas interpretaciones se sustentan en los últimos párrafos del relato, cuando los testigos de la desaparición vuelven a sus actividades como si nada hubiera ocurrido. En este sentido el prodigio asume la representación de “el otro”. El cuento representaría a los inmigrantes recién llegados y cómo la población que los recibe los observa con indiferencia.

Esta lectura, sin embargo, no se sustenta del todo. Cuando el hombre recién cae al suelo, los testigos corren por un teléfono para llamar al servicio de emergencias. El socorro llega tarde y sólo después de negativas, pero es innegable que algunos de los testigos no son indiferentes ante la metamorfosis del hombre.

La vuelta a la normalidad en los últimos párrafos del cuento revela una dura verdad de la que Chacel es consciente. Luego de que el hombre se evapore, luego de que alguien abandone su tierra, la vida de quienes se quedan debe continuar. Rosa Chacel sabía que aquellos que la vieron partir a ella y a muchos otros exiliados, tarde o temprano tendrían que seguir sus vidas como si nada hubiera pasado en primer lugar. La presencia (o ausencia) de Chacel o cualquier otro exiliado poco cambiaba la vida de los miles de personas que se quedaron en España.

 

Si quieres leer el cuento, lo encuentras aquí.

 

 



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Esteban Castorena
(Aguascalientes, 1995) es Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Por su trabajo como cuentista ha sido becario del Festival Interfaz (2016), del PECDA (2016) y del FONCA (2018). Su obra ha sido publicada en diversos medios impresos y digitales. Gestiona un sitio web en el que comparte sus traducciones de literatura italiana.


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